Vientos de cambio y cenizas 11. Clases de familia
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11. Clases de familia

N o pude pegar un ojo, en parte por lo incómodo del sofá.

Me sorprendí echando de menos, no ya mi cama, sino la de Catalina.

Diego y Marina dormían en una habitación con los niños.

No se quejaba durante la noche, así que debía encontrarse mejor.

Eso me consoló. Sin embargo, tenía un nudo en el pecho que me impedía respirar.

Miré alrededor. Encontrarme en una casa extraña me hizo sentirme huérfana.

Necesitaba la rutina más que nunca. A esas horas Yurde solía salir a faenar, aunque, debido a sus heridas, estaría un tiempo sin hacerlo.

Pero, a pesar de saber que él no iría, yo necesitaba la brisa del Cantábrico en mi piel.

Estar allí me quemaba, así que me levanté con sigilo.

Me calcé, me coloqué un abrigo de mi cuñada y salí a la calle.

Esperé al resguardo del portal hasta que fue seguro salir.

Bordeé la zona del incendio y sorteé a un grupo de militares y bomberos.

El viento se había aplacado bastante, pero seguía presente, llevando consigo el aroma de la tragedia.

Las sombras vagaban por la bahía, entre las calles empedradas, y todo parecía irreal.

Como si los últimos dos días no hubieran sido más que un espejismo.

Al acercarme al peñón de la Magdalena, el viento cambió el aroma del humo por el del mar y el sonido de las olas llegó a mis oídos mucho antes de que pudiera verlas.

Tuve que esperar escondida a que un grupo de guardias pasara.

Cuando fue seguro, bordeé el peñón y bajé por las rocas.

Distinguí una figura negra que se movía agachada junto a la barca de Yurde.

Me acerqué despacio, un poco asustada. No imaginaba quién habría descubierto el lugar.

El muelle clandestino estaba bien guardado.

Al acercarme, distinguí muy levemente la luz de una pequeña lámpara de aceite al mínimo. El hombre me escuchó o notó movimiento en las rocas y levantó la vista hacia mí. Los ojos asustados de Yurde se toparon con los míos.

—¡Yurde! —exclamé sobresaltada en un susurro y bajé.

—¿Abilia? —preguntó en el mismo tono—. ¿Qué haces aquí?

—¿Que qué hago yo aquí? ¿Qué haces tú? —dije con los brazos en jarras y el ceño fruncido. La barca estaba volcada sobre la tarima y estaba preparando las redes.

—¿Tú qué crees? —preguntó disgustado. Me ignoró y se agachó ante la red de nuevo.

—Yurde, ¡que el hombro tiene que estar inmóvil para asentarse! —le reñí. Me agaché junto a él y sujeté la red que estaba extendiendo.

—¡Shhh! —Soltó un suspiro—. Francisco y Nieves no nos pueden dar de comer a todos, así que voy a salir a pescar —me dijo resuelto.

—Pero, si no guardas el reposo necesario, el hombro puede quedar mal y la mar sigue muy picada. Por favor, no salgas —le supliqué.

—Oye, no necesito a una madre.

—No, ya lo sé. Porque ya tienes una y tampoco le haces caso. Te lo digo como amiga y, además, como enfermera, que sé de lo que hablo.

—¡Vaya! ¡Cuántas cosas eres! Familiar, amiga, enfermera… —Ahora hablaba en un tono normal y su sarcasmo me dolió—. ¿Me dejo algo?

—Baja la voz, que hay guardias cerca. Y sí, además soy modista y terca —declaré mientras cogía los bajos de mi falda y los anudaba por encima de las rodillas—. ¿Tienes algún problema con eso también?

—¿Qué haces? —preguntó desconcertado.

—¿Cómo que qué hago? Pues arremangarme para ayudar.

—Pero si tú no tienes ni idea —me dijo divertido. Parecía haber recobrado el buen humor.

—¿De verdad? Eso ya lo sé. Pero tú vas a salir, diga yo lo que diga, y no puedes hacerlo solo, así que cuéntame lo que tengo que saber para que pueda ser útil. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos —contesté. Mi voz sonaba aún enfadada.

A él ya se le había pasado el arrebato y hasta parecía contento.

—Ayúdame a bajarla —pidió.

Entre los dos la llevamos al agua. Él apagó la lámpara y subió primero. Yo le acerqué la red que ya tenía preparada, extendida y plegada, metí los cubos y las cuerdas y subí. Era la primera vez que me subía con él a la barca y perdí el equilibrio.

—Siéntate a mi lado —me indicó—. Tú coge el otro remo. Te iré diciendo cómo moverlo.

Estaba nerviosa, pero me centré en seguir sus indicaciones y poco a poco fuimos perdiendo de vista las rocas.

Que la mar estuviera más calmada ayudaba bastante.

La sensación de estar allí en la negrura, rodeados de agua, era abrumadora.

Libertadora pero inquietante. Y el vaivén de las olas me estaba mareando.

No sé cuánto tiempo pasamos remando en silencio hasta que dijo:

—Ya está. Este es un buen punto para soltar la red. Toma este lado.

Me dio un extremo y él se llevó el otro a la punta contraria de la barca.

—Muy bien, a la de tres soltamos. —Tardé bastante en ponerme de pie, pues me daba la sensación de que iba a salir disparada por la borda. Yurde en cambio, parecía que estuviera sobre tierra firme. Esperó a que lograra equilibrarme para contar—. Uno… dos… ¡Tres!

Soltamos la red y él volvió a mi lado con la cuerda en las manos. Se sentó enfrente.

Allí en mitad del mar, la noche me resultó menos oscura. La luz de las estrellas brillaba más pura que en la ciudad y se reflejaba en el agua. Una vez acostumbrados los ojos, pude percibir la silueta de la figura de Yurde mucho mejor, hasta pude distinguir algunos rasgos.

—Gracias, Abiuca —dijo.

—No me has dejado más opción —repuse, intentando no sonar rencorosa—. Pero me alegro de ser útil.

—Siento cómo te he hablado antes. Sé que te preocupas por mí y te lo agradezco.

Sonreí.

—Y yo. Ya no eres un niño, no debería tratarte como tal.

—¿Por qué has venido a estas horas?

Me encogí de hombros.

—Tu hermano Francisco y Mercedes están siendo muy generosos, pero en su casa me siento extraña. Al despertar me faltó el aire. Necesitaba respirar la brisa fresca, mirar al mar…

—Te habrías sentido mejor si hubiera sido la casa de Diego o la mía. Entiendo que con Francisco o con Nieves no tienes tanta confianza, pero te quieren mucho. Están encantados de tenerte allí.

—Lo sé —aseguré. Fijé la vista en el peñón de La Magdalena—. Desde aquí todo parece pequeño, insignificante. Entiendo por qué te gusta tanto. Esta sensación de libertad es refrescante.

Cerré los ojos y me puse contra el viento para que las ráfagas que mecían la barca me abanicaran el rostro. Respiré la brisa salada y me sentí algo mejor. El mareo no se iba.

Cuando los abrí de nuevo, adiviné una sonrisa extraña en el rostro de mi amigo.

—Ayer me dijiste que habías decidido aceptar las atenciones de Cibrián, pero, si al final no te casas con el conde, podrías cambiar las telas por las redes.

No se te dan mal —dijo. El ambiente viciado de la noche anterior había desaparecido, lo habíamos expulsado con la discusión malhumorada en el puerto y en ese instante, en la barca, volvíamos a ser los mismos de siempre.

Una bocanada me impidió contestar. Me tapé la boca con la mano y me giré para sacar la cabeza fuera de la barca.

Eché lo poco que había comido. Escuché la voz de Yurde preocupado.

Le hice una seña con la mano para indicarle que estaba bien. Cuando me recompuse, le contesté.

—No lo sé. Me parece que no estoy hecha para esto.

Yurde rio.

—Has escogido un mal día para probar. Te aseguro que, si la mar estuviera serena, te gustaría.

—Yo también lo creo. Aunque, si me caso con don Cibrián, terminaré cambiando la costura por caminatas con gente estirada en el Paseo de Pereda, por la acera de los ricos.

—Quizá no sea tan malo. Si alguien se merece que la tengan entre algodones, esa eres tú.

Miré a Yurde extrañada. Su tono de voz no dejó entrever signos de sarcasmo ni tristeza.

Habría esperado que estuviera enfadado, celoso, taciturno…

pero aquella indiferencia me sorprendió de forma desagradable.

Y me sentí fatal por ello. ¿Qué clase de amiga era si me enfadaba porque no estuviera destrozado? Yo quería que fuese feliz.

—Sabes lo que eso significaría. No podríamos hacer nada como esto en el futuro. Tendré que alejarme de ti.

—Bueno, eso pasará de forma irremediable el día que alguno de los dos se case, a no ser que lo hagamos entre nosotros.

—¿No dijiste que no pensabas alejarte de mí?

Mi voz sonó apenada. La suya sonó enfadada cuando contestó:

—Y no pienso hacerlo. Me alejaré de ti cuando tú lo quieras, no cuando lo diga Cibrián Cobo.

Sus palabras tuvieron un efecto extraño en mí. La piel se me erizó y noté un pellizco en el estómago. Puse mi mano sobre la suya sin saber qué decir. Cerré los ojos, que se me anegaron en lágrimas.

—¿Sabes? El incendio ha sido decisivo y creo haber tomado la decisión más sensata, la que todos esperan, pero... no me hace feliz.

—Si lo que te preocupa es el bienestar de la familia, no tienes por qué hacerlo. Ya se nos ocurrirá algo, ¿no? Cuando pensamos los dos, siempre lo conseguimos. Formamos un buen equipo.

Asentí. Sus palabras me hicieron pensar. Apoyé mi cabeza en su hombro y me sentí reanimada.

—¿Por qué tiene que ser todo tan complicado? Los peces no tienen ese problema. Nadan libres. Si de verdad fuera la sirenuca que siempre dices, podría perderme en el océano y asegurarme cada día de que vuelves sano y salvo; ese sería mi cometido para ayudar a la familia.

»Ayer, ahí en el muelle, miré al horizonte, a la mar. El agua me atraía hacia ella y estuve tentada de lanzarme sin pensarlo. Pero luego oí tu voz llamarme y me ancló a la tierra. —Yurde, en silencio, apretó mi mano—. No estabas, claro, solo fue producto de mi imaginación. Reaccioné y me marché.

—Abi… —Me separó de él y me miró preocupado.

—No hubiera solucionado nada, lo sé —me apresuré a decir. Forcé una sonrisa—. Y te prometo que no volverá a pasar.

—Eso espero. Nada merece la pena ese sacrificio. Quiero que sigas siendo mi sirenuca , pero desde tierra.