10. Un abrigo prestado #2
—Descuide, lo haré —contestó Yurde. Durante unos segundos que parecieron una eternidad solo se oyó el sonido del viento y el crepitar de las llamas a lo lejos.
Cibrián no se movió ni un ápice y miraba a Yurde como un sabueso a punto de atacar.
Yurde le aguantó la mirada, mientras se recolocaba la gorra.
—Bueno, Abi, ya se hace tarde. Vamos, que tu hermano debe de estar preocupado y a mí me va a pillar el toque de queda volviendo a casa. —Puso su mano en mi espalda y me dirigió hacia casa de Francisco—. Muchas gracias, don Cibrián, por acompañarla hasta aquí. Ya la llevo yo a casa.
—Sí, gracias —convine. —Ha sido un placer, Abilia. Espero impaciente que podamos reanudar nuestra charla —dijo, dejando de tutearme, y se despidió con un gesto del sombrero.
Caminé al lado de Yurde. El viento me trajo su olor tan familiar al mar, mezclado con el del humo. Tampoco se había cambiado de ropa desde el día anterior, pero no me importó. Me agarré a su brazo sano. Anduvimos en silencio unos pasos, luego Yurde lo rompió.
—¿Tan interesante era la charla que espera impaciente que la retoméis? —preguntó.
Por primera vez en la vida no tuve ganas de contarle nada de lo que había pasado. Me encogí de hombros.
—¿Estás bien?
No era normal en mí quedarme callada.
—Solo tengo frío.
—¿Cómo has salido sin abrigo? —Se deshizo+6 de mi agarre y me rodeó con el brazo para darme calor. Él tampoco llevaba el suyo.
—Se lo di a Agustín y Manolito.
—¿Los hijos de Manuela?
—Sí. —Le conté lo que les había pasado con la manta. Después volvió el silencio.
—¿Ha pasado algo más? —preguntó. Su voz sonó más grave que de costumbre—. Me refiero a don Cibrián.
—Nada —mentí. Y me sentí muy mal; nunca nos habíamos mentido—. Bueno… he aceptado que me corteje, aunque él quiere avanzar muy rápido.
—¿Eso qué significa? ¿Ha intentado propasarse? ¿Por eso estás incómoda?
—No, tranquilo. Pero no sé. Aún no me encuentro a gusto en ese tipo de situaciones. Nunca he estado a solas con un hombre que no sea de la familia —aclaré. Aún sentía su calor en mi espalda y su aliento en mi cuello.
—Cuando me mandaron a casa, desapareciste. Me preocupé al pensar que volverías sola. Me alegro de que estés bien.
Sonó cordial, pero yo supe que se trataba de un reproche. Y me molestó más al recordar la imagen de él y Tridia juntos. Habían estado mucho rato hablando al abrigo de su portal. Por alguna razón que no acertaba a comprender, me molestó y las siguientes palabras me salieron sin pensar.
—Lo siento, me reclamaron a última hora. Aunque al parecer no te he hecho falta, veo que has estado bien acompañado.
—No era mi intención quedarme hablando tanto tiempo. Se nos fue el santo al cielo y nos resguardamos del viento, eso es todo.
—No tienes que darme explicaciones.
—¿No? —Se paró. Tenía el semblante serio y me clavó sus profundos ojos marrones—. Puede que no, pero me pareció que me las estabas pidiendo.
—Lo siento mucho, te juro que no era mi intención —repuse—. No esperaba verte salir de ese portal, eso es todo. Pero me alegro, me incomodaba volver a casa con el conde.
Hicimos el resto del camino en un silencio tenso.
Llegamos al piso de Francisco y subimos las escaleras a oscuras.
Yurde me tomó de la mano, pues conocía el lugar al dedillo.
Al notar el tacto de su piel fría, me invadió la tristeza.
Fue un gesto amable, pero falto de sentimientos, lo cual me entristeció.
Apreté su mano, buscando la complicidad que siempre tuvimos, y volví a sentirla de nuevo cuando acarició la mía con sus dedos.
Sentí un pellizco en el estómago. Llamó a la puerta.
Seguíamos agarrados de la mano cuando nos abrió Mariuca. Nos las soltamos cuando lo abrazó.
—¡Tío Yurde! ¡Tía Abilia!
Yurde entró detrás de mí. Cuando Marina vio a su hermano, se le abalanzó con tal ímpetu que el pobre profirió un quejido de dolor.
—¡Cuidado! Que le acaban de recolocar el hombro —dije.
—¡Ay, perdón! —Lo soltó y se llevó las manos a la boca.
Yurde y yo cruzamos una mirada cómplice y nos reímos. Me gustó que el mal ambiente de hacía unos minutos se desvaneciera.
—¿Qué pasa? —preguntó desconcertada, pasando sus ojos de uno a otro.
—Nada —dije—. Es que acabas de hacer exactamente lo mismo que yo hice.
Todos habían cenado ya y los niños estaban preparados para irse a la cama.
Marina lloró de alivio en el cuello de su hermano mientras este la tranquilizaba y la convencía de que estaba bien y no había motivo para todo aquel alboroto.
Diego se encontraba mejor y estaba echado en el sofá con la pierna en alto.
Se alegró de tener allí a Yurde. Me sorprendió que se levantara y le diera un abrazo; mi hermano no era muy dado a las muestras de cariño.
Yo me alegré de ver que la fiebre lo había abandonado y le había vuelto el color a la cara.
—¿Cómo es que habéis vuelto juntos? —preguntó Marina—. ¿Os habéis encontrado en la Casa del Socorro?
Si la conversación con Yurde antes de cruzar la puerta había sido incómoda, recordarlo todo no iba a resultarlo menos. Y no tenía ganas de darle explicaciones. Bajé la mirada y contesté evasiva.
—Sí, nos encontramos allí. Estaba ayudando a los pacientes a comer cuando lo vi.
Yurde pasó a explicarle a su hermana cómo había acabado con un hombro dislocado.
—Luego me dijeron que guardara reposo y no hiciera esfuerzos con el brazo durante un par de semanas, para que el hueso se asiente. Entonces me mandaron a casa.
Al decir esto último se puso serio. Sobre todo, porque Marina empezó a decir que era muy tarde, que los había tenido en vilo, que menos mal que me había acompañado a casa, que tampoco eran horas para que una joven volviera sola.
Yurde aguantó imperturbable el chaparrón, con la vena de la frente tensa, y me lanzaba de vez en cuando ojeadas de soslayo hasta que Mercedes nos trajo unas galletas y un poco de chocolate y se llevó a mi cuñada a la cocina.
Yurde se tomó la cena rápido para irse a casa de Nieves; su madre debía de estar muy angustiada y tenía algo más de diez minutos antes de que diera el toque de queda.
Después de que Marina sacase el tema de nuevo, Yurde volvió a su estado taciturno.
Se despidió de mí, frío y distante, y me dejó una sensación extraña.
Busqué esa sonrisa que solo me dedicaba a mí, pero no la manifestó.
Ni ese guiño cómplice tan característico suyo.
Era la primera vez que nos separábamos así.
Cuando todos se fueron a la cama y la casa quedó en silencio, coloqué sobre el sofá las sábanas y la manta que Mercedes me había preparado. Hipnotizada por la llama de la única vela que quedaba encendida, pensé en el día tan raro que había vivido.
Había encontrado a mi familia y estaban todos a salvo.
Yo había sufrido un accidente, pero Cibrián Cobo me había cuidado con cariño y me estaba ofreciendo una vida cómoda, sin preocupaciones económicas.
Después de la tragedia del incendio, esto último escalaba puestos en importancia, por eso había decidido intentar enamorarme del conde.
Eran todas buenas noticias; sin embargo, no me sentía feliz.
Busqué la razón y llegué a la conclusión de que no había una sola.
Por un lado, me pesaba el sacrificio personal de mi libertad y autonomía, al que ahora se sumaba el peso de ser comparada para siempre con el recuerdo idolatrado de la primera esposa del conde.
Por otro lado, estaba Yurde. Si estuviera enfadado, podría arreglarlo pidiendo perdón, pero ¿cómo aliviaba el dolor y la frustración?
Hasta entonces se había contentado con ser solo mi amigo, pero la proposición de don Cibrián había precipitado las cosas.
Si debía casarme a la fuerza y decantarme por alguno de los dos, teniendo solo en cuenta al hombre y a cómo me sentía a su lado, la decisión estaba clara: Yurde.
Con él podría seguir siendo yo misma y dedicarme a lo que quisiera.
Podría conseguir lo que me propusiera, pues jamás me cortaría las alas.
Si lo hacía pensando en estabilidad y seguridad económica, la balanza se decantaba hacia Cibrián Cobo.
Pero, si dependía únicamente de mis sentimientos, estaba perdida, porque no estaba enamorada ni sabía cómo se hacía.
Lo único que tenía claro era que me dolía perder a mi mejor amigo.
Intenté imaginarme la misma situación de intimidad que había tenido con don Cibrián.
Imaginé aquella mirada de tiburón hambriento en los ojos de Yurde y sus manos sobre mis hombros.
El aliento en el cuello, como el sábado cuando refugió su cara por el viento, y el corazón me dio un vuelco.
Me alteró tanto que las palpitaciones me subieron y las lágrimas asomaron a mis ojos.
Me sentí extraña, como si algo estuviera mal. ¡Era casi mi hermano!
Apagué la vela y cerré los ojos.
Esa noche tampoco dormiría feliz, ni en paz. Intenté pensar en la sonrisa de Yurde, pero solo vi sus ojos tristes.