Vientos de cambio y cenizas 10. Un abrigo prestado
35%

10. Un abrigo prestado

C aía la noche. Si Marina no había venido a buscarme, significaba que Diego estaba bien.

Como mínimo, estable. Y Yurde… después de tantas horas de agonía allí estaba, herido, pero vivo y recuperándose.

Tener esa certeza tuvo un efecto balsámico en mi alma.

Un apoyo que me ayudaba a dejar de zozobrar.

Esa noche dormiría tranquila. Puede que feliz no, habían pasado demasiadas cosas que enturbiaban mi felicidad, pero al menos dormiría en paz.

Caminé sin prisa, acompañada por el viento que me empujaba y me frenaba a capricho.

Observé con alivio el despliegue de los coches de bomberos que llegaban de las ciudades vecinas para ayudar.

El viento seguía barriendo las calles y en la oscuridad, sin luces eléctricas, el color rojo del fuego que aún devoraba lo que encontraba a su paso dotaba el horizonte de un aspecto lúgubre.

Quizá por eso mis sentidos estaban alerta y apresuré el paso, en parte por el frío también.

Mi único alivio era que estaba a una manzana de distancia.

Al cruzar la esquina hacia la calle Isabel la Católica, no sabría decir qué llamó mi atención.

Un ruido, una sombra por el rabillo del ojo…

no sé lo que fue. Me volví y no vi a nadie.

Esperé unos instantes en el más absoluto de los silencios con un mal presentimiento bombeándome en el pecho.

Nada. Recordé al ladrón que había visto saquear la tienda y pensé en la cantidad de gente desesperada por las pérdidas.

Me abracé en un intento por abrigarme y seguí el camino a marcha ligera.

Miré a ambos lados de la calle, no había nadie.

No me extrañó, pues faltaba poco para el toque de queda.

Entonces oí una voz a mi espalda, cerca de mi nuca, que me heló la sangre. El corazón me dio un vuelco.

—Buenas noches, señorita Abilia. Veo que le ha tomado el gusto a lo de trabajar de enfermera.

Me giré, aún sobresaltada, y me encontré a Cibrián Cobo frente a mí.

—¿Don Cibrián? ¿Qué hace aquí? —pregunté con un temblor en la voz que delataba el susto. Era la última persona con la que me habría gustado encontrarme, pero dadas las circunstancias, sentí cierto alivio.

—Volvía a casa después de comprobar los daños que ha sufrido el piso y la vi. ¿Me permite que la acompañe? Me quedaría más tranquilo si la veo llegar sana y salva.

—Se lo agradezco.

—¿Qué tal encontró a su familia?

Cogí aire y lo solté despacio.

—Diego tiene la pierna malherida y Yurde tiene un hombro dislocado. Los demás, todos bien, gracias a Dios.

—No sabe cuánto me alegro.

Le sonreí en respuesta. Pensé en lo primero que me había dicho al verme y una luz se encendió en mi cabeza.

—¿Por qué ha dicho que le he tomado el gusto a trabajar como enfermera?

Don Cibrián miró al suelo y dibujó una sonrisa que intentó esconder con una de sus manos. Cuando la retiró, estaba serio y dudé de lo que había visto. Quizá lo había imaginado.

—No se me ocurre de dónde podría venir por esta calle sino de la Casa del Socorro y, por lo que la conozco, supuse que habría estado ayudando como voluntaria.

¿Me equivoco? Además, lo he supuesto al ver que, con solo veinticuatro años, ya tiene el Servicio Social acabado.

Sí que se han dado prisa. Lo ha hecho como enfermera, ¿verdad?

—se apresuró a explicar para acallar mi protesta. Abrí los ojos como platos.

—Usted se quedó con mi cartilla, ¿no es cierto?

Me sonrió sin dejar de hacer contacto visual. Suavizó la expresión.

—Enfermera y modista… —comentó con mirada de complacencia—. La enfermera perfecta para coser una herida. Nuestros hijos tendrían una excelente madre.

—Le ruego que me lo devuelva.

—Por favor, no se enfade. Yo no me quedé con su cartilla, se la dejó en mi casa y está a buen recaudo. De saber que me encontraría con usted ahora, lo hubiera traído.

Algo en su mirada me recordó a cuando Diego se marcaba un farol a las cartas. Pero ¿y si me equivocaba? Bajé la cabeza.

—Discúlpeme entonces.

Pasaron unos segundos hasta que oí su voz mucho más calmada y noté el calor de sus manos en mis hombros.

—No se preocupe, ya está olvidado. Pero ¡está helada! ¿Dónde está su abrigo?

Sin esperar respuesta, se quitó el suyo y lo puso sobre mis hombros. Este me trajo su olor a perfume, tabaco y anís; me resultó extrañamente familiar.

El sonido de los bomberos me devolvió a la realidad.

Solo unas pocas calles más allá el fuego seguía devorando la ciudad y el toque de queda estaba a punto de hacerse efectivo.

Don Cibrián, que aún me tenía agarrada por los hombros, tiró de mí y me obligó a avanzar.

Debió pensar lo mismo que yo. Me separé de él.

Sus ojos, de nuevo de tiburón hambriento, brillaban con determinación a la poca luz que las llamas cercanas y las estrellas proporcionaban.

Al cruzar la esquina entraríamos a la calle Magallanes. Ya estábamos cerca del piso de Francisco y Mercedes. Me rehusaba a que me acompañara hasta la misma puerta, así que me detuve. Si los vecinos me veían llegar con el conde a esas horas, empezarían los rumores.

—Gracias por acompañarme. Desde aquí ya puedo ir sola —dije con una sonrisa amable.

—Ha sido un placer. —Levantó levemente su sombrero. Me miró unos instantes con los ojos muy abiertos y expresión de querer decir algo más. Como no decía nada, me di la vuelta. Entonces noté sus manos frenarme por los hombros—. Abilia, espera.

Su voz era un susurro y fue la primera vez que me tuteó. Noté la calidez de su contacto en mis hombros, la de su cuerpo en mi espalda y la de su aliento en mi cuello. El olor de su perfume me envolvió y el corazón me dio un vuelco.

—Don Cibrián. —Me desprendí de su agarre, quitándome el abrigo. Se lo ofrecí con el brazo bien extendido para marcar la distancia. Miré en todas direcciones por si alguien nos había visto—. Se está excediendo. No hemos llegado a ese punto de intimidad.

Cogió el abrigo, pero no se lo puso. Se lo tendió en el brazo.

—No sabes cuánto tengo que retenerme. Ambos sabemos que acabarás aceptando, no me hagas sufrir así.

Estaba desierto y carecía de luz. Quise que la tierra me tragara. Su agarre no había sido apretado, pero sí firme, y aún podía notarlo. Comencé a temblar, y esa vez no fue solo del frío.

—No es mi intención hacerlo sufrir, pero está siendo inadecuado.

—Puede que sea efusivo de más, pero no inadecuado. Estoy siendo serio en mis intenciones. Esto forma parte del cortejo.

Lo pensé, y me pareció que no había considerado lo que implicaba que don Cibrián me enamorase. Si al final aceptaba, debería acostumbrarme a ese tipo de intimidad, lo cual me parecía imposible entonces.

—Es posible que tenga razón, pero no estoy preparada. Si está dispuesto a respetarme, estoy dispuesta a intentarlo.

Dio un paso hacia mí y dibujó una sonrisa.

—Trato hecho.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Por supuesto.

—Si no va a ser honesto, prefiero que no conteste. —Él asintió—. ¿Se fijó en mí porque me parezco a Catalina?

Él suspiró.

—Catalina es insustituible. —Sus ojos se enturbiaron y se perdieron en un mar que, por el tono de su voz, estaba lleno de tristeza—.

Dicho esto, sí. La primera vez que te vi, el corazón me dio un vuelco al pensar que eras ella.

Pero la conocía demasiado bien para verla en ti ahora que te conozco mejor.

—¿Y no será para usted una tortura? ¿Y para mí, sentirme comparada con ella en cada cosa que haga?

—Bajó la vista y yo supe que no iba a contestar por no mentirme—.

En ese caso, quizá lo mejor sea dejar las cosas como están, ¿no cree?

Seguro que en sus fiestas ha conocido a decenas de mujeres guapas y ricas que estarían más que dispuestas a ser su esposa.

La guerra ha dejado a muchas jóvenes viudas esperando a alguien como usted.

Estaría mucho mejor con cualquiera de ellas.

Se irguió. Su postura se tensó.

—¿Cuántas posibilidades hay de que la vida me ponga delante a dos mujeres extraordinarias?

Conozco a muchas de mi círculo que estarían dispuestas a casarse conmigo, sí, pero ninguna como tú.

Con tu bello rostro, con tus lindos ojos.

Si tuve que perder a Catalina, ¿por qué debería renunciar a ti ahora?

— Creo que el parecido entre nosotras le ha nublado la sensatez. ¿Ha pensado realmente en la posibilidad de que acepte? ¿Cree que estoy preparada para ser una condesa? —cuestioné con una ceja enarcada.

—Eso no importa. Se aprende. —Negué con la cabeza y me froté los hombros con las manos—. ¿Podrías hacerlo por amor?

—No se da el caso.

—Pero piénsalo, si estuvieses enamorada, ¿sería un gran impedimento?

—Supongo que no.

—Yo tampoco lo creo. Ni la cuestión de la costura. Por eso, la solución es fácil. Enamórate de mí.

—Me está pidiendo que le baje la luna.

—¡No! La luna te la bajaré yo cuando me honres con tu mano.

Lo miré con expresión cansada. La diferencia entre los dos era abismal.

—Yo no deseo la luna.

Él tenía la confusión pintada en el rostro.

—Quizá nunca la has deseado porque pensabas que no estaba a tu alcance.

Dos figuras salieron del portal de un edificio cercano.

Mi atención se centró en ellos y me quedé helada cuando me di cuenta de que eran Yurde y Tridia.

Ella se despidió en el umbral y se perdió en su interior.

Yurde salió y cruzó la calle. Había dado pocos pasos cuando nos vio y se acercó a nosotros.

Don Cibrián ajó la expresión del rostro, pero disimuló cuando Yurde llegó a nuestro lado.

—Hola, Yurde —saludó cordial el conde—. ¿Qué te ha pasado, muchacho?

—Ya ve, don Cibrián. No se preocupe, estoy bien. Podría haber sido peor. —Sonrió, aunque yo supe que su sonrisa era tan falsa como la del conde.

—¿Te hizo buen apaño la camioneta? Cuando te haga falta, no dudes en pedírmela. —Desvió su mirada hacia mí—. Ambos salimos ganando con el trato.