9. La que hace el número tres #3
—¿Cómo? —preguntó él—. ¿Como Diego y Marina?
—No… —titubeé—. No exactamente.
Me centré en colocarle bien la ropa de la cama para disimular lo violenta que me sentí. Él continuó:
—¿Cómo entonces? —cuestionó con expresión que dejaba entrever confusión y tristeza a través de la apagada sonrisa—. No hay más formas de familia, Abi.
—No lo sé —respondí aturdida—. Nunca lo he pensado.
Ni me lo había planteado, siquiera. Estaba claro que no lo quería como a Diego. Sin embargo, tampoco lo había mirado con esa hambre con la que don Cibrián me había mirado a mí.
—Pues piénsalo —dijo—. Sé que quizá no es el mejor momento para ti, pero es importante.
Sus ojos de color marrón intenso me miraban brillantes y profundos y su mano me erizó la piel cuando me tocó la mejilla.
Como una corriente que me recorrió el cuerpo.
Me había tocado muchas veces antes, y mi cuerpo jamás había tenido esa reacción.
Quizá era por contraste de su mano caliente en mi piel fría o por la emoción de verlo con vida.
—Yurde —dije despacio, con cariño—, hemos perdido nuestras casas y el trabajo. Solo nos queda tu barca. Estoy pensando seriamente si debo aceptar la proposición de don Cibrián. Pensaré en lo que me has pedido cuando me decida.
—Quieres decir que pensarás en ello si decides rechazar su propuesta —contestó con el rostro y la voz tensos.
—Es que, si acepto, lo demás dará igual, ¿no crees?
—Supongo. —Apartó la mirada.
—Mírame, por favor. —Me miró—. No te enfades conmigo. A mí me hace tan poca gracia como a ti. Me angustié mucho anoche cuando nos separamos y he estado con el corazón en un puño hasta que he visto que estabas vivo. No nos separemos enfadados.
Relajó la expresión del rostro y me sonrió.
—Yo también he estado preocupado. Y he tenido mucho tiempo para pensar, aquí tumbado.
—¿En qué has pensado?
—En las cosas que me importan y en lo que no estoy dispuesto a perder —declaró con una mirada resuelta—. Y me da igual lo que diga el conde, no pienso alejarme de ti.
Lo miré preocupada y me cogió la mano.
—Tengo que seguir. En un rato paso a verte —me despedí. Apreté su mano con cariño.
—Te espero.
A regañadientes salí de la habitación. Demasiados acontecimientos en tan poco tiempo.
Mi mente estaba espesa y necesitaba descanso y refrigerio.
Me acerqué a la cocina a dejar el cuenco y coger otro para mí.
Me senté con el resto de las enfermeras a tomármelo y cinco minutos después estaba de nuevo inmersa en la tarea.
Pasé la tarde entre cura y cura, ajena a lo que hacía.
El trabajo, más bien mecánico, me permitía centrar la mente en los asuntos que me preocupaban.
Rememoraba las palabras de mi amigo sobre las diferentes formas de familia.
Llegué a la conclusión de que la familia puede ser aquellos que demuestran serlo, a pesar de no correr la misma sangre por las venas.
Se cumplía muchas veces en mi entorno. Por ejemplo, el señor Iyán fue como un hermano para mi padre.
Y después de dejarnos, él se portó con mi madre como un hermano.
Cierto que mi madre no tenía con él tanta confianza como mi padre y, después de su muerte, habían levantado un muro en el trato.
Quizá la diferencia estaba en que eran hombre y mujer, como Yurde y yo.
Al menos era lo que todos parecían pensar.
Que siendo hombre y mujer no podíamos ser tan cercanos si no pensábamos casarnos, o que, al serlo, la consecuencia inevitable era el matrimonio.
Quizá habría sido más fácil para mí si Yurde se sintiera como yo, pero no era el caso.
Pensé en la forma tan sutil que había empleado para hacerme pensar en mis sentimientos y en los suyos.
¡Con qué naturalidad y sencillez! Así era él.
Y mi cabeza no pudo evitar compararlo con la forma impositiva de don Cibrián.
Yurde siempre esperaba. Siempre era lo que yo decidiera.
Y, aunque me había propuesto no pensar en ello hasta que no hubiera tomado una decisión con respecto al conde, no pude evitarlo.
En cada oportunidad que tenía, me escapaba a la sala donde guardaba reposo.
Tras varias visitas, parecía encontrarse mucho más fuerte y repuesto.
Así que volví a mi tarea animada. Hasta que llegó la hora de marcharme.
Desde la entrada de la habitación, vi a Yurde levantarse de la cama con la ayuda de Tridia.
Me sentí una intrusa, como si fuese yo la que hace el número tres [6] .
Y ya se sabe, tres son multitud. Me di la vuelta antes de que me vieran.
Mientras Tridia lo acompañaba hasta la salida, Yurde buscaba alrededor con la mirada.
Salieron por la puerta, sin despedirse de mí, pues me mantuve oculta.
Se marchó bien acompañado. Me repetí a mí misma que era lo mejor.
Si yo no podía corresponderlo, tenía derecho a buscar la felicidad con otra persona.
Salí minutos después, camino a casa de Mercedes, sin saber muy bien por qué me sentía tan triste.