Vientos de cambio y cenizas 9. La que hace el número tres #2
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9. La que hace el número tres #2

Eso me hizo pensar en lo afortunada que fui yo, de poder sacar las cosas importantes.

Mi mente se centró en la cartilla del Servicio Social.

Recordaba haberla cogido con el resto de documentos, estaba completamente segura.

Y no había vuelto a coger los papeles hasta que don Cibrián me los devolvió en su casa.

¿Se habría extraviado entonces? Porque, no habría sido capaz de quedársela a propósito, ¿verdad?

Me quité esa idea de la cabeza. ¿Qué ganaría haciendo eso?

Quizá se me cayó cuando los fui a colocar de nuevo entre las telas.

—Abilia, necesito que me ayudes con algo. —Mariya me sacó de mis pensamientos.

Terminé de cerrar el vendaje, dejé lo que estaba haciendo y la acompañé a través de los pasillos.

Entramos en una sala donde unos calderos enormes calentaban un caldo que olía tan bien que la boca me empezó a salivar.

Entonces mi estómago se acordó de que ni siquiera había desayunado y ya era la hora de comer. Mariya me dijo:

—Vamos a servir un caldo a los pacientes, pero algunos están impedidos y necesitan ayuda para tomarlo. ¿Puedes encargarte? He mandado a dos enfermeras más dentro, pero algunos se están impacientando.

Me acerqué, llené un cuenco con sopa y cogí una cuchara. Me señaló una pequeña habitación, cruzando el pasillo.

Había cuatro camas. En una de ellas, una mujer medio incorporada estaba siendo alimentada por una enfermera. En otra, un hombre que parecía dormido descansaba con un parche en el ojo. Otra mujer, sentada en el borde de la cama, me miraba con impaciencia. Tenía las palmas de las manos vendadas.

—¡Menos mal! Si llegas a tardar un poco más, me como a tu compañera —me dijo.

La aludida, que daba de comer a la otra mujer, le lanzó una mirada de disgusto y continuó con su tarea.

—Bueno, bueno… Eso no va a ser necesario, porque ya estoy aquí —repuse. Me senté a su lado para darle la sopa—. ¿Qué le ha pasado?

A mi derecha se encontraba la cuarta cama. En ella, la joven que me resultaba conocida hablaba animadamente con el paciente al que alimentaba. Por lo cariñosa que se le oía, parecía conocerlo. Centré la atención en la hambrienta mujer que tenía delante.

—Me quemé las manos al levantar una baranda ardiendo para sacar a mi hermana de debajo —explicó tras la primera cucharada.

—Un acto muy valiente —comenté yo.

—¿Abilia?

Una voz me llamó desde la cama de la derecha. Sonó débil. Me giré para verlo. Se trataba de un joven con la espalda apoyada en el cabecero, con la cabeza vendada y el brazo diestro en cabestrillo.

—¿Yurde? —Me había costado reconocerlo—. ¡Yurde!

Dejé la sopa en la mesita y me levanté como un resorte. La enfermera se retiró asustada en cuanto me vio abalanzarme sobre su cuello.

—¡Oye, ten cuidado! Que tiene el hombro dislocado —me riñó con el morro torcido.

—¡Perdón! —me disculpé, separándome de él. Me limpié las lágrimas que habían brotado de alegría y alivio—. Es un familiar mío. ¿Te importa cambiar?

Ella suavizó la expresión y asintió. Se levantó y ocupó mi puesto junto a la señora de las manos quemadas.

No habría dicho que estaba disgustada si no fuera por las formas bruscas en que se sentó en la silla que yo había dejado y cogía el tazón de sopa.

Me senté y estreché la mano de mi amigo entre las mías.

La besé mientras los ojos se me anegaban de lágrimas al contemplar el aspecto que presentaba.

—¿Qué te ha pasado? —me preguntó con el rostro compungido.

Negué con la cabeza.

—Lo mío no es importante —dije con una sonrisa—. ¿Qué te ha pasado a ti?

—Caí por una escalera y me disloqué el hombro.

—¿Qué? —Me llevé una mano a la boca para ahogar un grito—. Pero cómo…

—Después de dejar a mi madre en casa de mi hermana Nieves, volví a buscarte. Al no encontrarte, me hice voluntario. Sacaba a un vecino de su casa cuando una parte de la baranda del edificio se desprendió, me golpeó en la cabeza y rodé por la escalera.

—Yurde… —dije conmovida. Le acaricié el rostro con cuidado. Él me sonrió y llevó su mano hasta mi sien, donde tenía el cardenal. Lo rozó con cuidado.

—¿Y a ti qué te ha pasado? —Me miró preocupado.

—Me interpuse entre un pórtico de madera y la señora Trueba.

—¿Qué? —reaccionó, asustado.

—No te preocupes, no es nada —me apresuré a decir—. Además, me vio un médico y me dejaron descansar en su casa.

—Bueno, eso es un alivio —expresó. Lo abracé reconfortada. Él me acarició el pelo. Al cabo de un momento, las tripas empezaron a rugirle y me levanté como un resorte.

—¡Ay, madre mía! Que se supone que estoy aquí para darte de comer. —Él se rio. Cogí, azorada, el cuenco con la sopa y empecé a dársela.

—Supongo que después de esto ya no te importará que su hijo me deje su camioneta, ¿no? —dijo, entre cucharada y cucharada.

—Sí que me importa. Ya sé cuál es el interés que pensaba cobrarse —repuse con tristeza.

—¿A qué te refieres? —preguntó con la voz turbada.

Recordé que no me había dado tiempo a contarle nada y que nos habíamos separado enfadados.

—Han pasado muchas cosas desde ayer en la mañana. —Después de una pausa, durante la cual él me miraba sin perder detalle, continué—. No sé si oíste lo que te dije anoche cuando te marchaste.

Negó con el ceño fruncido.

—No hablaba de ti. Lo que te dije en la cafetería y cuando nos separamos. Y lo que escuchaste en casa de tu hermana no era sobre ti.

—No entiendo —confesó con la misma expresión—. Entonces, ¿de qué hablabas?

Cogí aire y me llené de coraje.

—De don Cibrián.

Él dedicó unos segundos a pensar en lo que eso implicaba y pareció entender, porque la cara perdió el poco color que le quedaba y el semblante mostró un rictus tenso.

—¿Te ha propuesto matrimonio? —dijo al fin.

—Por lo pronto, quiere cortejarme, pero sí, esa es su intención.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó, intentando aparentar tranquilidad.

—No lo sé. Solo sé que el incendio ha llegado en el peor momento, porque cambia las prioridades.

—Olvídate del incendio. ¿Tú qué quieres?

—No lo sé. Quiero cuidar de la familia, supongo.

—Y ser modista e irte a Francia… ¿Qué pasará con eso si aceptas?

Me encogí de hombros.

—¿Crees que pueda hacerlo igualmente, aunque no me case con don Cibrián? La tienda está calcinada, y mi casa. No podremos montar el negocio de nuevo. Es posible que tenga que dedicarme a otra cosa. No sé, quizá don Cibrián no sea mala opción.

Él soltó una risa suave.

—¿Qué? —pregunté.

—Que debes ser la única mujer sobre la faz de la tierra que no salta de alegría ante la proposición de un conde —comentó divertido.

Fruncí el ceño.

—Sí, ¿verdad? Pero ¿qué conde se fijaría en una pobretona como yo?

Él mantuvo la sonrisa, pero se le veía la tristeza en los ojos.

—Desde luego, uno con buen gusto. —Sentí el rubor subirme por el rostro—. ¿Y a qué te referías con el interés que quiere cobrarse?

—Está celoso de ti, y quiere que nos alejemos mientras me pienso su propuesta. Por eso te dije ayer lo que te dije. No es lo que deseo, pero me dio un mal presentimiento. Me sonó a amenaza.

Estaba a punto de replicar cuando la joven que había estado dando de comer a Yurde antes que yo se despidió de él desde los pies de la cama.

—Espero que te recuperes, Yurde. Tengo que seguir, si necesitas algo, llámame y vendré —dijo.

—Muchas gracias, Tridia. Abilia se queda cuidándome —contestó él. La joven asintió con resignación mientras sonreía y salió de la habitación sin mirarme siquiera.

—¿Quién es? Me resulta familiar.

—Es Tridia, la redera.

—¡Ah, la redera! —exclamé, recordando lo que dijo Marina sobre la chica que le tiraba los tejos.

—¿Y esa expresión? —preguntó con los ojos entornados.

—Nada, cosas de tu hermana.

—Ya me imagino lo que dice Marina —declaró antes de que le metiera de nuevo la cuchara en la boca—. Pero no hay nada con ella, es solo una amiga.

—Bueno, puede que por tu parte no, pero es evidente que a la chica le interesas. —Terminé de darle la sopa y puse el cuenco vacío en la mesita. Él me sonrió y entornó los ojos—. ¿Qué? —pregunté.

—Nada. Pensaba en lo que has dicho antes, de que somos familia.

—Y lo somos —contesté.

—No hay sangre, Abi… —dijo sonriendo.

—No —contesté—, pero somos familia.