9. La que hace el número tres
S egún me acercaba, aprecié la aglomeración de gente que aguardaba apiñada para soportar los envites del viento.
Pocos eran los que lloraban por la desesperación.
A la mayoría, lo que les salía por los ojos era el amargo cansancio.
El aire olía a quemado. La ciudad seguía ardiendo y las ráfagas de aire movían el humo a capricho.
La gente que se apilaba ante la Casa del Socorro se mezclaba con quienes hacían cola en un local de comidas cercano.
Entre uno de los grupos, unos niños esperaban, con rostros desconcertados, bajo una misma manta.
La imagen contrastaba con la de otros dos pequeños que más adelante lloraban desconsolados sin más abrigo que sus desgastadas mudas de algodón.
El alma se me cayó al suelo cuando, al acercarme, distinguí que eran los hijos de Manuela, a la que no vi por ningún lado.
Corrí a su encuentro y me agaché ante el mayor.
—Agustín, ¿qué ha pasado? ¿Por qué lloras? —le pregunté, mientras limpiaba sus lágrimas.
—Señorita Abilia —dijo al reconocerme. Se agarró a mi cuello y lloró con más fuerza. Su hermano se agarró a mi cintura. Tenían las pequeñas manos heladas.
—Ya, ya está. Tranquilos. Venga, dime qué ha pasado. ¿Dónde está tu madre? —Les froté la espalda.
El niño se limpió las lágrimas y los mocos con la manga. Empezó a hablar haciendo un gran esfuerzo por reprimir el llanto, que no tenía control.
—Mi madre… se fue… a por comida… —Poco a poco se tranquilizó y las palabras fluyeron mejor—.
Porque Manolito tenía mucha hambre. —Soltó un largo suspiro entrecortado—.
Y, como no quería ir cargada con todo y petate, nos dijo que nos quedáramos aquí bajo la manta y que escondiéramos la bolsa hasta que ella llegara.
—Muy bien, ¿y qué pasó? ¿Por qué no estáis esperando bajo la manta?
—No es mi culpa —contestó y rompió a llorar de nuevo—. Un hombre se la llevó.
—¿Qué? —reaccioné desconcertada ante la maldad y el egoísmo de la gente, que no dejaba de sorprenderme—. No os preocupéis, venid, sentaos.
Senté a Agustín sobre el bordillo.
—Pon el petate entre tus piernas, así, eso es. Ahora, Manolito, siéntate en él.
Cuando el niño se hubo sentado frente a su hermano, me quité el abrigo y los envolví en él. No era tan abrigado como una manta, pero me rompía el corazón pensar que una persona podía dejar a esas dos criaturas pasando frío.
—Gracias, señorita. Pero mi madre se va a enfadar por lo de la manta —se lamentó con los ojos llorosos, a punto de prorrumpir de nuevo en llanto.
—No pienses en eso, Agustín. Yo os daré una —lo tranquilicé con cariño. Me puse en pie, mirando la larga cola de gente a las puertas de la Casa del Socorro.
—¿Se va, señorita Abiuca ? —preguntó Manolito, que había cogido el filo de mi falda. Lo miré y me encontré con unos ojos color avellana que me suplicaban que me quedara.
—No, Manolito. No me voy. —Me senté en el bordillo a su lado—. Os acompañaré hasta que vuestra madre vuelva.
Hice a un lado la angustia y las ganas de buscar a Yurde, porque esos niños me necesitaban.
Manuela perdió a su marido en la guerra.
No tenía a nadie más, pues toda su familia, natural y política, estaba en Andalucía, de donde vinieron ella y su marido hacía casi diez años.
La conocía desde entonces, cuando se vino a vivir al piso de arriba.
Me abracé a ellos por pura ternura y para darnos un poco de calor.
De nuevo, el recuerdo de mi tía me vino a la mente.
Ahora entendía lo que ella debió de pensar cuando veía mi preocupación.
Probablemente, lo mismo que pensaba yo al verlos a ellos, que debía ocupar su mente para que no echaran de menos lo que no estaba en sus manos recuperar.
Entonces los animé a cantar. Entusiasmados, me dedicaron todo el repertorio que se conocían, y así pasó casi un cuarto de hora más cuando apareció la figura de su madre, que volvía a paso rápido, con cuidado de no derramar el caldo que traía para los niños.
Le relatamos lo que había ocurrido con la manta para calmar la conciencia del pobre Agustín, que había demudado el rostro en cuanto la vio aparecer.
—Gracias, Abilia. En cuanto pueda, te devuelvo el abrigo.
—No te preocupes. Lo importante es que ellos estén bien.
Manuela dio a sus hijos un poco de caldo.
—Tened cuidado, que está caliente —les advirtió.
Luego se dirigió a mí—. Es lo que he podido conseguir.
He tardado más de la cuenta, pobrecitos, pero me han estado informando sobre el alojamiento.
Cuando ayer llegamos al hotel estaba completo y…
bueno, parece que nos hospedarán en las caballerizas de la Magdalena.
—Lo siento mucho —le dije. Ella sonrió con tristeza. La incertidumbre volvió a azotarme.
—¿Sales de la Casa del Socorro? —preguntó al ver mi venda. Negué con la cabeza.
—Entro. Mira la cola que hay. Voy a ver si ayudo en algo.
Manuela me sonrió con cariño.
—¡Qué buena eres, niña! —Bajó la voz y me guiñó un ojo—. No me extraña que te ronde un conde.
—¡Calla, calla! —dije nerviosa—. Ni siquiera sé qué ve en mí, con la de mujeres de su clase que estarían encantadas por ser su esposa.
—Es posible, pero seguro que ninguna tan bonita.
—¿Bonita? —Nunca me lo había considerado. Aunque al ver a Catalina en el lienzo, me pareció bella. Si me parecía a ella, yo también debía serlo.
—Con esa carita de muñeca de porcelana y esos ojos negros como canicas, de mirada profunda y amable, yo diría que sí.
Me ruboricé.
Miré de nuevo a la Casa del Socorro. No podía apartar mis ojos de la fila, por si veía una cara conocida.
—Bueno, niña, no te entretengo más. ¡Ea, pa dentro! —exclamó animada—. Que esa gente no se va a curar sola.
Me despedí de los pequeños, ahora calmados por la presencia de su madre, con el estómago algo menos desconsolado y caliente. Me despedí de Manuela con una sonrisa y crucé las puertas, sorteando a los pacientes.
La Casa del Socorro realmente se encontraba atestada de gente.
El ambiente estaba cargado por la aglomeración y se mezclaban los olores a humanidad, cera, humo, alcohol y manzanilla.
Se me hizo difícil acceder, esquivando los grupos de gente que se apelotonaban esperando a que los atendieran, pero en cuanto la jefa de enfermeras me vio, se abalanzó sobre mí.
—Abilia, ¡por Dios! Estás hecha un Cristo. Déjame que te vea eso.
—No se preocupe, Mariya, ya me vio un médico. Estoy bien. Vengo a ofrecerme voluntaria, si en algo puedo ser útil.
—Ay, hija mía —agradeció, soltando un suspiro—. Bendita seas. Toda ayuda es poca. Ya ves cómo estamos.
La mujer levantó la cabeza y barrió la estancia con una vista general.
—¿Ha habido mucho trabajo durante la noche?
—No te puedes hacer una idea. ¡Y a la luz de las velas! —La mujer profirió un gran suspiro.
—Dígame qué hago, entonces. —Me arremangué.
—Lo primero es lo primero —dijo—. A ver ese golpe.
Me hizo sentar en una de las sillas que tenían apartadas para que descansaran las enfermeras y me retiró la venda. Mientras me limpiaba y cambiaba, me puso al día.
—Hay alguna que otra contusión como la tuya, algunas más graves. Muchos bomberos y voluntarios exhaustos, y más que siguen llegando.
—Pero ¿no estamos sin agua? ¿Cómo están extinguiendo el fuego?
—Están utilizando agua del mar, creo. Y todavía podemos dar gracias que no ha sido peor. Que lo que más tenemos son casos de conjuntivitis. —Terminó de cerrar la venda—. Esto ya está. Entra en la sala y coge gasas y un cuenco con manzanilla. Por lo pronto, no podemos hacer mucho más.
Obedecí y me puse en marcha. Se me pasaron las horas entre un paciente y otro.
La mayor parte del tiempo curé ojos irritados.
Vendé algún brazo fracturado, cortes de cristales y golpes varios.
Muchos de ellos fueron provocados por actos heroicos.
Tanto de vecinos como de bomberos que, una vez curados, volvían a las calles, a la tarea.
Me movía aturdida y descolocada entre la gente. Miraba, pero no veía. No saber nada de Yurde me mataba. Me dije a mí misma que no verlo allí era buena señal. Seguramente, estaría en la calle ayudando a bomberos y militares en las labores de extinción del fuego y de rescate.
Mientras hacía mi trabajo, prestaba atención a los rumores que circulaban en los corrillos.
—Están llegando bomberos de todas partes.
—¡Ah! Pero ¿ya funcionan las comunicaciones?
—No, parece ser que dio aviso un barco desde el puerto.
—¡Gracias al cielo!
Una de las enfermeras voluntarias me llamó la atención.
La conocía de algo, aunque no conseguía ubicar de qué.
Dejé de centrar mi atención en ella y la desvié a los reportes de nuevo.
Que hasta entonces no hubiera ninguna pérdida humana me alivió.
Levantaba la vista cada minuto y buscaba el rostro de Yurde entre el gentío.
—¡Qué miedo pasé! Hasta que llegó aquel joven del Frente de Juventudes y me sacó de allí.
Le decía la mujer de al lado a otra enfermera.
—¿Sí? —preguntó esta, interesada, mientras le pasaba la gasa empapada con manzanilla por el ojo.
—Y menos mal que fue a tiempo, porque al poco de salir cedió el muro y cayó encima de un muchacho.
—¡Dios bendito! ¿Y murió?
—Pues es posible, porque lo sacaron inconsciente y malherido.
—Pobre hombre. ¿Y era muy joven?
—Sí. Era uno de esos jóvenes pescadores. Lo he visto en el puerto vendiendo pescado.
El corazón me dio un vuelco. No podían estar hablando de Yurde, ¿verdad?
Se me debió de ir el color de la cara, porque el hombre al que curaba un brazo herido me preguntó si estaba bien.
Asentí sin mucho convencimiento. Presté de nuevo atención a la conversación de la señora por si daba algún dato más.
—Sí, estaban con máscaras antigás ayudando a los militares. Yo me estaba ahogando y los ojos me picaban, pero el joven fue muy valiente. ¡Y fuerte! Que me cogió como si fuera una pluma y me sacó de casa. ¡Ya ves! Salí con lo puesto.