8. Ahora no es el momento #2
—¡Basta! —me reñí en voz alta. Sin duda, Diego estaría cuidándolos.
Él no permitiría que ninguno de ellos sufriera.
Mi hermano, a pesar de machista y petulante, era un buen marido y padre, y quería a sus hijos y esposa con locura.
Haría lo que fuera por ellos. Eso lo sabía bien.
Así que me exigí cambiar de pensamiento.
El dolor de cabeza por el golpe volvió a acusarse de repente.
Quizá por el viento, por la fuerte impresión al ver la tienda, por la carrera, por la llantera…
El caso era que la cabeza me pesaba como un acerico de hierro relleno de agujas.
Haciendo un esfuerzo por no dejarme caer, conseguí llegar hasta la casa de Francisco y Mercedes.
En esa parte de la ciudad todo se encontraba como siempre.
Ver la imagen del edificio tan conocido para mí fue como un abrazo de consuelo.
Llamé a la puerta. Cuando esta se abrió, me recibieron unos ojos verdes que expresaron alegría y asombro.
—Marina… —dije. Ella me abrazó fuerte y me estremecí de puro alivio. La apreté contra mí.
—¡Abilia! Gracias al cielo que estás bien. —Su voz temblaba—. ¡Estás helada! Pasa, anda. Pasa al brasero.
Se apartó para que entrara sin dejar de frotar mis brazos.
Su cuñada, Mercedes, salió a recibirme. Era el tipo de mujer que yo imaginaba que todo niño querría como madre.
Hasta cuando regañaba, lo hacía con dulzura.
Ella y Francisco formaban una pareja muy especial.
Tal para cual. Igual de buenos, igual de sosegados.
Nada que ver con el carácter explosivo de mi hermano, el nervio de Marina o mi inconformismo.
—Santo Dios, Abilia —exclamó, llevándose una mano al pecho cuando me vio—. ¿Qué te ha pasado?
Me giré para verme en el pequeño espejo que ornaba la pared de la sala. En mi cara, blanca como la nieve, resaltaban dos ojeras ennegrecidas como el morado que se extendía por la sien y me bañaba parte del ojo.
Una imagen muy poco favorecedora. Detrás de mí, mi cuñada me cogió de los hombros suavemente y me sentó en el sofá, al calor de las ascuas.
Empecé a relatarles todo lo que ocurrió desde que Yurde y yo tuvimos que desistir de ir al cine hasta ese momento. Obvié todo lo referente a la propuesta de Cibrián Cobo.
—Fueron muy atentos en llevarte a un médico y dejarte dormir en su casa —habló Mercedes.
—Sí, aunque yo no habría esperado menos —replicó Marina. Le lancé una mirada reprobatoria y se explicó—. Después de todo, Abilia salvó su vida.
—No os preocupéis. La señora Trueba fue muy amable y agradecida. Hasta me sirvió un caldo.
Mientras ellas hablaban, miré alrededor.
Mercedes tenía muy buen gusto. Sonreí al ver las cortinas que le hizo mi madre y las figuritas del pastor y la pastora en el mueble bar que antes habían sido de doña Anjara.
Recordé la vez que las cogí para jugar y me soltó una buena regañina.
Cuando Francisco y Mercedes se casaron, Anjara se las regaló porque su nuera estaba enamorada de ellas.
Esos recuerdos tan felices me recompusieron.
Me extrañó que hubiera tanto silencio. No se oía a los niños, ni a los de Marina ni a los de Mercedes, que eran unos años mayores.
—¿Y Ángela y Laro? —pregunté.
—Están en casa de mi hermana Nieves —explicó Marina. Mercedes se levantó y se marchó a la cocina con una disculpa.
—¿Y Diego?
Marina dudó un momento.
—Está en la habitación descansando. Francisco está con él.
—¿Por qué? ¿Le ha pasado algo? —El corazón me dio un vuelco.
—No es grave, no te preocupes —se apresuró a decir.
—¿En qué habitación está? ¿Puedo pasar a verlo? —Me levanté inquieta.
Marina se envaró en el sofá, mirándome como quien ve un fantasma.
—Sí, espera, voy a decírselo, a ver si se encuentra con ánimos.
Sin dejarme tiempo a protestar se perdió por el pasillo y entró en una de las habitaciones. La casa se sumió en un silencio incómodo que me dejó más inquieta que antes. La extraña reacción de Marina contribuyó a ello. Unos instantes después, que me parecieron eternos, salió y me hizo pasar.
En una de las camas, que correspondía a uno de los hijos de Francisco, yacía mi hermano. Francisco estaba a su lado. Me saludó con una sonrisa afectuosa. Diego descansaba con la pierna envuelta en una venda rojiza que ya estaba pidiendo a gritos que la cambiaran.
—¡Por Dios, Diego! ¿Qué ha pasado?
Me arrodillé a la cabecera de la cama. Le cogí la mano y, de forma instintiva, le tomé la temperatura.
—Tiene fiebre. Necesita un médico.
—Ya lo ha visto —contestó Marina—, pero están saturados. Le extrajo los cristales, le limpió la herida y le puso los vendajes. No puede hacer más. No para de llegar gente a la Casa del Socorro y al hospital. Están desbordados. Pero, ahora que tú estás aquí, me quedo más tranquila.
La voz de Marina mostraba preocupación. Igual que mi mirada cuando la volví hacia mi hermano, que apretó mi mano y se esforzó por sonreír.
—No te preocupes, cariño. Mi hermanita es buena enfermera y tiene buenas manos.
Me miró con un brillo en los ojos que gritaba por ayuda. Le besé la mano que me apretaba con fuerza y me incorporé.
—Hay que cambiarle la venda y bajarle la fiebre. Busca una tela de algodón, hierve agua. ¿Hay agua?
—Traje esta mañana tres garrafas, fui a llenarlas al río —contestó Francisco.
—¿Y vinagre? —le pregunté a mi cuñada, que me miraba como a una virgen aparecida.
—Espera, le pregunto a Mercedes. ¿Qué más necesitas?
—Ajo, manzanilla… dime todo lo que tiene.
—Voy.
Me agaché de nuevo al lado de Diego.
—Hermano, por Dios. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo te has hecho esto?
Diego no contestó. Sentí pena por él. El sudor corría por su rostro contraído por el dolor. Miré a Francisco, esperando una explicación, pero tampoco dijo nada. Se levantó y salió de la habitación. Al pasar por mi lado, me dio un toque suave y cariñoso en el hombro.
Me sentí incómoda en aquella postura y caí en la cuenta de que se debía al refajo que llevaba en el vientre y todo lo que llevaba en el sostén.
—Vuelvo enseguida —dije a Diego. Le di un beso en la mano y la dejé con cuidado en su regazo. Ya en el salón me lo quité todo y me sentí más liviana. Justo en ese momento, Mercedes entró en la casa cargada de cosas.
—Mercedes, ¿dónde puedo dejar esto? —Le mostré los documentos.
—Espera.
Dejó las cosas en la cocina y volvió conmigo.
Reubicó lo que había en uno de los cajones del mueble bar, uno que tenía llave, y me lo cedió.
Puse el dinero, las joyas y los documentos, aún liados en la tela, en él y lo cerré.
Luego la seguí hasta la cocina. Marina estaba haciendo trapos una sábana de algodón.
—La vecina me ha dado una cabeza de ajos y un poco de vinagre. ¿Te sirve? Yo solo tengo manzanilla.
—Sí, será suficiente. ¿El agua está caliente?
—Le falta poco —respondió Marina, mirando la olla.
Saqué un poco del agua para lavarme las manos con agua caliente y jabón.
Puse a Mercedes a machacar los ajos para hacer una cataplasma y a Marina a infusionar la manzanilla.
Cuando todo estuvo listo, volvimos a la habitación con Diego y retiré la venda con cuidado.
En un cuenco puse un poco de la infusión y le agregué un chorrito de vinagre.
Con ella lavé la herida y todo alrededor.
No tenía buena pinta. Puse sobre ella el emplasto que habíamos hecho con ajo y volví a vendar la herida con la tela limpia de algodón que habían traído.
—Descansa, hermano. Luego vendré a ver cómo te encuentras —dije. Él me sonrió y cerró los ojos.
Salimos de la habitación y cerramos la puerta.
En el salón, más tranquila, Marina se deshizo en abrazos y muestras de agradecimiento conmigo.
Que sabía que yo tenía unas manos de oro, que mi hermano era afortunado de tener una hermana tan buena como yo y que no sabía qué habría hecho si yo no llego a aparecer.
Que ella tenía la suerte de ser mi amiga y hermana y un montón de cosas más que yo sabía que decía de corazón, pero me abrumaron y agotaron bastante.
Se la veía alterada, y no era para menos; no había dormido en toda la noche.
La abracé mientras lloraba sobre mi cuello toda la angustia y el susto.
Lo único que pude sacar de Marina en cuanto al accidente de Diego fue que, después de dejar a los niños con su hermana, pasó el resto de la noche con él en la Casa del Socorro. Esa mañana Francisco lo trajo de vuelta.
—¿Y Yurde y tu madre? —pregunté.
Marina mudó el semblante.
—Mi madre está en casa de Nieves, cuidando de los niños. Pero no sabemos nada de Yurde desde las once de la noche —Se levantó y dio vueltas por la habitación, ovillando las manos —, cuando dejó a mi madre con Nieves y se marchó como voluntario.
El corazón me dio un vuelco y me levanté de un salto.
No soportaba los nervios. No podía quedarme allí a esperar.
Pensé en Yurde herido, esperando a que lo atendieran, en la Casa del Socorro atestada de gente…
Eso me decidió. Yo era enfermera y allí hacía falta ayuda.
Si Diego se ponía peor o me necesitaban para algo, sabrían dónde encontrarme.
Me aseguré de que la fiebre de Diego bajara, le di instrucciones a Marina sobre cómo limpiar la herida y cómo cambiar los vendajes.
Luego desenvolví el refajo para coger mi documento de identidad, que era lo único que me llevaría, y entonces me di cuenta.
Repasé varias veces los documentos. No podía ser.
El corazón me palpitó con fuerza y la desesperación tomó el control.
Cerré los ojos y cogí aire. «Ahora no, por favor, no es el momento», me dije.
La cartilla del servicio social no estaba.
Cerré el cajón y me fui a la Casa del Socorro.