Vientos de cambio y cenizas 8. Ahora no es el momento
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8. Ahora no es el momento

E l viento me envolvió. Corría, ya no huracanado, pero aún violento.

Me sentía pesada y lenta, como si me costara despegar los pies del suelo, pero el aire me impulsaba y me ayudaba a avanzar.

El sonido del mar me atrajo hasta él por el camino que siempre recorría a esas horas.

Era como si mi mente hubiera abandonado mi cuerpo y este vagara solo, acudiendo a la llamada del pequeño puerto.

Debía ir, como cada día. Mi mente pedía la estabilidad de la rutina diaria para mantenerse en equilibrio.

Porque, además de desear ver a mi amigo, ¿qué otro lugar me quedaba que sintiera mío?

Mi casa había quedado reducida a cenizas, como la de mi hermano y la de Yurde, y la tienda.

Llegué hasta el embarcadero y me senté en la roca.

La madera estaba mojada y la barca, que Yurde dejaba volcada sobre la tarima, estaba incrustada en la roca como si esta la hubiera usado de escudo.

La fuerza del oleaje debió de levantarla y zarandearla.

Mejor eso que estamparla hasta destrozarla, o hundirla.

Intenté sacarla, pero parecía estar pegada como una lapa enorme.

No soy muy fuerte, pero en situación normal, con maña habría podido hacerlo.

Sin embargo, al intentar ponerla sobre la tarima, me dio un calambre mucho mayor que el que experimenté al ponerme la faja con don Cibrián, así que dejé de intentarlo.

Ni rastro de Yurde. Miré al horizonte y aspiré profundamente con los brazos abiertos para que la brisa llenara cada espacio de mi cuerpo y me diera la sensación de libertad que temía perder.

No fue suficiente. Y en lugar de sentirme libre, el frío me invadió y me encogí, sintiéndome más pequeña y vulnerable que antes.

A pesar de haberme sentido cuidada y bien atendida en casa de don Cibrián esa noche, las conversaciones que tuvimos revelaron algo importante para mí: que mis planes de futuro en las actuales circunstancias tenían muchos menos visos de cumplirse y que, si quería seguir cuidando de mi familia, esa unión era la mejor opción.

Pero también me dio la impresión de que sus manos no querían apresar solo mi vida, al decidir en qué gastaría mi tiempo una vez casada, sino también mi alma, controlando a quién podía ver y de quién podía encariñarme, así como mi cuerpo, al que miraba con sed.

Por primera vez sentí desesperación ante la idea de aceptarlo como esposo.

Quise ser un pez para bajar a la profundidad y esconderme.

Sentirme acogida en la placidez poderosa del agua.

Que Dios me diera una cola de sirena con la que pudiera huir mar a través.

Me puse de pie y me acerqué al filo, sintiéndome atraída por el rumor de las olas.

Una voz me sacó de la ensoñación. Sonó como la de Yurde.

Me di la vuelta y lo busqué con la mirada, pero allí no había más que rocas y gaviotas.

¿Qué había oído entonces? ¿Habría sido mi subconsciente?

Ya había pasado mucho tiempo. La claridad del día mostraba que el sol había salido hacía bastante.

Si Yurde no estaba allí, ya no vendría. Y era una tontería desear ser un pez para huir de los problemas, los tenía que enfrentar. Trepé por las rocas y me alejé del mar.

Al alcanzar el camino de vuelta, pude ver a lo lejos cómo la ciudad aún humeaba.

Apreté el paso. La intranquilidad por Diego, Marina, los niños, Yurde y doña Anjara me sobrecogió de nuevo.

La gente se movía por la calle en silencio.

Guardando un luto simbólico por todo lo que habían perdido.

La guerra había agotado, al parecer, todas sus lágrimas, y ahora solo les quedaba resignación y apatía.

En la bahía, el oleaje continuaba zarandeando de un lado a otro las embarcaciones.

Algunas las había soltado y vagaban a la deriva.

Otras, las más pequeñas, sufrieron grandes destrozos por las embestidas contra los diques del puerto.

Era una suerte que la barca de Yurde no hubiera sufrido ningún daño.

La figura inconfundible de Madama, la sardinera, apareció por el extremo de la calle. Cuando llegó a mi altura, me saludó. La única diferencia con su vestimenta del día anterior era el vendaje del brazo y el cabestrillo. Ambas vestíamos con la misma ropa que cuando nos vimos en la cafetería.

—Buenos días, Abilia.

—Es una forma de hablar, Madama. —Sonreí triste.

—Así mismo, hija —reconoció ella en un suspiro—. Ya ves cómo estamos. —Levantó un poco el brazo herido y señaló con la vista mi sien—. La Casa del Socorro está hasta arriba.

—¿Ha habido muchos percances? —pregunté sin saber muy bien si quería saberlo.

—Golpes por causa de los objetos que lanzaba el viento, problemas de respiración y de vista por culpa del humo…

pero hasta ahora parece que no ha muerto nadie, ¡gracias a Dios!

, ni por el fuego ni por accidente. A algunos, en la bahía, el vendaval los lanzó al agua y no sé cómo lograron salir de ella.

—Es un alivio, la verdad. Aunque temo por los míos, de los que no sé nada. Espero que uno de ellos no sea mi hermano Diego. ¿Ha visto a Yurde? —pregunté.

—No, niña. Pero sus hermanos viven lejos del incendio, seguro que están todos allí —respondió. Yo sabía que hablaba más por esperanza que por seguridad, pero estuve de acuerdo con ella. Sonreí y asentí.

—Espero que mi Diego esté también con ellos —deseé—. Si ves a alguno, no dejes de decirles que estoy bien.

—Lo haré —aseguró.

Nos despedimos y seguimos nuestro camino.

Recuerdo lo triste que me sentí cuando regresé de Francia y vi los efectos de la guerra, pero aquella visión no podía compararse a cómo me encontré las calles por las que había correteado en mi infancia arrasadas por el fuego.

Los edificios fueron despojados de su gallardía.

El viento les había arrancado las vestiduras que los mantenían erguidos de manera digna y las llamas seguían devastando su desnudez.

Todo lo que resistió, a golpe de manguera de los diligentes bomberos y voluntarios, seguía envuelto por las lenguas de fuego humeantes que se negaban a irse y continuaban bailando con descaro dentro de los edificios.

Lo demás quedó tendido con desdén a lo largo de las calles, impidiendo el paso a todos los que seguían con las labores de extinción y los vecinos que lloraban sus pérdidas.

Avancé sin darme cuenta de que había aflojado el paso, abrumada por la devastación que contemplaba, hasta que un crujido me sobresaltó.

A mi izquierda, un joven salía de una de las viviendas, llevándose algo envuelto en una manta.

Miró a ambos lados de la calle y, cuando reparó en mí, salió corriendo.

Entonces entendí lo que ocurría. No me había dado cuenta de dónde estaba, porque los escombros lo hacían irreconocible, pero el ruido lo había provocado un trozo de cartel al caer al suelo.

Era verde y, aunque desde la distancia a la que me hallaba no se leían las letras, yo lo conocía bien.

Telas Ortiz. Aquel pillo salía de una tienda aledaña a la nuestra, no de una casa. Sin pensarlo, corrí detrás de él.

—¡Eh! —grité—. ¡Alto, ladrón!

El hombre se giró un instante sin dejar de correr.

Unos policías aparecieron por una de las calles transversales.

Tardaron un segundo en observar la escena y entender lo que pasaba.

Siguieron la persecución con bastante más ventaja que yo.

Me quedé rezagada. El humo que había respirado durante la noche y que aún llenaba las calles a intervalos me dificultaba respirar.

Me agaché aspirando fuerte y miré mis pies sobre el suelo de la calle empedrada.

No sé si atraparon al joven o no, pero dejó de preocuparme al verme frente a mi tienda.

Entré para comprobar lo que había quedado de ella.

Las telas habían sido un alimento perfecto para el fuego, que se las había cenado y aún se relamía lentamente en los retazos de lo que habían sido las estanterías de madera.

Caí de rodillas, mirando la desgracia. Todos los recuerdos...

La tienda era lo único que tenía algo de cada miembro de la familia.

Lo único que nos unía a los cuatro de forma simbólica.

Mi padre no estaba, mi madre aún no volvía, mi hermano se había distanciado y yo me sentí perdida.

Me quedé allí, en el suelo, y lamenté el estado del local y nuestra mala suerte.

Me sentí desamparada y desesperada y lloré de pena y de rabia hasta que no me quedaron más lágrimas en el cuerpo.

Solo entonces me levanté y abandoné el lugar.

Avancé por la calle hasta llegar al ayuntamiento.

Mucha gente se había refugiado allí y, por suerte, este se había librado de lo peor del incendio.

La fachada estaba mojada, así que supuse que el mérito había sido de los bomberos, más que de la fuerte construcción.

Salí de la zona afectada y subí por la calle de Isabel la Católica.

Pensando en dónde podía estar mi familia, recordé que Francisco, el hermano mayor de Marina y mejor amigo de Diego, vivía en la calle Magallanes.

La hermana de Marina, Nieves, era la que vivía más cerca de ellos.

Pero no me sentía con fuerzas para cruzar de nuevo aquel infierno hasta Hernán Cortés, así que me fui a la casa de Francisco.

Si no estaban allí, seguro sabría algo; y si no, iría a la Casa del Socorro, que estaba cerca.

Me alejé de la Puebla Vieja. Y de buena gana hubiera seguido llorando si el río interno no se me hubiera secado. No podía soportar un mal informe más, pero la consternación de seguir sin noticias de ninguno me tenía el ánimo por los suelos.