7. Un retrato familiar #3
Me asomé a la ventana, sintiéndome la mujer más desdichada del mundo, viendo cómo el viento traía las cenizas de lo que quedaba de mi hogar, que se venía abajo.
El peso del pórtico volvió a latir en mi cabeza y me obligó a recostarme.
En esa cama me sentía una usurpadora. Eché de menos a mis padres, y a Diego.
¿Por qué me acordaba ahora de aquel día en las rocas?
En aquel tiempo me llevaba bien con él, éramos amigos.
¿Cuándo cambió eso? La iluminación suave de las velas daba un aspecto más lóbrego a la habitación y me recordaba dónde estaba.
Me obligué a pensar en cosas agradables, que me hicieran sentir cómoda, y lo que me vino a la mente fueron las risas de Laro y Ángela.
Sabía que era una temeridad dejar las velas encendidas, pero no tenía ánimos de quedarme a oscuras.
Cerré los ojos y vino a mi mente la imagen del mar en la madrugada.
Pensé en la brisa frente al agua y el horizonte cargado de oportunidades…
La sonrisa de Yurde al arribar en su barca.
Esa sonrisa que espantaba todos los males, que tenía el poder de arrancarme la mía.
Esa sonrisa que me daba la vida y la paz que necesitaba en esos momentos.
Y con ella en el recuerdo me quedé dormida.
No sé cuánto tiempo dormí, pero estaba amaneciendo.
Una nueva detonación me había arrancado del mundo de los sueños.
Me incorporé en la cama. El dolor de cabeza había remitido un poco, pero no había desaparecido del todo.
Debía de ser la hora a la que normalmente me levantaba para ir a esperar a Yurde.
Un pensamiento me asaltó. Si Yurde se encontraba bien y estaba preocupado por mí, ¿no iría al muelle para encontrarse conmigo con la esperanza de que yo acudiera, de también estarlo?
Debía ir. Me puse el abrigo y salí con sigilo.
Atravesé el pasillo a oscuras y me dirigí, sin saber muy bien adónde, pues no conocía la casa, hacia lo que parecía ser la baranda de una escalera.
Una luz detrás de mí alargó mi sombra por el pasillo y una voz a mis espaldas me paró en seco.
—¿Ya se marcha, señorita Abilia? ¿Así, sin despedirse?
Era Cibrián Cobo. Me quedé petrificada. Sentí un fuerte malestar.
—Don Cibrián, lo siento. Han sido muy amables conmigo, pero no puedo dormir de la preocupación. Debo conseguir noticias.
—¿Y dónde va a conseguirlas? ¿En las rocas?
—¿Cómo dice?
—¿Va a negarme que piensa ir al muelle que, además, está a un paso de esta casa, por si a su amigo se le ha ocurrido la misma idea?
—No tengo tiempo para una escena de celos.
Me giré para marcharme, pero él me lo impidió. Me sujetó del brazo y me giró para estar frente a él.
—Suélteme, don Cibrián, o gritaré.
—Me disgustaría mucho que hiciera eso, querida. No me agrada el vocerío. Además, no serviría de nada. En esta casa se ve y se escucha lo que yo digo.
—¿Incluso su madre? —cuestioné como quien saca una carta vencedora e intenté zafarme de su agarre. Él se rio.
—¿Mi madre? Verá, querida. Mi madre tomó un somnífero. Tranquila —añadió, al ver mi cara de espanto—, es inofensivo, lo toma por prescripción del médico. El susto de hace unas horas la alteró mucho y debe descansar.
—Por favor, don Cibrián. Hasta el momento, han sido unos perfectos anfitriones. Han hecho que mi convalecencia estas horas sea más llevadera, pero ahora necesito irme. Debo hacerlo. Si me tiene en tanta estima como dice, deje que me vaya.
—Precisamente por eso no puedo hacer lo que me pide. Sigue convaleciente. El médico dijo que debíamos observarla y, para hacer eso, debe volver a la cama.
—Pues agradezco su amabilidad, pero ya me siento mejor. Estoy preocupada por mi familia y deseo irme. ¿O acaso piensa retenerme contra mi voluntad?
Su mirada se endureció y se mordió el labio inferior. Su cara mostró un rictus tenso.
—No ha contestado a mi pregunta. ¿Va a encontrarse con él?
Agaché la mirada. No iba a mentirle como si me avergonzara, como si estuviese a punto de hacer algo malo.
—Sí, eso espero.
—Esta obstinación suya… —Su rostro dibujó una sonrisa de impaciencia—. ¿Va a hacerlo, a pesar de que le pedí expresamente que no lo hiciera?
—No lo entiende. Estoy preocupada por mi familia, y mi familia debe de estar preocupada por mí. Si Yurde está bien, irá al muelle y me informará sobre los demás. Los encontraré más rápido así.
Dio un paso atrás y miró al techo. Luego se pellizcó el puente de la nariz. No supe decir si trataba de espantar un dolor de cabeza o si estaba pensando.
—Disculpe si he sido brusco, pero estoy cansado.
He estado muy preocupado por usted y apenas he dormido —declaró en un tono de voz suave—.
Entiendo lo que me plantea y estoy de acuerdo en que es la forma más rápida de recibir noticias.
Comprendo que esta es una situación de fuerza mayor. Una excepción, ¿de acuerdo?
—Sigo sin entender esa animadversión hacia Yurde. Es parte de mi familia.
—¿No? Pensé que había sido claro en mi explicación.
De todas formas, no tiene que entenderlo, solo le pido que me complazca.
—Relajó la expresión y sonrió. El azul de sus ojos se percibía profundo a la luz de la vela, como un mar en calma—.
¿Necesita que la acompañe hasta la salida o cree que se apañará usted sola?
Miré a mi alrededor, un poco confusa. Él me rebasó con la vela en la mano y se paró al pie de la escalera.
—Por aquí.
Me guio con cuidado hasta la puerta de entrada. Cuando la abrió, una ráfaga de viento nos azotó. Posó la mano sobre mi herida con cuidado.
—Nos ha encantado tenerla con nosotros, señorita Abilia. Espero que se recupere y vuelva pronto.