7. Un retrato familiar #2
—Por un lado, Cibrián se muestra insistente.
Por otro lado, si tengo que poner todo en la balanza, quizá mi libertad laboral no tenga el suficiente peso.
Después de los últimos acontecimientos, con mucha más razón.
—La mujer me estudió con la mirada—. Usted ha dicho que soy sensata.
Entenderá que la tragedia de esta noche cambió mi situación y la de mi familia de forma notable.
Debo, al menos, sopesar y tomar en cuenta la proposición de don Cibrián.
—Sería una tonta si no lo hiciera. —Su voz sonaba enfadada.
—Créame que no me agrada decirle esto. Porque, si decidiera aceptar, me gustaría que nos lleváramos bien.
—Echó la cabeza hacia atrás como si percibiera un olor desagradable—.
Y, si digo que no… Tenga en cuenta que, si don Cibrián decide casarse con una mujer y ella acepta, usted no tendrá mucho más que decir.
—¿Cómo te atreves? —Abrió los ojos de par en par y me miró escandalizada. Supe que la mirada aterradora y calculadora de don Cibrián la había heredado de su madre.
—No me malinterprete, señora. No quise decir que sea un tema que no le incumbe. Es su hijo, es su herencia… pero es decidido y terco, difícil de persuadir. Lo he comprobado en muy poco tiempo. No creo estar diciéndole nada que no sepa.
Relajó el gesto y esbozó una sonrisa que no le salió muy bien en la marmórea cara. Don Cibrián debió de heredar la suya de su padre.
—Desde luego, entiendo qué ha visto mi hijo en ti. —Se levantó.
Eché un vistazo a la cama deshecha y al cuadro de la risueña Catalina.
El viento seguía rugiendo con fuerza, pero prefería mil veces salir a la calle que quedarme allí.
La noche estaba rara; la negrura habitual se encontraba alterada por el color anaranjado del incendio que se estaba llevando gran parte de la Puebla Vieja.
—¿Sabe qué hora es? —pregunté.
Miró su reloj de bolsillo.
—Muy tarde. Las tres y veinte de la madrugada. Termínate el caldo y recuéstate —dijo, condescendiente—. Descansa aquí esta noche.
Un temblor me sobrecogió y mi vista se fue de nuevo al cuadro. No me apetecía nada quedarme en esa habitación, y la falta de noticias sobre mi familia me estaba consumiendo.
—No es necesario —repuse—. Puedo marcharme ahora. Me dirigiré al Sardinero.
—Pero ¿qué estás diciendo, muchacha? El viento sigue huracanado, lanzando escombros sin miramientos, y ya has recibido un buen golpe.
Debes descansar. No te incomodes. La única persona a quien podría ofender tu estancia en esta habitación es a mí o a Cibrián, y no es el caso.
Me has salvado la vida, permíteme velar por tu bienestar al menos esta noche.
Tenemos muchas camas libres. ¿Qué más da la que escogiera mi hijo para tu reposo?
No faltaban muchas horas para el amanecer y el sueño, sobre todo, después del golpe, se estaba acusando. Asentí, pero el malestar continuó, a pesar de sus palabras.
—Muchas gracias —dije. Le pegué un sorbo al caldo y lo miré con exagerado interés.
Cibrián llamó a la puerta y entró. Se lo notaba preocupado. Cuando empezó a hablar, entendimos las razones.
—Ha sido una explosión, pero no en la central eléctrica.
El fuego se sigue propagando. Han pedido refuerzos a los bomberos de otras provincias; sin embargo, las comunicaciones no funcionan, las carreteras están cortadas por los árboles que el viento ha arrancado y está resultando complicado.
El ejército ha decidido demoler algunos edificios para que ejerzan de cortafuegos.
El corazón se me encogió.
—La Sección Femenina está dirigiendo a la gente a los hoteles del Sardinero.
—Se acercó y puso su mano en mi hombro a modo de consuelo.
Pareció adivinar mis temores—. Estoy seguro de que su familia se encuentra bien.
Procure descansar un poco, la noche ha sido muy larga.
Necesitará recuperar fuerzas para buscarlos mañana.
¡Que me quedara tranquila y descansara! ¿Cómo iba a hacerlo? Y menos en aquella habitación. Pero tenía razón, la búsqueda sería ardua y necesitaba coger fuerzas. Le dediqué una sonrisa agradecida.
Su madre recogió el vaso de mis manos. Se dirigió a la salida y expresó una orden que se impuso sobre las sugerencias de su hijo:
—Venga, Cibrián. Todos necesitamos descansar. Mañana será otro día.
Esperó junto al quicio de la puerta a que su hijo saliera. Me miró, asintió levemente y cerró la puerta tras de sí.