Vientos de cambio y cenizas 7. Un retrato familiar
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7. Un retrato familiar

L a señora Trueba llevaba el pelo blanco recogido en un moño suelto y esponjoso que parecía una nube de algodón.

Tenía unos enormes ojos azules, sin duda, del mismo tono que heredó su hijo, y el rostro arrugado, pero eso no menguaba el porte autoritario que desprendía.

El aire se apartaba ceremoniosamente a su paso mientras avanzaba hacia mí con el vaso en la mano.

Me lo extendió como una ofrenda que estaba claro que no podía rechazar.

—Gracias. —Estaba caliente y, a pesar de que tenía un nudo en la garganta, beber el líquido me hizo bien para combatir el frío. Di un pequeño sorbo y lo mantuve entre ambas manos para hacerlas entrar en calor.

Me hizo una seña, con la que me invitó a sentarme en la cama, y ella hizo lo propio en el butacón que momentos antes había ocupado su hijo.

Dejó los ojos fijos en algún punto de la pared sobre el cabecero.

Me dio la impresión de que pensaba algo desagradable, porque apretó los finos labios. Luego me miró.

—Me alegra verte, despierta y en pie. ¿Cómo te encuentras, criatura? —Su tono era suave, casi dulce, y no correspondía con la dureza de su expresión.

—Un dolor de cabeza sin importancia —respondí con la mejor sonrisa que pude—. ¿Usted se encuentra bien?

—Sí, querida. Me encuentro perfectamente. —Sonreí complacida—. Agradezco mucho tu acto valeroso. Has sido muy intrépida.

—No ha sido nada —me apresuré a decir.

—Temeraria, de forma innecesaria —concluyó con mirada y voz severas.

Sonó a reprimenda y no supe qué contestar—.

No creas que soy ingrata, niña. Sé perfectamente que ese golpe pudo haberme matado y que mi hijo estaba bastante lejos.

No habría llegado a tiempo, pero… —Hizo una leve pausa y se levantó del butacón—.

De todas las personas que había en la calle, ¿por qué debiste ser tú? Eso solo hace esto más difícil.

Paseó por la habitación como lo había hecho su hijo. Debía de estar buscando las palabras, porque de nuevo volvió a sentarse y dijo del tirón:

—Abilia, voy a ser sincera y espero que tú también lo seas conmigo. Es un hecho que mi hijo ha puesto sus ojos en ti. —Hizo una pequeña pausa, como esperando una respuesta. Yo callé, pues no entendía lo que quería escuchar de mis labios. Entonces hizo una pregunta directa—. ¿Lo desconocías?

—No, señora.

Suspiró.

—Sabes que te tengo aprecio. —Asentí confundida, pues era la primera noticia que tenía sobre su afecto—. Eres una joven trabajadora, educada y muy bella. Tienes unas manos hábiles y, sin duda, tus padres te han enseñado modales. No dudo de que serás una buena esposa para cualquier hombre.

De pronto, entendí todos esos prolegómenos.

—Pero no para su hijo, ¿verdad? ¿Es eso lo que quiere decir?

No dejé entrever en el tono indicios de sentirme ofendida o dolida ante la idea, lo que seguramente le dio pie a seguir su exposición.

—Entiendo que eso puede sonar censurable —declaró la señora, desviando la mirada y arrugando los labios. Estaba segura de que se debía más a la imagen inmaculada que tenía sobre sí misma que a la posibilidad de haberme herido—. Sobre todo, porque ahora te debo la vida. Pero eres una joven sensata.

—Entiendo su postura. Mi familia no tiene dinero. Solo vivimos un poco mejor que muchos, gracias a la tienda de mi madre y a buenos clientes como ustedes. —Y, bueno, porque Yurde completaba la cartilla de racionamiento, pero eso no se lo dije.

Se levantó de nuevo.

—No me refiero a eso, niña. Si solo fuera el dinero… —Se puso a los pies de la cama y volvió a fijar la vista en la pared—. Sobre todo, después de salvarme la vida, no podría menos que dar mi bendición.

—No entiendo… —dije, al mismo tiempo que me levantaba también.

—La mujer que se case con mi hijo será la futura condesa de Santoña, y eso hace que Cibrián deba elevar sus ojos un poco más alto.

No supe si ofenderme.

—Y mi padre era republicano. ¿Es eso? No puede estar emparentado con la hija de un republicano —deduje con pena—. Lo entiendo. Lo que me sorprende es que a su hijo no le importe.

—A nosotros nunca nos ha interesado mucho la política.

Y, aunque mi hijo jamás lo reconocerá delante de nadie, le tenía aprecio a tu padre.

—Me miró con una complicidad que yo no acertaba a entender—.

Sin embargo, él ya no está y tu hermano está bien mirado.

No es por eso, pero entiende que tampoco eres de la aristocracia.

Ese era el motivo, porque no pertenecíamos a la misma esfera social.

¿Qué debía decirle ahora? Me había pedido sinceridad y, si rechazaba a Cibrián, podría ser una gran aliada.

Sin embargo, si después de todo decidía sacrificarme por el bienestar de mi familia, la relación con ella sería una dificultad que añadir a la convivencia.

—Si tan solo uno de mis nietos hubiera sobrevivido —se lamentó—.

Felipe o Guillermo, el pequeño Guillermo…

se parecía tanto a su madre. —La señora señaló el punto de la pared que había sido el foco de su atención todo el rato.

Volví mi cabeza y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Un enorme lienzo cubría casi todo el ancho de la cama, a media altura de la pared.

Era un retrato de Cibrián Cobo de pie, tras la señora Catalina, sentada en una silla.

En su regazo tenía un niño rubio de ojos azules.

Otro de ojos verdes y pelo más bien oscuro estaba de pie al lado de su padre.

A la luz de las velas, la imagen perdía el esplendor que estaba segura de que tenía.

Pero, aun así, se apreciaba la belleza de aquella mujer de pelo castaño y ojos color caramelo, extremadamente parecida a mí.

Si no supiera que era imposible, habría dicho que la mujer del retrato era yo y que el pintor me había oscurecido el pelo y aclarado los ojos.

Catalina, la difunta esposa del conde. En ese tipo de cuadros se solía posar con semblante serio, pero ella sonreía con frescura.

Y la mirada de don Cibrián era tierna y bondadosa.

Me quedé sin aliento. Yo nunca vi a Catalina, aunque mi madre le hizo un precioso vestido de terciopelo rojo.

Hacía mucho tiempo de aquello, pero recordaba a la perfección lo que mi madre contaba de ella.

Me habló de su rostro risueño y amable y de que su familia era de abolengo, como la de don Cibrián.

Estaba acostumbrada a esa clase de vida.

La sonrisa pintada en el óleo lucía genuina, feliz; el artista había captado muy bien su esencia en el cuadro.

El parecido entre sus rasgos y los míos resultaba enorme.

Cibrián había puesto los ojos en mí porque se la recordaba.

Pero yo no era ella, y dudaba mucho de que fuese feliz llevando esa vida.

—Era muy hermosa —comentó la señora Trueba. Me volví a mirarla, aún con el espanto pintado en el rostro—. Ahora entiendes por qué mi hijo ha puesto sus ojos en ti.

Solo acerté a asentir. Me sentí una intrusa.

Bajé la vista a la cama que había deshecho.

Recreé en mi mente cómo se habría visto desde ese ángulo de la estancia a Cibrián hablándome de nosotros, husmeando en mis documentos personales.

Había mirado el escote de mi blusa con su esposa mirando desde el lienzo.

¿Es que no tenía decencia? Me sentí como si hubiera mancillado su lecho.

La señora Trueba debía de sentir lo mismo, de ahí los labios fruncidos.

—¿Esta era su habitación? —pregunté y crucé los brazos en un esfuerzo por encogerme. Quise hacerme tan pequeña que pudiera huir de allí por debajo de la puerta.

—Sí, aunque ya solo queda de ella ese lienzo.

Su cara no mostraba emoción alguna, pero su voz vibraba.

—Parece que se amaban mucho. —La mujer me miró con una mueca de sorpresa—. Siento de veras lo que pasó. Debió de ser horrible.

—Era valiente, como tú. Quizá por eso desprecio los actos que ponen en riesgo la vida.

Pudo haber venido conmigo a la embajada, pero no quiso abandonar la vivienda a su suerte.

Sin embargo, el saqueo llegó de igual forma.

Hubiera sido mejor si la casa hubiera estado vacía.

El desprecio de algunas personas hacia quienes poseen lo que quisieran para sí es feroz.

Vuelve a la gente despiadada. Y no hay nada peor que tener el poder para darle rienda suelta a los deseos y emociones, excusándose en una causa que se tiene por noble.

—Tengo entendido que su hijo no estaba en Santander.

—No, llevaba varios meses en el extranjero, ejerciendo labores diplomáticas.

El labio inferior empezó a temblar y me volvió la espalda. No quería que la viera descomponerse.

—Lo lamento —dije. No podía imaginar lo que suponía perder a toda la familia de forma tan ruin y de un momento a otro. Yo había perdido a mi padre y a Colás, pero ella a casi todos sus hijos y nietos.

—Gracias, hija.

Se volvió de nuevo con renovada compostura. Le hice una seña hacia el butacón y nos sentamos.

—Es cierto, señora Trueba. Su hijo me expresó sus intenciones esta mañana. —Ella arrugó la nariz en un gesto de disgusto.

—¿Y bien?

—No le he dado una respuesta. Aún tengo que pensarlo.

Ella enarcó las cejas y se envaró en la butaca, como si esa posibilidad ni siquiera entrara en la medida de lo probable. Continué:

—Sé que la oportunidad de pertenecer a su familia es un privilegio que cualquier joven estaría encantada de tener, pero Cibrián me ha dejado claro que tendría que dejar mi oficio, y a mí me gusta trabajar.

Quiero ser modista, como mi madre. Tampoco sé si la sosegada vida que me ofrece su hijo sea suficientemente placentera para mí, o si estaré a la altura de lo que se esperaría de mí como condesa, si he de ser sincera.

—No puedo decir que te entiendo —dijo ella, que seguía rígida, con la mirada de esos ojos azules, como los de su hijo, clavada en mí—, pero creo que estamos de acuerdo entonces.

—No es eso lo que he dicho.

—Explícate.