6. Una gruta entre las rocas #3
Con cuidado cogió el refajo y lo envolvió en mi cintura. Su atención se centró en los pliegues de la tela. Cuando terminó, me sonrió y se volvió.
—Ya está. Puede vestirse ahora.
Acabé de abotonarme la blusa cuando a lo lejos, en la calle, sonó un estruendo que me dejó paralizada.
Cibrián me miró con expresión de desconcierto.
—¿Qué habrá sido eso? —pregunté. Con temblor en las piernas me levanté.
—Parecía una voladura —dijo, asomándose a la ventana por si veía algo.
—¿Una explosión? —Miré junto a él. Un halo naranja del fuego se percibía en el horizonte.
Noté que su nariz se hundía en mi cuello y me alejé.
No pude evitar recordar la situación parecida de hacía unas horas con Yurde.
Pero ¡qué diferencia! Con Yurde me sentí tranquila, como en casa, pero don Cibrián me ponía nerviosa.
En la distancia tan corta pude oler su perfume, que me resultó agradable.
—¿Qué habrá estallado? —inquirí con un hilo de voz.
—Quizá el fuego haya llegado a la central eléctrica —teorizó él, sin apartar los ojos de mi boca, la cual tapé de forma instintiva.
—¿No han logrado controlar el fuego aún? —pregunté, pensando en todos los vecinos que había visto salir de sus casas, en mi familia, en Yurde…
—Parece que no. —Miraba de nuevo por la ventana—. Solo sé que, a causa del temporal o del incendio —se encogió de hombros—, la ciudad está sin luz, agua ni gas. Pero no sé mucho más. He estado aquí cuidándola.
—¿Sin agua? —reaccioné preocupada—. Pero, sin agua, cómo… —Me separé de él y noté una presión en el brazo que me detuvo. Cibrián me tenía sujeta y a escasos centímetros de mi cara dijo con un susurro cálido, que olía a anís:
—Por favor, no se vaya. Su cercanía me reconforta.
Su mirada era tierna y escondía una súplica, pero su lenguaje corporal me intimidaba. Su susurro me erizó el vello.
—No se pueden forzar los sentimientos —contesté.
—No, eso es cierto. Supongo que sobre eso puede darme lecciones su amigo Yurde, ¿no cree? —dijo con una sonrisa que, a la luz de las velas, me resultó tan bella como malvada—. ¿Cuánto tiempo lleva esperando que usted cambie sus sentimientos hacia él y lo acepte?
—Nunca me ha hablado de sus sentimientos. —Sentí una punzada en el corazón. Me dio rabia, sobre todo porque, aunque era cierto que él no había hablado conmigo de ello abiertamente, sus sentimientos eran un secreto a voces.
Abrió los ojos de forma exagerada en un gesto de incredulidad.
—¿En serio? ¿Qué hombre al que le gusta una mujer puede pasar tanto tiempo a su lado sin mostrar sus sentimientos? —Pareció pensarlo durante unos segundos—. ¿O acaso es al revés? ¿Es eso? ¿Es usted la que está enamorada de él? Eso tendría más sentido. Las mujeres son más dadas a ocultar esas cosas.
—No. Ya se lo dije, y me disgusta que no me crea. —Fruncí el ceño.
—No es que sea desconfiado, querida. Es que sus acciones difieren de sus palabras. La tengo por una persona honesta, por eso, esta cuestión me confunde.
—¿A qué se refiere? Mi conducta nunca ha sido reprochable y esa insinuación me ofende.
—¿Va a decirme que no se ven a solas? ¿Que no lo espera de madrugada? ¿Qué mujer hace eso si no hay una relación?
—¡Claro que hay una relación! Pero no la que usted se figura. Yurde es como un hermano. Si lo que sugiere fuese cierto, esta mañana se lo habría dicho, cuando me expresó sus intenciones.
—¿En serio? —Su mirada me atravesó y me provocó un nudo en la garganta que me impidió responder—. Creo que usted no es consciente del tipo de relación que tienen, o al menos, de la que aparentan. Pero, si es como dice, mejor. Me ahorro eliminar a la competencia.
—No habla usted en serio… —susurré.
—Empiece a conocerme, Abilia. Le diré dos cosas sobre mí: yo nunca bromeo y no me gusta perder. —Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Observó mi rostro y acomodó un mechón en mi cabello. Yo me retiré—. Mi franqueza y mi interés le molestan.
—Sí. Si realmente fuese interés, no me molestaría, pero solo es un disfraz para unos celos infundados. Los motivos están solo en su imaginación; le aseguro que no hay nada que celar. Con respecto a su franqueza, se la agradezco, me resulta muy útil.
—Haga usted lo mismo por mí, entonces. Júreme que no lo ama.
Escuchamos un ruido en el pasillo y nos alejamos. La puerta de la habitación se abrió y entró la señora Trueba, con el rostro pálido como la cal. Llevaba un vaso de caldo en la mano.
—¿Lo has oído, hijo? Parece que ha habido una explosión. Anda. Ve a ver si te enteras de qué está ocurriendo.
La señora Trueba era una dama altiva, en carácter y formas.
Miraba con soberbia, de tal manera que su palabra era la de un dios y hasta el aire de la habitación le pertenecía.
Tenía ese efecto incluso en el empoderado de su hijo que, al parecer, con su madre dejaba de ser un tiburón y se convertía en un boquerón indefenso.
Don Cibrián me miró, luego se dirigió a la puerta, le dio un beso a su madre y se marchó. Me dejó allí, bajo la férrea mirada de la buena señora, que me decía que, por alguna razón, yo no le caía simpática. Y, sin saber por qué, eso me dio más miedo que estar a solas con don Cibrián.