Vientos de cambio y cenizas 6. Una gruta entre las rocas #2
22%

6. Una gruta entre las rocas #2

—La verdad es que sí, me parece tan oportuno como cualquier otro —afirmó extendiendo los brazos—. Es más, aprovechando que estamos solos, creo que es perfecto.

Suspiré. Me sirvió un vaso de agua que bebí con gusto. Aproveché ese momento para pensar lo que decir.

—Usted no me disgusta, aunque me molesta que se exceda en las confianzas.

Por lo que tengo entendido, hace muchas obras benéficas, como en su día las hizo su padre, y eso me agrada.

No tengo razones ocultas para objetar a un compromiso, solo las que ya le di.

Es posible que le parezcan insuficientes, pero para mí son importantes.

Quiero trabajar de modista y me temo… me pareció que es incompatible con la vida que usted me ofrece.

El azul de sus ojos se había vuelto turbio y su rostro estaba serio. No me quedó claro el efecto que mis palabras le habían causado. Por un momento, pensé que tenía la cabeza en otra parte.

—Me alegra que lo que hago sea de su agrado —dijo—. Aunque esperaba que hiciera alusión a algo más personal. Yo alabé sus cualidades, por ejemplo.

—Lo siento de veras, don Cibrián. No lo conozco lo suficiente como para tener una opinión a ese respecto. Aunque, por lo poco que lo he tratado, estimo que nuestros caracteres tampoco son demasiado compatibles.

—Entiendo que pueda parecérselo. Puede que la diferencia de edad tenga la culpa. Sin embargo, yo no estoy de acuerdo. Según mi opinión, el problema deriva más bien de que usted está a la defensiva desde el principio. ¿No lo cree probable?

Lo pensé. Desde esa mañana, lo único que consideré fue lo que implicaría para mí ser la esposa de un conde, pero no había pensado en él como hombre, como compañero de vida. No le estaba dando la oportunidad de comprobar si podía gustarme porque su discurso previo a la proposición me había irritado.

—Tiene razón. Lo único que ocupa mi cabeza es mi deseo de trabajar.

—No pensé que fuese tan fuerte. Sinceramente, tuve la impresión de que se dedicaba al negocio familiar para subsistir. Quizá la situación actual le deje ver otra perspectiva.

—¿Qué quiere decir?

—El incendio. Quiero decir que ahora mismo es una modista sin taller y sin casa.

Los han consumido las llamas. Y la de su hermano…

y la de su amigo, Yurde Alonso. —Al decir su nombre, percibí una ligera tensión en la vena de su cuello—.

Su familia no está en condiciones de montar el negocio de nuevo desde el inicio.

Tampoco de ayudarlas a usted y a su madre.

Y, aun si se propusiera salir adelante con su empleo, sería una tarea difícil.

Tendría que vestir a toda la ciudad para ello, y tampoco tendría medios para abarcar tanto trabajo. ¿Entiende?

»Quizá su medio de subsistir pase por dedicarse a otro oficio sin más remedio.

No sería sensato negarse una vida confortable por un sueño que ya podría estar truncado.

La solución que yo le ofrezco podría ser la respuesta a las oraciones de sus seres queridos.

No hablo de caridad, sino de ayuda. Usted lo ha dicho, ayudo a mis vecinos en lo que puedo; con cuánta más razón lo haría por su familia.

Odié reconocerlo, pero llevaba razón. No había pensado en la tienda, pero a esas horas estaría calcinada.

Por primera vez desde que salí de casa esa noche pensé: «¿Y ahora qué?

». Estábamos en la calle con lo puesto. No tenía adónde ir.

Mi madre se marchó de un hogar consolidado, su casa y su negocio, y volvería a un infierno arrasado por las llamas.

Pero ella era la piedra inamovible que nos daba estabilidad.

Mantenía la calma ante cualquier situación y, cuando llegase, sabría qué hacer.

Sin embargo, no estaba, y yo me sentía perdida.

No pude aguantarlo más y un llanto silencioso brotó y empapó mi cara y las sábanas.

Noté la suavidad de su mano al limpiar mis lágrimas. Estaba cálida, a diferencia de por la mañana. Ese gesto solo provocó que el llanto se acentuara. Aparté el rostro; no obstante, el tacto de su mano se quedó pegado a mi piel. Se levantó despacio y paseó por la habitación.

—Lo siento, olvidé que mis confianzas le desagradan.

No piense que pretendo aprovecharme de la situación, de su vulnerabilidad y la de su familia.

No soy un monstruo, Abilia. He pasado por mucho.

He sobrevivido a una guerra donde he visto muchos horrores.

Lo hice con dignidad, sin hacer las bajezas que vi en otros.

Tampoco soy el más santo de los hombres, ni lo pretendo.

Soy bueno y honorable con quien me corresponde, pero he aprendido a ser implacable con…

—Miró al suelo y se pasó la mano por el mentón—.

Sé que para usted el bienestar de su familia es importante, por eso lo es para mí también.

No quise hacerla llorar, solo intento hacerla feliz.

Yo seguía llorando. Estaba soltando la tristeza y la rabia por sentir mi mundo patas arriba.

Quise articular palabra para decirle que pronto se me pasaría.

Fue inútil. Se palpó los bolsillos, sacó un pañuelo y me lo ofreció.

Al cogerlo, la sábana se me resbaló, dejando ver parte de mi pecho.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con la mirada de un tiburón hambriento, luego subieron de nuevo hasta mis ojos.

El rubor me quemó la cara. Él apartó la mirada.

—Arréglese la camisa —dijo con voz suave.

Algo aturdida, retiré las ropas de la cama y me levanté con mucho esfuerzo. Sentí el peso del mundo sobre mis hombros. Don Cibrián se acercó raudo y me sostuvo.

—No debería levantarse aún.

—No puedo hacerlo tumbada. —Levanté el trozo de tela que había llevado fajado.

—Está bien. Vuelva a la cama, yo la ayudaré. —Me cogió por un brazo para obligarme a echarme de nuevo.

—Bromea, ¿verdad? —Di un paso atrás y me llevé la tela al pecho.

Me sonrió con ternura.

—Para ser una enfermera, es usted muy mala paciente. Vamos, vuelva a la cama, prometo comportarme.

Me senté en la cama. Cogí los documentos y los envolví en la tela con cuidado.

—No mire —le pedí. Esperé a que apartase la mirada y me quité la blusa. Intenté enrollar el refajo en mi cintura, pero el movimiento me produjo un dolor punzante que me subió por el cuello hasta la sien. Cogí la blusa y me tapé el pecho—. Está bien, necesito ayuda. ¿Puede llamar a su madre?

—Por supuesto, aunque yo le pillo más a mano.

—Gracias, pero he visto cómo me miró antes. Prefiero a su madre.

—Le he dado mi palabra de conde de que me comportaría. Por favor, déjeme ayudarla.

—Si se excede, lo abofetearé.

—Me parece bien —aceptó entre risas.