6. Una gruta entre las rocas
—R etira la manta, Pedro. Gracias, ya me encargo yo. —Oí una voz lejana. Todo estaba oscuro—. Abreva el caballo y, cuando termines, afirma las ventanas de la casa.
—¿Cree que llegue hasta aquí el fuego, señor?
—Lo dudo. El viento sopla en dirección contraria.
Siguieron hablando, pero ya no oí más. Las voces se hicieron difusas hasta que se perdieron por completo.
◆◆◆
—¿Estás seguro, Diego? —pregunté mientras bajaba por las rocas con cuidado.
—¡Claro! —dijo convencido—. Tiene que haber una gruta secreta llena de tesoros de piratas, y la vamos a encontrar.
—Pero, si no llevamos bolsa, ¿cómo vamos a sacar el tesoro?
—No seas tonta. —Se volvió para mirarme y el sol, a trasluz, iluminó su pelo rubio como hilos de oro—. En cuanto sepamos dónde está la gruta, podremos volver. Además, cuando veamos el tesoro, sabremos cuántas bolsas llevar. Quizá necesitemos dos.
Se volvió de nuevo y descendió con gran habilidad por una roca resbaladiza por el agua del mar que rompía en ella con fuerza. Miré mis zapatitos de los domingos, que se venían resbalando todo el camino y dudé.
—¡Vamos! —insistió Diego desde abajo. Me senté sobre la roca y me agarré con las manos—. Cuando encontremos el tesoro, te regalaré un collar de rubíes.
—¿Qué son rubíes? —pregunté, mientras afirmaba uno de mis pies en un saliente de la roca.
—Son cristales rojos brillantes muy bonitos.
—¿En serio? —Me hizo muy feliz, porque Diego sabía que el rojo era mi color favorito. Me apresuré a bajar, emocionada ante la perspectiva, pero la suela de mi zapatito resbaló y caí.
—¿Abilia? —Escuché la voz de Diego, pero me pareció que estaba muy lejos—. ¡Abi! —Ahora lo escuché más cerca y sonó asustado. Vi su cara un momento y sus ojos reflejaban miedo. Entonces me dormí.
—¡Abilia! —Escuché la misma urgencia de una voz llamándome, pero no era la de mi hermano, aunque me resultaba familiar.
Destellos de su rostro, abrumado, intentando sacarme de las rocas, se mezclaban con imágenes difusas de Cibrián Cobo llevándome en brazos.
Pero eso no era posible, porque él no estaba allí.
Sentí un dolor agudo y lo vi todo negro de nuevo.
◆◆◆
—Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Y ahora a dormir.
Mamá cerró el cuento y me arropó. Me dio un beso en la frente.
—Abilia —me llamó con suavidad, con dulzura. Puso su mano sobre mi vientre, y sus caricias me hicieron reír.
—No, mamá. Me haces cosquillas.
Mi madre rio.
◆◆◆
No recordaba que aquel día hubiera viento, pero el ruido de las ramas de los árboles y el repiqueteo de los cristales de la ventana me soliviantaron.
Y aquella risa grave, masculina, no era la de mi madre.
Se me heló la sangre. Abrí los ojos de golpe, con un extraño hormigueo recorriéndome el cuerpo.
Tardé en acostumbrarme a la escasa luz de la estancia, que emanaba de unas pocas velas, pues la chimenea que había frente a la cama estaba apagada. Unos ojos azules me miraron preocupados, acompañados de una sonrisa.
—Está consciente, ¡gracias al cielo! ¿Cómo se encuentra?
—Don Cibrián… —El esfuerzo por incorporarme me quitó el resuello. Él me ayudó y me enderecé sobre el cabecero de la cama en la que me encontraba. El dolor punzante en la frente se manifestó de pronto y me obligó a cerrar los ojos y llevarme una mano a la cabeza.
—No intente levantarse, debe de estar aturdida después del golpe que ha recibido. —Me pareció tan preocupado que lo miré con curiosidad. Su rostro mostraba compasión. Esos ojos de un azul intenso me observaban preocupados. Bajo la luz de las velas volvieron a parecerme bonitos.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
—En mi casa de La Magdalena —contestó.
Miré alrededor. La vista se habituó de forma progresiva a la iluminación tenue y pude distinguir mejor lo que me rodeaba.
Me encontraba en una enorme cama mullida con cabecero de madera robusta, exquisitamente tallada.
Las cortinas eran sobrias, pero de tela cara y tupida, con un delicado bordado en los extremos.
Un diván estaba a la derecha de la cama, bajo una enorme ventana por la que penetraba el ruido del oleaje.
Temblaba a causa del viento. Ese sonido fue el que debió mezclarse con mis sueños.
Un mueble con un jarro y una palangana y un armario de la misma madera y estilo de grabado del cabecero terminaban por ornar la habitación.
No había objetos personales a la vista, así que supuse que me encontraba en una estancia para invitados.
¿Cómo había acabado allí? Intenté hacer memoria, pero el dolor de cabeza me dificultaba la tarea, así que pregunté.
—¿Qué ha pasado?
—¿No lo recuerda? —Su voz sonó temblorosa.
Miré por la ventana. La negra noche impregnaba el paisaje, con sombras que iban y venían por el fuerte viento.
El viento… esa tarde había atravesado las calles en pleno vendaval con Yurde, luego llegó el incendio.
Recordé a la señora Trueba con expresión aterrada viendo venir el pórtico de madera. Luego recibí el golpe.
—¿Su madre está bien? —pregunté.
—Sí. —Suspiró y sonrió—. Está bien, gracias a usted. Está dando instrucciones al servicio. Nuestro piso de la Plaza Vieja también se ha quemado y no teníamos previsto venir, así que hay muchas cosas que disponer. Pero ahora pasará a verla.
—Entiendo. —En ese momento pensé en mi situación. ¿Qué haríamos ahora mi madre y yo? ¿Y Diego y Marina? ¿Y Yurde y Anjara? Si solo hubiera perdido su casa uno de nosotros, entre todos, la ayuda sería más fácil. Pero éramos muchos. Él pareció adivinar mis pensamientos.
—Es una tragedia. No todo el mundo tiene más de una vivienda. Sé que somos afortunados.
—Está bien que lo advierta y lo valore. Hay quien lo da por sentado.
—¿Quién da algo por sentado en los tiempos que corren?
Hemos pasado por mucho estos últimos años como para no apreciar lo que tenemos.
—Su voz sonó triste—. Sobre todo, la vida y la salud.
Me alegro de que el golpe no la haya afectado hasta el punto de perder la memoria. El médico temía que pudiera pasar.
—¿Me ha visto un médico?
—¡Por supuesto! No pensará que después de aquel acto tan heroico íbamos a dejarla tirada en la calle de cualquier manera. —Sus labios dibujaron una sonrisa.
—Se lo agradezco mucho, don Cibrián, pero no quiero ser una carga. Le pagaré la minuta del doctor.
—No se preocupe, querida.
—Por favor, insisto. Demasiado han hecho ya por mí, y soy capaz de pagar los gastos que ocasione.
Su rostro se ensombreció.
—¿Siempre es tan obstinada con todo? —No sonó enfadado, sino curioso—. ¿En cuánto cree que valoro la vida de mi madre? Por favor, acepte mi muestra de gratitud por salvarla.
Quizá estaba pecando de exceso de amor propio. O quizá, inconscientemente, traté de evitar una situación que le diera ventaja sobre mí. Desde su punto de vista, mi actitud se podía interpretar como una grosería. Sentí cómo el rubor subía a mi rostro. Mi madre no me había educado así.
—Créame que le estoy muy agradecida, pero le aseguro que no es necesario. Cualquier vecino habría hecho lo mismo que yo.
Mi reacción pareció satisfacerle, porque volvió a lucir una sonrisa de complacencia. Advertí un brillo especial en sus ojos.
—¿Está segura? No todo el mundo es tan… altruista, ni valiente. Dos cualidades más que añadir a la lista de todas las que ostenta, y que no dejo de descubrir. No debería sorprenderme, le viene de familia.
—¿A qué se refiere? —pregunté extrañada. ¿Conocía a mi familia lo suficiente como para afirmar eso?
—¡Oh!, lo digo por su padre, pero no tiene importancia. Sin embargo, no sé si me alegra o me disgusta. Hoy tuve miedo de perderla.
Me cogió la mano que tenía en el borde de la cama. Yo la retiré despacio, mientras contestaba:
—Habla y actúa como si ya estuviésemos prometidos. No podría perder lo que aún no tiene.
—¿Lo ve? —Levantó las manos en señal de rendición—. ¡Tan obstinada!
En una de ellas sostenía unos documentos. De forma instintiva me palpé y bajé la vista al vientre. Los últimos botones de la camisa estaban desabrochados y sobresalía el refajo, algo destartalado.
—¡Oh! —Me cubrí con un movimiento brusco—. ¿Ha sido capaz…? —dije, mirándolo aterrada.
Con las manos aún en alto, replicó:
—No se preocupe por su intimidad, sigue siendo suya… aunque resultó tentador. Me llamó la atención la abultada tela bajo su blusa y la curiosidad pudo sobre mis modales.
—Es usted… —Me ruboricé. Reprimí mis instintos de abofetearlo por dos motivos: primero, porque la habitación aún me daba vueltas, y, segundo, porque lo estimé capaz de devolverme los golpes.
Me limité a extender el brazo, mientras con el otro apretaba el cobertor contra mi pecho—. Devuélvamelos —exigí.
—No se enfade, mi querida. Solo soy culpable de divertirme con su reacción.
No fui yo, sino el médico, quien abrió sus ropas al examinarla.
Aunque no le niego que me habría encantado hacerlo a mí.
Una manera muy inteligente de salvar los documentos importantes, por cierto.
Aprendo mucho sobre usted. —Ignoró mi brazo extendido y los ojeó con descaro.
—¿Aprendiendo? Lo dice como si me estuviera estudiando. —Hice un movimiento con la palma de la mano abierta para apremiarlo, pero no tenía prisa por devolverlos. Él se rio con ganas.
—Pues un poco sí. La estudio como a un divertido problema de álgebra que se me resiste. Y le diré que he descubierto varias cosas interesantes.
—Ah, ¿sí? ¿Como cuáles?
Me devolvió los documentos.
—Todo a su tiempo, querida. Yo ya he movido ficha al hablarle de mis sentimientos; le toca a usted. Me interesa mucho saber su opinión sincera sobre mí y sus razones para hacerse de rogar.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza de nuevo sobre el cabecero. Sentía que la angustia subía por mi garganta, que seguía irritada, aguijoneaba mis ojos y palpitaba en mi cabeza. Tosí. La charla me estaba provocando un picor terrible.
—¿Cree que este es el mejor momento para hablar del tema?