5. Diríjanse al Sardinero #3
La puerta a su lado se abrió en ese momento. Un matrimonio salía. El hombre nos miró. Luego alzó la vista al techo del edificio, a punto de derrumbarse. La escalera se llenó de humo.
—Amelia, ¿se encuentra usted bien? —preguntó la joven que sostenía un bebé mientras su marido nos socorría.
—No puedo con ella yo sola —le dije.
El hombre miró a su mujer.
—Ana, ve tú delante. Yo las ayudaré a bajar.
Ana asintió y bajó las escaleras. Respiré aliviada.
Entre los dos cogimos en peso a la señora, que se dejó hacer avergonzada y sin dejar de disculparse.
Por fin llegamos a la calle. El viento lo cubría todo de humo como una tupida cortina e impedía ver bien.
El espacio estaba lleno de chispas ardientes y cenizas, como una nevada huracanada de fuego y tizne.
Devoraba con hambre los edificios de donde salíamos y agarraba con ansia los de enfrente.
La señora respiró a gusto cuando alcanzamos la calle, pues a pesar de que se tapó nariz y boca con el cuello del abrigo, el humo se había colado en sus pulmones y tosía.
El vecino y yo también notamos la falta de aire, pues no habíamos podido protegernos con nada.
Al contrario, habíamos aspirado con más ganas por el esfuerzo físico que nos supuso llevar a la buena mujer en brazos.
Salir a la intemperie fue poco alivio, el aire allí no era mucho más limpio.
Las cenizas volaban y se arremolinaban en la calle flanqueada por el fuego.
El gentío salía, como hormigas de un hormiguero, de los edificios en llamas.
Con los ojos irritados por los vapores y la nube de hollín, dejamos a la buena señora a salvo y avancé por la Plaza Vieja.
Yurde y Anjara vivían frente a la Plaza de las Escuelas, estaba muy cerca de ellos.
Si Yurde había llegado a salvo a casa, seguro que habría puesto a su madre a buen recaudo.
Pero, si no… ¡Nada! «Si no» no era posible.
¡Era Yurde! Claro que estaban a salvo. Entonces vi de lejos su edificio, que estaba ardiendo.
Toda la calle ardía. Parecía que la tierra se había abierto y el infierno había llenado con una de sus llamaradas la superficie.
Me bloqueé unos segundos en los que contemplé la nube de humo y chispas que llenaba todo el espacio visible.
—¡Socorro! —Se oyó gritar desde uno de los balcones. Miré hacia arriba. Daniela, la vecina del primer piso que tantas veces me había dado chocolate cuando era pequeña, había quedado atrapada.
—¡Salga! ¡Le da tiempo! —grité con todas las fuerzas que los maltratados pulmones me permitieron.
—Algo atrancó la puerta por fuera. No puedo salir —dijo entre sollozos y temblores.
No lo pensé. Me lancé hacia la entrada del portal, que parecía la boca de una chimenea.
El humo negro era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
Un hombre se precipitó hacia la entrada y subimos juntos en ayuda de la vecina que aguardaba en su casa aterrada.
Con más tiento que visión llegamos a la puerta.
Un enorme trozo de baranda se había desprendido de los pisos superiores y bloqueaba la salida.
El hombre cogió de un extremo, yo del otro y al grito de tres lo apartamos.
Él echó abajo la puerta y el paso quedó libre.
La vecina salió aliviada y agradecida y los tres bajamos a la calle.
Sujeté la mano de la mujer al llegar a la esquina para evitar que se marchara.
—Daniela, ¿está bien? —pregunté cuando dejé de toser. Ella, que debía de estar viendo el miedo en mi rostro, se apresuró a sacudir la cabeza.
—Sí. Yurde y Anjara me avisaron del fuego.
Me entretuve más de la cuenta porque quería salvar tantas cosas…
—Sus ojos llenos de lágrimas miraron al edificio que tenía delante y que se había convertido en una antorcha.
Las llamas lamían, con la violencia que el viento les insuflaba, las vigas y el tejado—.
Casi no lo cuento, hija. Y al final no he podido…
Cedió a las lágrimas. Le di un abrazo corto, pero firme.
—Consiguió salir. Su vida es lo más importante. ¿Y ellos? ¿Salieron a tiempo?
Daniela abrió la boca para responder, pero el edificio crujió con un fuerte crepitar que captó la atención de cuantos ojos nos hallábamos observando.
Un poste de luz salió despedido contra la fachada y se empotró en una ventana.
Las chispas saltaban de los cables zarandeados por el viento.
El pánico cundió entre la gente que estaba justo debajo.
El pórtico de madera de la ventana que el poste había golpeado se desprendió y el viento lo despidió con fuerza.
—¡Cuidado, madre! —gritó alguien a mi lado.
El pórtico volaba directo a una señora muy bien vestida y arreglada, que con cara de espanto miraba el trozo de madera que se le acercaba veloz.
Sin pensarlo, me lancé hacia ella. Oí un fuerte ruido, que se volvió un silencio profundo.
Noté un peso enorme sobre mí, la negra noche se convirtió en un velo blanco y dejé de sentir.