Vientos de cambio y cenizas 5. Diríjanse al Sardinero #2
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5. Diríjanse al Sardinero #2

Al salir, una oleada de viento me zarandeó.

Me dirigí al grupo de gente que, en la acera de enfrente, miraba con pasmo al cielo.

Me impactó el haz cálido que iluminaba los rostros.

Cuando me pegué a ellos, distinguí a Manuela con los críos, mirando fijamente hacia arriba con el horror y la pena pintados en el rostro.

El fuego lamía el tejado de la hilera de edificios, entre los que se encontraba el nuestro.

El titán del viento se había aliado con las llamas y habían creado un monstruo que saltaba de tejado en tejado, arrancando con sus garras tejas, miradores, vigas, ventanas y todo lo que encontraba a su paso.

La furia del aire rivalizaba con el chisporroteo del fuego y los gritos de conmoción de la gente que, a esas horas de la noche, y con aquel frío, estábamos tirados en la calle con lo poco que pudimos salvar.

Algunos, solo sus vidas; a otros les dio tiempo a sacar hasta colchones y muebles.

Miramos desconsolados cómo nuestras casas se consumían sin remedio ni piedad. De vez en cuando, una ráfaga de aire cálido nos golpeaba para dejar de nuevo el frío gélido pasearse a sus anchas.

El ejército se había unido a los bomberos en la hercúlea tarea de extinguir un fuego imposible de detener. La marabunta de gente que seguía saliendo de los edificios se agolpaba a cierta distancia para observar el caos.

Un soldado se acercó a nosotros.

—Esta zona es peligrosa, por favor, diríjanse al Sardinero. Los que puedan, por favor, quédense con nosotros y ayúdennos a desalojar a la gente. El fuego se sigue extendiendo.

Manuela y sus dos niños se fueron con el grupo que se dirigía al Sardinero.

La primera impresión había pasado y me encontré ante la disyuntiva de irme con ese grupo o quedarme a ayudar.

Pero ¿y mi familia? El incendio se había originado en la calle Cádiz y el aire lo había traído hasta allí.

Miré hacia el cielo. Junto con las llamas, cambiaban de dirección de forma brusca y aleatoria, como zarandeados por unas manos enloquecidas.

El viento emitía un compendio de sonidos atronadores, como el rugido de una bestia, que se me agarraron al corazón.

Me envolvió como con un manto frío y me sentí pequeña e inútil.

¿Qué podía hacer? El terror me pedía correr, pero ¿a dónde?

El fuego no tardaría en llegar a la calle de Yurde y Anjara, pero, si las llamas habían alcanzado la casa de Diego, podría necesitar ayuda con los niños.

Me decidí por Diego y Marina. Corrí todo lo que el vendaval me permitió.

El aire olía a humo y la garganta me picaba.

La tos se intensificó al pasar por la catedral, cuya imagen me dejó congelada.

Tejas y trozos de madera ardiendo salían despedidos.

Con mucho cuidado y aprisa crucé la calle Cádiz a través de la cortina luminosa y tupida que formaban las chispas que flotaban en el aire, el humo y las cenizas.

Los ojos me escocían y se me dificultó mucho respirar.

Me quité el pañuelo de la cabeza y me lo puse en la cara, cubriendo nariz y boca.

Al cabo de pocos minutos, llegué a la calle Calderón.

El mar chocaba con bravura en tierra, haciendo esfuerzos por alcanzar los edificios que estaban ardiendo, como un gato que se lame las heridas.

El piso de mi hermano estaba en llamas y no los encontré entre la gente que se alejaba corriendo, ni entre los que se quedaron clavados, mirando la tragedia, sin terminar de creérselo.

Tampoco se hallaba entre los bomberos y voluntarios que hacían lo posible por frenar los avances del fuego con mangueras y agua del mar.

Ni rastro de ellos. ¿Y ahora qué? Me quedé un segundo con la mirada fija en la fuerza de las olas.

Yurde. ¿Y si no había llegado a su casa, Dios no lo quisiera?

Tenía que volver. Corrí de nuevo para deshacer el camino que había andado.

Al llegar a la plaza de las Atarazanas, los militares seguían organizando grupos de auxilio.

Muchos vecinos ayudaban. Pensé en ello. En conciencia, no podía desentenderme.

De no ser por mi vecina Manuela, no hubiera salido a tiempo.

Podía avisar a algunos en el camino hasta la casa de Yurde.

El incendio estaba descontrolado y cualquier ayuda era poca, así que me uní a uno de los grupos cuando emprendían la marcha con uno de los vecinos a la cabeza.

—Por aquí —dijo y salió corriendo.

Lo seguimos, sorteando los escombros que el viento había arrojado al empedrado, y doblamos la esquina hacia la calle La Blanca. Allí nos separaron. Entré en un edificio de viviendas. Subí lo más deprisa que pude hasta el último piso y llamé con todas mis fuerzas.

Varios minutos después, un señor con batín y el rostro malhumorado abrió la puerta.

—¿Se puede saber dónde está el fuego?

—En los tejados —informé con una mano en el pecho. Me costaba respirar y más aún hablar.

—¿Qué? —preguntó aturdido.

—Un incendio, señor. A los bomberos se les escapa de las manos. Se extiende por los tejados como la pólvora. Coja lo que pueda y salga.

La puerta de enfrente se abrió y una señora mayor se asomó.

—Señora, hay un incendio —avisé—. Tiene que darse prisa en coger lo que necesite y salir del edificio.

—¡Ay, hija! —exclamó la señora apesadumbrada—. No puedo andar apenas. Hace semanas que no salgo del piso, no puedo con las escaleras. Mi hija me trae la comida.

Pensé rápido.

—No se preocupe, señora…

—Amelia.

—Amelia. Voy a avisar a los vecinos. Prepárese y salga, la ayudaré a bajar. ¿De acuerdo?

—¡Dios te bendiga, criatura! —agradeció la señora, que cogió con las manos temblorosas las mías y las besó.

—Abríguese, ahora vengo.

Antes de que la señora cerrara la puerta, ya había bajado a la planta de abajo.

Varios jóvenes abrieron la puerta. Después de delegar en uno de ellos la tarea de correr la voz entre el resto, subí de nuevo. Me faltaba un tramo de escalera cuando oí a la mujer mayor llamarme.

—Joven, ¿estás ahí?

—Sí, señora Amelia, ya llego —respondí medio ahogada, salvando los pocos peldaños que nos separaban.

Poco a poco bajamos los escalones, despacio, uno a uno. Un crujido sonó sobre nuestras cabezas y la mujer se encogió asustada.

—No se preocupe, Amelia. Usted esté atenta a los escalones, uno, dos. Venga, que podemos.

Evité levantar la vista para no sucumbir al pánico. No quise ver si el viento levantaba las tejas como si de una hoja de papel se tratara, o peor aún, cómo el fuego se lo cenaba.

No hizo falta. Comprobé que era lo segundo cuando una viga ardiente cayó por el hueco de las escaleras junto a nosotras. La señora se asustó, perdió pie y cayó sentada en el escalón.