5. Diríjanse al Sardinero
E ntré en casa angustiada. Odié que Yurde se marchara con aquel malentendido.
Un ruido en la calle me devolvió a la urgencia del momento.
Lo primero que hice fue mirar las ventanas.
No había salido ninguna volando, gracias a Dios, pero lo harían si no hacía algo pronto.
Los ruidos de los pórticos golpeando contra los marcos se unieron al compás del silbido que se colaba por las rendijas y por la chimenea.
En la calle, los objetos que el viento se llevaba golpeaban las paredes. Me sentí abrumada y aterrada.
Cerré los pórticos de madera que protegían las ventanas y busqué algo para usar como travesaño en ellas.
Los tablones largos y estrechos que utilizábamos como regla de medir en vestidos largos me sirvieron.
El bastón que fue de mi padre también. Pegué la mesa a la pared y apontoqué en ella el taco de goma, haciendo palanca.
Cuando terminé, noté el frío y encendí el brasero de carbón. Me arropé en el sillón hasta el cuello.
Había sido un día muy largo y angustioso.
Uno de esos días en los que deseaba no haberme levantado de la cama.
Como aquel en que mi padre me mandó a Francia en plena noche, o aquel en el que me llegó la carta con la noticia de que habían fusilado a Colás y no había consuelo para Yurde y su familia.
Como aquel en el que mi madre me escribió que mi padre se había echado al monte, o como cuando me hizo llegar una carta con la letra corrida por las lágrimas, en la que decía que nunca más volvería.
Esa noche no había perdido a nadie, al menos en el sentido más literal, pero sentía que estaba a punto de perder a mi mejor amigo.
Quizá ya lo había hecho. Y mi libertad estaba amenazada con el enlace si aceptaba.
A no ser que mi madre me propusiera otra salida, la idea de irme a Francia, aun en guerra, cada vez me parecía más atrayente.
Detesté que fuese de esa forma. Una cosa era irme por gusto e ilusionada y otra muy diferente huir a un país en guerra por miedo a casarme.
Quizá estaba haciendo una montaña de un grano de arena. Don Cibrián podría resultar inofensivo, como mi hermano, a quien, como bien decía Marina, «se le iba la fuerza por la boca». Aunque algo en su mirada fría me decía que ese tiburón no daba puntada sin hilo.
Me pareció muy similar al viento descarado que pujaba con violencia por entrar en casa para arrasarlo todo.
Me sentí pequeña y vulnerable, como una niña perdida en el monte.
Temblé, ovillada en el sofá. En un arranque de voluntad me levanté y puse la radio para espantar la sensación de soledad y distraer los pensamientos.
Me acurruqué en el brasero y canté para obligarme a pensar tan solo en la letra de las canciones.
Cinco tonadas después llegué a la conclusión de que exageraba, que, si mi madre hubiera estado conmigo, no me sintiese tan sola y el temporal no me aterrara, seguro que vería la situación de otra manera.
Un golpe y un chispazo sonaron en la calle, y el silencio y la oscuridad inundaron la vivienda.
Debía de haber caído algún poste de luz.
Abrumada y temblando, me levanté del sofá y busqué las velas a tientas.
Con ellas encendidas me senté de nuevo en el brasero.
Sin la música, los sonidos del exterior cobraron fuerza.
En esos momentos, el aire arrancaba objetos de las viviendas a cada instante.
Mi miedo creció. «Ocúpate en algo o te dará un ataque», me dije.
Con la vela en la mano fui a mi habitación y cogí un par de faldas a las que había que hilvanar los bajos.
Volví con ellas y la caja de costura al calor de la mesa camilla.
Entre puntada y puntada pensé en Yurde. Desde que se marchó había evitado ese pensamiento adrede, para no imaginarme lo que le habría supuesto llegar a casa. Porque…
—¡Claro que está en casa, Abilia, por Dios! Sano y salvo —me reprendí en voz alta.
Solo nos habíamos separado tristes o enfadados una vez, cuando yo tenía ocho años.
Él trajo un caramelo que su padre le había dado y yo se lo quité.
Bromeé con que me lo comería y, cuando quiso recuperarlo, lo arrojé al mar.
Me insultó y se fue llorando. No sabía que lo que tiré fue una piedra y lo que pretendía ser una broma resultó no tener gracia cuando me quedé sola, con el dulce en la mano y sus palabras hirientes resonando en mi cabeza.
Lo esperé durante horas en el portal de su casa para devolverle el caramelo y pedirle perdón.
Ese tiempo se me hizo eterno y me imaginaba su reacción cuando le explicara el engaño.
En mi mente volvía a gritarme, me quitaba el dulce y se marchaba.
Otras veces lo cogía en silencio y entraba en casa sin dirigirme la palabra ni mirarme.
En todas y cada una se me partía el corazón y lloraba más fuerte.
Después de aquel día me prometí que no volvería a hacerlo rabiar y que siempre nos separaríamos contentos. Y lo cumplí.
Hasta esa noche. Entendía que las circunstancias mandaban.
Y ya no era una niña. Tendríamos ocasión de hablar de nuevo para explicárselo todo.
Porque Yurde había malinterpretado cada una de mis palabras.
Creyó que hablaba de él cuando le dije que, si me quedaba aquí, me vería arrastrada a un matrimonio infeliz.
No entendió por qué le insistí en que teníamos que dejar de vernos.
¿Cómo iba a entenderlo? Estaría pensando que era por no avivar lo que no tenía futuro entre nosotros.
Nunca le pediría eso, a no ser que él decidiera que necesitaba alejarse de mí.
No se imaginaba que el distanciamiento me dolía a mí tanto como a él y que, si lo hacía, era por miedo.
Debía de estar muy frustrado, pensando que lo había rechazado, sobre todo, porque él nunca me había hablado de matrimonio, como había recalcado antes de marcharse.
Pensé en cómo empezamos el día. En sus palabras, cuando me llamó sirenuca .
Deseé en ese momento acercarme a las rocas y caer al agua convertida realmente en una.
Sería una buena solución para alejarme de todos los problemas y podría seguir velando por él y por los míos, guiándolo a buen puerto cada madrugada.
Terminé de hilvanar. Con la cabeza un poco más organizada y la tarea terminada, sentí paz, mientras los sonidos que venían del exterior luchaban por robármela. Parecía que el mundo se estaba destrozando con violencia.
El reloj del salón dio las diez de la noche.
Supe que no pegaría ojo, así que me quedé allí, comiéndome las ascuas, buscando consuelo para mi alma.
Cogí las cuartillas donde hacía mis diseños y pensé en un patrón para un traje con chaleco.
Sería de color caoba, como sus ojos. Con cada trazo imaginaba la planta de mi amigo cuando se lo enfundara.
La sonrisa que marcaría sus hoyuelos. Lo guapo que podría ir al teatro.
Ni don Cibrián vestido con las mejores telas tenía su porte.
Entre el estruendo del viento, llegaron unos tañidos lejanos de campana. Un revuelo en la escalera me hizo volver a la realidad. Corrí hacia la puerta de la calle y, cuando la abrí, me di de bruces con Manuela, mi vecina. Me repuse del sobresalto y le pregunté:
—Manuela, ¿qué pasa?
—Venía a avisarte, niña. Coge lo que puedas salvar y sal del edificio. —Me fijé en que Manuela llevaba un petate bajo el brazo y a los niños asustados, uno de la mano y el otro agarrado a su falda.
—Pero ¿por qué?
—Un incendio. En la calle Cádiz. Los bomberos no pueden apagarlo. Se propaga con el viento como si hubieran rociado la calle con queroseno. El ejército está desalojando a la gente. El fuego viene. ¡Corre, niña!
Manuela bajó aprisa las escaleras. Junto con otros vecinos. Se paró en la planta de abajo y avisó a los que quedaban.
Cerré la puerta e intenté asimilar la información. ¡Y creía que en casa estaría segura esa noche! Cerré los ojos esforzándome por mantener a raya al pánico, que empezaba a tomar el control de mis impulsos para salir con lo puesto.
«Lo que pueda salvar. Las cosas de valor», me repetí.
Abrí los ojos. «¿Qué tenemos de valor, Abilia?
». Hice una lista mental mientras recorría la casa.
«Las joyas de mi madre». Me dirigí a su habitación y vacié el joyero en la mesa del salón.
«Los papeles de la casa y de la tienda».
Los saqué de un cajón y los puse junto a las joyas.
«Los documentos». Agarré la cartilla de racionamiento, los cupones, la documentación, los certificados, el libro de familia…
Los apilé todos juntos. «El dinero». Mi madre lo guardaba en tres sobres.
Uno en el colchón, otro en un falso espacio de un cajón de la cocina y otro escondido en un rollo de tela.
Cogí los tres. El vendaval desgarraba todo a su paso.
«¿Cómo te llevarás todo esto, Abilia?». Metí todas las joyas en una bolsa de tela y me las guardé en el sostén, con el dinero hice lo mismo.
Los documentos los envolví en un pañuelo que me fajé en el vientre, bajo la camisa.
Miré alrededor comprobando si me dejaba algo.
Lo vi allí, en el mueble. El único retrato que tenía de mi padre.
Estaba junto a mi madre el día de su boda.
Me lo metí en el refajo. A punto de salir por la puerta, recordé la facilidad con que esa tarde el viento me había derribado.
Necesitaba peso. Agarré unas bolas de plomo pequeñas que había en la caja de la costura.
Tan rápido como pude, las metí en el pliegue del bajo de la falda.
No me impedirían salir volando, pero quizá me permitieran mantener la dignidad.
Menos era nada. Por último, me lie un pañuelo a la cabeza, me coloqué el abrigo más grueso que tenía y salí a la calle con lo puesto.