4. La vuelta del ruiseñor #3
—Porque me siento perdida y no sé qué otra cosa puedo hacer.
Es posible que me vea arrastrada a un matrimonio que no sé si deseo.
Y siento que, si nos alejamos, al menos estaré evitando que tú sufras.
No es lo que quiero. Ni siquiera sé si así conseguiré algo, pero es lo único que se me ocurre.
Eso y adelantar mi marcha. —Las lágrimas me rodaban por la cara y no me daba tiempo a limpiarlas todas.
No creí que lloraría ante él, pero no pude evitarlo.
El miedo me dominaba y aquella decisión no me agradaba en lo absoluto.
El viento frío se introdujo en el bar cuando un hombre que buscaba resguardarse cruzó la puerta y se acercó a la barra despotricando contra el temporal.
Yurde sacó un pañuelo del bolsillo y me lo ofreció.
Se lo agradecí y me limpié las lágrimas.
—¿Eso es lo que te tiene tan angustiada? ¿Es por eso por lo que llorabas con Marina? —preguntó con pesar.
Asentí. Un golpe en el exterior desvió nuestra atención. El vendaval estaba empeorando.
—¿Has oído nuestra conversación?
—Solo una frase, cuando entraba en la casa. Luego, bajasteis la voz.
Hice memoria. ¿Qué momento de la conversación era?
—Pero el matrimonio no tiene por qué ser una cárcel —declaró con tristeza. Cogió la taza y dio un buen trago.
—En este caso, creo que sí lo sería —dije, recordando los pensamientos del conde sobre que dejara de coser y que me acostumbrara a que otras lo hicieran para mí.
—Pues no sufras, Abilia. No te angusties más —pidió él, con un tinte de rabia e impaciencia en la voz—. Nadie te puede obligar a hacer nada que no quieras.
Tenía razón, nadie podía obligarme a nada, pero se equivocaba en lo de estar angustiada.
—¡Claro que me angustio! —continué—. Si tú hubieras escuchado…
—¡Madama! —llamó Yurde, ahogando mi frase.
La puerta se había vuelto a abrir y una figura conocida cruzó el umbral y se apresuró hacia la barra.
Era delgada y tenía la nariz aguileña. Llevaba un jersey de lana negro, un abrigo con más remiendos que tela y una pañoleta que le cubría la cabeza y que se puso sobre los hombros nada más sentarse en la barra.
Yurde había seguido a la mujer con la vista.
Al oír la voz de mi amigo, se giró. Cuando nos vio, se levantó y se acercó a nuestra mesa.
—Menudo temporal, niño.
—Se pone peor por momentos —comenté, volviéndome para mirar por la ventana.
—Es una surada de las buenas —dijo la mujer—. He parado a calentarme algo el cuerpo, pero me voy cuanto antes. Y deberíais hacer lo mismo. Yo que vosotros apuntalaría las ventanas esta noche.
Volvió a la barra y pidió un café. Yurde me miró preocupado.
—Las predicciones de Madama nunca fallan —dijo y se levantó de la silla. Me tomé el café de un trago mientras él pagaba y, en cuestión de segundos, estábamos saliendo por la puerta.
El viento nos embistió y me arrolló. Caí al suelo y me vi arrastrada por el frío empedrado. Intenté agarrarme a los adoquines sin éxito hasta que pude sujetarme a un árbol. Unas manos fuertes me levantaron y me llevaron al abrigo del edificio.
—¿Estás bien? —se preocupó Yurde. Yo asentí—. Vamos pegados a la pared. No te separes de mí.
El camino de vuelta se hizo interminable.
Apenas podíamos avanzar. Con la cabeza agachada y los ojos entornados, éramos incapaces de ver por dónde íbamos.
El ruido de un golpe seco cerca me hizo abrazarme a él con fuerza.
Levanté la vista y vi un trozo de madera, que parecía de un balcón, impactar en la pared sobre mi cabeza.
Luego siguió su camino, volando, como había llegado.
Seguimos andando. Casi no lo podía creer cuando llegamos a la entrada de mi edificio.
Refugiados en el portal, miramos el espectáculo de fuera sin decir nada. Lo único que pensaba era que no se fuera con ese viento. Eran solo tres calles, pero tenía miedo.
—Mi madre no está, ya lo sabes —dije apesadumbrada—. Le preguntaré a Manuela si puedo dormir en su casa y tú te quedas en la mía.
—No te preocupes, llegaré a casa enseguida —intentó tranquilizarme.
—Yurde, siento que no hayamos podido llegar al cine —lamenté. Él miró afuera.
—Parece que no estaba de Dios.
Hizo una seña con la gorra como despedida e hizo ademán de salir, pero lo detuve.
—Espera, no hemos terminado la conversación.
—Ya lo has dicho todo —dijo serio.
—No, yo… —Un crujido reclamó nuestra atención. La furia del viento crecía. Debíamos dejar la conversación para otro momento—. Mejor vete ya. No voy a dormir tranquila sin saber si has llegado bien a casa. Mañana hablamos.
—Deja de preocuparte. —Evitó mirarme cuando lo dijo, porque el tema lo incomodaba.
Paseó la mirada por el portal hasta que la dejó fija en la calle—.
Mi madre y hermanas no tienen otra cosa que hacer que casar a los demás.
—Me miró con tristeza. Me dedicó una sonrisa que procuró ser alegre, aunque no lo consiguió—.
Escucha, no es necesario que pongamos distancia, pero, si es lo que quieres, lo respetaré.
No te he hablado nunca de matrimonio, así que no le des más vueltas y no te preocupes por mí, estaré bien. —Me guiñó un ojo y salió corriendo.
—¿Qué? —pregunté desconcertada, mientras él salía al exterior. Mi cerebro lento tardó en procesar sus últimas palabras, pero cuando lo hizo, salí del portal en un impulso.
—¡No es por ti! —grité—. ¡No hablábamos de ti!
Si me oyó, no se giró. El viento no estaba de mi parte y espantaba el sonido a manotazos, pues había decidido que esa noche solo se le oiría a él. Segundos después, Yurde se perdió a lo lejos.