4. La vuelta del ruiseñor #2
Mientras salíamos por la puerta, me asaltó la sensación de que mi hermano era más perceptivo de lo que yo creía.
Al salir a la calle, un bofetón de aire salpicado de mar nos empujó contra la pared.
Las gotitas saladas, con la fuerza del viento, parecían alfileres de hielo que se me clavaron en el rostro y las manos.
Tuvimos que caminar pegados al edificio.
Encogidos ante el enfadado viento, avanzamos con dificultad lo más rápido que pudimos.
Yurde me rodeó los hombros con su brazo y me acercó a él.
Con la otra mano se sujetó la gorra. Cruzamos la calle con las cabezas agachadas para proteger los ojos del viento y el polvo que levantaba.
Solo veíamos nuestros pasos y el suelo empedrado.
Al doblar la esquina, el viento nos empujó por la espalda, obligándonos a acelerar el paso hasta correr.
Íbamos a tardar algo más en llegar, porque decidimos capear el temporal por las calles estrechas en lugar de ir derechos por la de La Ribera.
Había pensado aprovechar para hablar por el camino, pero no iba a poder ser.
Por lo visto, el viento tenía otros planes.
Un par de calles antes del teatro, una ráfaga nos azotó tan fuerte que me impidió respirar.
La sensación de angustia y ahogo me obligó a girarme y hundir la cabeza en el pecho de Yurde.
Él hizo lo mismo en mi cuello. Al coger aire, percibí su olor mezclado con el del mar y me sentí a gusto.
Era el mejor refugio contra el viento. Noté un cosquilleo en el cuello cuando habló.
—No podemos seguir. ¿Entramos en esa cafetería?
Asentí y cruzamos la puerta. Buscamos una mesa libre y nos sentamos. Pedimos un café, que abrazamos un rato entre las manos para entrar en calor.
—Gracias por invitarme —dije. La primera vez en años que íbamos al cine y tenía que estar el clima en nuestra contra.
—Gracias por decir que sí —contestó, mirándome con un brillo en los ojos que me punzó el corazón.
—Yo encantada, ya lo sabes. —Sonreí.
—Pues pensé que no querrías.
—¿Y eso? Sabes que me da igual si es al cine, a la bahía o donde sea. Contigo siempre me lo paso bien.
—Sí, pero no te gusta gastar.
—Llevas razón. Aunque hay que divertirse de vez en cuando, ¿no?
—Eso mismo pienso yo. Además, me pareció que te vendría bien.
Sonreí. Recordé su mirada preocupada mientras abrazaba a su hermana. Notó que había llorado.
—A veces, creo que me conoces mejor que mi madre.
—Es posible, pero no se lo digas a ella. —Sonrió.
—Este viaje la estoy echando más de menos que de costumbre —confesé y removí el café con la cucharilla.
—¿Por qué? ¿Ha pasado algo?
Yo asentí sin levantar la vista.
—Hoy me encantaría volver atrás en el tiempo. Si pudiera, lo pararía hace diez años, el día en que tú cumpliste los dieciséis. Que a partir de ahí no corriera un solo día más. Después de eso, todo se complicó.
Yurde se retrepó en la silla. Había mucho implícito en ese comentario: la muerte de su padre, mi marcha a Francia, la guerra, la muerte del mío, la de su hermano Colás.
—Sí, lo sé —dijo inmóvil—. Pero no podemos cambiar lo que ha pasado, ni volver atrás en el tiempo. Hay que vivir con eso y buscar la forma de ser feliz.
—Es que no deja de complicarse… —Observé por la ventana cómo las ramas de los árboles luchaban por no ser arrancadas de su lugar.
Sentí que el pecho se me encogía de miedo—.
Hasta el clima es injusto con nosotros. Yo…
—Lo miré con ansiedad—. No quiero que nada afecte a nuestra amistad, Yurde, pero me temo que ya lo ha hecho.
Siento que todo está a punto de desmoronarse.
Y no quiero que eso pase. Sabes que te tengo un gran cariño y que eres muy importante para mí. Eres mi mejor amigo.
—Casi como hermanos, como siempre dices —dijo con una sonrisa triste.
Asentí. Yo lo sentía así. Pero supe que le había dolido decir aquello, porque ese «casi» para él marcaba la diferencia.
—Sabes que te quiero más que a mi hermano, que a Diego a veces no lo soporto.
—Un escalofrío recorrió mi cuerpo, hasta las extremidades—.
Por eso lo digo. No quiero perjudicarte —aseguré con los ojos empañados—, pero creo que ahora mismo, si seguimos igual de cercanos, sufrirás por mi culpa —revelé, recordando las imposiciones del conde.
—Abi, no digas más, de verdad —pidió, cruzándose de brazos.
—No, escúchame. —Alargué la mano hasta el extremo de la mesa, buscando la suya.
Él empezó a mover el pie nervioso. Se retrepó de nuevo en la silla y cogió la taza de café.
—Muy bien —dijo, concentrado en la bebida caliente.
—A lo mejor… no tiene que ser para siempre, solo durante un tiempo.
Las ráfagas de aire hicieron vibrar la ventana que había a mi espalda y el silbido que produjo, junto con el recuerdo de la mirada de Cibrián Cobo, me evocó la sensación de que detrás había un fantasma. Él se sacudió con un escalofrío. ¿Estaría sintiendo lo mismo?
—Pero ¿por qué? —Su voz sonó un poco rota. Dejó la taza sobre la mesa.