Vientos de cambio y cenizas 4. La vuelta del ruiseñor
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4. La vuelta del ruiseñor

—B ueno, bueno. Comportaos, que esto no es el parque, ¿estamos?

—Diego aleccionó a los niños, que habían entrado en casa como un tropel.

Su tono de voz era suave pero firme, y estos se moderaron.

Cruzó la sala con ese aire imponente que lo definía, tanto por la austeridad de su aspecto como por sus gestos.

La chaqueta de pana, de un oscuro marrón apagado, le daba una rigidez casi militar.

El tejido áspero, gastado en los codos y ligeramente brillante por el uso, hablaba de escasez y disciplina, no de vanidad.

Bajo la solapa, en la que llevaba prendida la insignia azul con flechas rojas de la Falange, asomaba la camisa de un inconfundible tono azul.

Proyectaba la imagen de un hombre cuya autoridad se la daban la ideología y la obediencia.

—Sí, Padre —repuso Laro. Ángela se limitó a entrar a la cocina y abrazar a su madre.

—¿Ya estáis aquí, tesoro? —Marina, cariñosa, le dio un beso—. Pero ¡cómo traes la ropa, por Dios! Anda, lavaos las manos que vamos a comer.

Los pequeños se abalanzaron sobre mí. Ángela tenía el carácter risueño de su madre.

También había sacado sus ojos verdes, pero la mirada era profunda, como la de su padre.

Eso, junto con el pelo castaño claro, casi rubio, era a lo único que había sacado de él.

Laro, en cambio, era entero a su padre, rubito con los ojos negros.

Aunque compartía la mirada alegre y bondadosa con su tío Yurde.

Sin embargo, tenía un pronto… de mi hermano, ¡sin duda! Y los gestos.

Después de colgarse de mi cuello, hicieron caso a su madre.

Al cabo de unos minutos nos sentamos a la mesa.

Seguía inquieta y, durante la comida, la sensación de miedo se me había hecho una bola en la tripa que no me dejó disfrutar del pescado.

Con la sopa conseguí hacerla bajar, pero la sensación no se iba.

Mi hermano estuvo animado durante el almuerzo.

Hablaba en términos efusivos de la buena administración del gobierno.

De vez en cuando me miraba, no más de un segundo.

Sabía que no esperaba que participara activamente en la conversación, pero tampoco era normal en mí quedarme totalmente callada.

Me alivió bastante comprobar que el tema a Marina tampoco le interesaba mucho y fue una de las pocas veces en las que me alegré de que mis sobrinos estuviesen revoltosos, pues atenderlos me daba una excusa para evadirme.

Yurde seguía la conversación con soltura, a pesar de que la cuestión le aburría soberanamente.

Eso lo sabía yo de buena tinta. Hablaban de lo bien que se estaba gestionando la alcaldía.

Esas eran las cosas importantes para Diego, que el país, como la casa, estuviera en la calma y armonía que da una buena administración y donde cada cual debía cumplir con su papel.

La reacción de mi cuñada a la proposición del conde no tendría comparación con la que esperaba de mi hermano.

Sin duda me empujaría a aceptar. Y entonces recordé los planes del conde de gestionar el asunto con él.

La angustia me recorrió el cuerpo solo con imaginarlo.

Crucé las manos bajo la mesa y recé a Dios para que el asunto no trascendiera hasta que mi madre regresara.

Le pedí también que me ayudara a tomar una decisión buena e inteligente, quizá una que a mí aún no se me había ocurrido, para que pudiera velar por el bienestar de mi familia sin renunciar a mis sueños.

Levanté la vista y me encontré con la mirada de Diego; una que nunca había visto y que no supe descifrar.

Me levanté y recogí la mesa. No supe qué más hacer para no llamar su atención y que no preguntase nada.

Tenía la facilidad de leer en mí como en un libro, como cuando jugábamos a juegos de estrategia, que me adivinaba las jugadas en el rostro como si se las estuviera cantando en voz alta.

Con el paso de los años, encontré una forma de ocultarlo, que consistía en alejarme a tiempo. Así que me cobijé en la cocina, fuera de miradas y comentarios. Lejos de la conversación que se mantenía en el salón y que, por cierto, contribuía a mi malestar.

—¿Has oído que el alcalde quiere unificar las estaciones? —preguntó Diego—. Las arcas municipales van muy bien este año. Parece que la cosa empieza a prosperar.

—Pues espero que se note también en nuestros bolsillos —contestó Yurde. Diego no entendía su humor, pero yo sabía que él no creía que eso pasara en un futuro próximo y que se estaba burlando; y no pude evitar dibujar una sonrisa mientras fregaba la vajilla.

—Es posible —contestó Diego como si nada—. Aunque no lo parezca, la cosa está mejorando. La gestión que se está haciendo es muy buena, desde luego. Si todo marcha como hasta ahora, espero que pronto perdamos de vista las cartillas de racionamiento.

—Si tus predicciones son la mitad de acertadas que las de Madama, la sardinera, ya podemos ir preparando el festín —contestó Yurde.

No pude evitar reírme, pero disimulé la carcajada con una tos fingida. Me giré para ver la escena. Diego, con los ojos entornados en expresión de no haber entendido el comentario y sonrisa de autocomplacencia, se levantó y encendió la radio.

—¿Quieres café, cuñado? —Sin esperar respuesta, llamó a Marina, que estaba en la habitación con los niños.

Seguí con mi tarea y miré por la ventana.

Las olas golpeaban fuertemente contra las rocas a lo lejos y el agua de la orilla estaba turbia por la violencia del oleaje.

El viento aullaba más fuerte que en la mañana y se colaba por las rendijas y por la chimenea de la cocina, haciendo un ruido inquietante.

—Una risa muy mal disimulada, casi me haces reír a mí. Y, entonces, ¿cómo habría quedado delante de tu hermano?

Yurde estaba a mi lado mirando también por la ventana. Sí que era silencioso como un gato. Se volvió y se apoyó en la encimera.

—Es tu culpa, por burlarte de él en su cara —le dije. Me sonreí al recordarlo.

—¿Te apetece dar un voltio esta tarde?

—Vamos a la bolera —accedí. Me vino a la memoria el pasillo de la casa de doña Anjara, su madre, que con ocho años parecía mucho más grande.

Recordé los bolos que el señor Iyán había tallado para él y con los que jugábamos en aquel eterno pasillo, hasta que su madre se hartaba y nos mandaba a la calle.

—Hoy hace mucho viento para eso —objetó él.

—A lo mejor tu madre nos deja jugar en su pasillo —repuse con nostalgia y sonreí ante el recuerdo.

Yurde me sonrió con la misma expresión, pero le duró solo un segundo.

—Yo estaba pensando en otra cosa. ¿Vamos al cine?

—¿Al cine? —Dejé lo que estaba haciendo y lo miré. La ilusión que me había hecho al escucharlo se desvaneció cuando intuí que debía de estar de broma. Continué con los platos y le seguí la corriente—. Vale, y después me llevas a cenar una buena mariscada.

—Ojalá pudiera ofrecerte la mariscada. Pero lo del cine lo digo en serio. —Sacó unas monedas del bolsillo—. He sacado unos duros de más. Vamos, que te invito. Pero no se lo digas a mi hermana, que ya sabes cómo es con el dinero.

Miré las monedas, dividida. Se podían hacer muchas cosas con ese dinero.

Podía comprar más comida o ahucharlo por si se le rompía la red.

Si pensaba con la cabeza, debía rechazar el ofrecimiento y obligarlo a guardarlo.

Lo miré. Esperaba mi respuesta con ojos suplicantes y entonces dejé el sentido práctico a un lado.

Se desvivía por los demás. Acudía al trabajo y luego salía a faenar por su cuenta para sacar algo más en el estraperlo.

Pensaba en todos menos en él. Se merecía ir al cine y, ya puestos, yo también.

¿Qué me frenaba, entonces? Quizá era consciente de los sentimientos que lo movían a invitarme.

Y, además, cabía la posibilidad de encontrarnos allí con don Cibrián y que las cosas se complicaran.

Pero Yurde no iría al cine solo y pocas oportunidades se presentaban.

Además, el trayecto de ida y vuelta nos daría la oportunidad de estar a solas para explicarle lo que había pasado en la tienda y pedirle su opinión.

Si lo que dijo el conde fueron realmente amenazas, era capaz de delatar a Yurde a la Guardia Civil.

Y, aunque no lo fueran, estaba claro que sentía celos.

Tal vez a él se le ocurriera qué podíamos hacer.

Recordé la mirada vacía de tiburón y me dio mala espina.

Quizá deberíamos alejarnos durante un tiempo y, de ser así, ¿por qué no aprovechar e ir al cine?

—Venga, vale —accedí, quitándome el delantal.

—¿Sí? —Los ojos de Yurde brillaron como estrellas. Parecía un niño al que le habían dado un caramelo—. ¿Y cuál te apetece ver?

— La vuelta del ruiseñor , que dicen que tiene música.

—Pues, La vuelta del ruiseñor será.

Marina entró en la cocina. Se quedó en la puerta mirándonos y apretó los labios. Se acercó a poner la cafetera con el aguado sucedáneo de café.

—No pongas para nosotros, Marina. Ya nos vamos —dijo Yurde y le dio un beso.

—Pero ¿adónde vais con este viento? Hace un día como para estar de paseo, vamos. —Me miraba a mí.

—No vamos a estar por la calle, no te preocupes —le aseguró su hermano.

Me acerqué a mi cuñada y le di un beso. Yurde ya había abierto la puerta, pero Marina no pareció conforme.

—¿No pensabais despediros? —Diego salió de la habitación con Laro de la mano.

Me acerqué y me agaché para estar a la altura de mi sobrino, que me abrazó y me dio el beso más dulce y tierno del mundo.

Suspiré y me lo comí a besos hasta que se separó de mí con la nariz arrugada, quejándose con un «¡Ay, tía Abilia, para!

». Lo solté entre carcajadas y se refugió en los brazos de su tío Yurde, que lo alzó como una pluma hacia el techo.

La casa se llenó con sus risas frescas. Diego me miraba con una expresión mezcla de ternura y orgullo.

—Reconforta, ¿verdad? —me dijo. Le sonreí y me despedí con un beso. Me dio una palmadita cariñosa en la mejilla—. Pasadlo bien.