3. El milagro de los panes y los peces #3
—¿Leche? —Marina miraba la botella como si de un lingote de oro se tratara.
—Un trueque. Los zagalucos tienen que crecer fuertes.
Sabiendo que el conde tenía vacas, ya imaginé yo de dónde vino el trueque. Marina lo miró como si fuera un Cristo aparecido y se le echó al cuello, loca de contenta.
Sonreí ante la tierna escena. ¡Cuánto me hubiera gustado tener con Diego la relación que tenían ellos dos!
Sobre todo, porque Diego era mi único hermano.
Pero él y Yurde eran completamente opuestos, ahí estaba la diferencia.
Ambos, nobles y buenos. Ambos con un carácter explosivo y, para ambos, su familia era lo primero.
Pero ahí acababan las similitudes. Yurde podía enfadarse con facilidad, no obstante, distaba de ser rencoroso.
Daba de sí hasta su aliento, si con eso ayudaba a alguien.
Siempre tenía una sonrisa en la cara. Sus ojos miraban con bondad.
Veía lo bueno de las personas. Y Diego… bueno, mi hermano era un volcán que, cuando entraba en erupción, resultaba muy difícil de calmar, y los efectos podían ser devastadores.
Se desvivía por los suyos, eso sí, pero no tenía ese carácter sacrificado por los demás.
Sus ojos eran como dos cavernas negras que guardaban muchos secretos y el dicho «piensa mal y acertarás» era su lema.
Aparte, Yurde y Marina eran amigos. En realidad, todos los hermanos Alonso, cinco en total, se llevaban muy bien entre ellos.
El mayor, Francisco, tenía un carácter tranquilo y sosegado.
Casado con una mujer igual de buena que él y con dos hijos, como el mío.
Además de ser cuñados, Diego y él eran los mejores amigos, lo cual me extrañaba por lo distinto de su carácter.
La segunda, Nieves, era viuda y tenía tres hijos.
Su marido, Domingo, había muerto en la guerra hacía tres años.
Se había visto obligado a participar, no por ideales, en el bando nacional.
Mi padre era republicano y Domingo le tenía mucho aprecio; por eso, cuando vio que lo habían apresado, lo ayudó a escapar.
Esa fue su propia sentencia de muerte. Desde entonces, mi madre tenía con Nieves una atención especial y cuidaba de ella y de sus hijos como si de una tercera hija se tratara.
Luego estaban Marina y Yurde, cuya relación envidiaba, y el pequeño, Colás, que había sido el mejor amigo de Yurde y que también murió en la guerra.
Diego y yo solo nos teníamos a nosotros, pero nunca llegamos a ser amigos, ni a tener una relación tan estrecha como ellos.
Para colmo, después de la muerte de mi padre, adoptó su papel.
Si no hubiera sido por mi madre, que lo frenaba, habría intentado disponer de mi vida.
Para todo lo que yo hacía tenía una opinión que compartir.
Desvié la mirada hacia la olla y removí el caldo.
Cuando los miré de nuevo, Yurde, aún abrazado por su hermana, me miraba con una expresión, mezcla de tristeza y preocupación, que cambió enseguida.
De entre todas las palabras que Marina me había dicho, vino a mi mente una frase: «¿Es que no piensas casarte nunca?
». Algo así, más o menos, había sido. ¡Claro que quería casarme!
Y ya tenía una edad en la que debía pensarlo con más seriedad.
No estaba en mis planes, pero miré a Yurde y, por primera vez, me planteé qué supondría comprometerme con él.
¿Qué había visto el conde en nosotros que despertó sus celos?
Yurde era mi mejor amigo. Si aceptaba la proposición del conde, ¿afectaría a mi relación con él?
Siempre seríamos amigos, ¿o no? Mi cuñada había dicho que una joven le había echado el ojo.
No resultaba nada extraño. Un día se cansaría de adorarme en silencio y pondría sus ojos en otra.
¿Seguiríamos siendo amigos si él se casaba?
¿O su esposa también tendría celos de mí?
Para que nada cambiara, ¿debía casarme con él?
Amaba a Yurde, pero no de ese modo. ¿Y si no me enamoraba nunca?
¿Qué más daría entonces casarme con un hombre u otro?
Pensando de forma práctica, Cibrián suponía un partido envidiable.
Si mis sueños personales no podían cumplirse, ¿por qué no los familiares?
Cuidar de mi familia era muy importante para mí.
Pero… ¿y si la situación cambiaba pronto y podía marcharme a París?
Además, ¿qué pasaría con Yurde? Si aceptaba al conde, nuestra amistad debía acabarse, pero, si lo rechazaba…
Bueno, ¿sentía tantos celos como me había dado a entender?
¿Llegaría hasta el punto de desquitarse con él?
Ninguna opción me satisfacía. Cada vez que ponía un argumento en un lado de la balanza, esta se inclinaba en un movimiento acompasado.
Me resultó imposible aclararme. Debía esperar a que mi madre volviera de su viaje para hablar sobre el tema.
Ella, sin duda, sabría qué hacer y me ayudaría a tomar una decisión.