3. El milagro de los panes y los peces #2
—No es justo que me digas eso, cuando tú eres la primera que niegas tal relación.
Y, a fin de cuentas, esto no se trata de un amor adolescente.
¡Por Dios, que ya tienes una edad! —«Que se te pasa el arroz» era lo que quería decir, pero se cuidó mucho de no usar esas palabras—.
Y sabes que me hubiera hecho muy feliz verte con mi hermano, pero, siendo realistas, don Cibrián es mucho mejor partido. ¡Un conde, nada menos!
—Sigue sin haber títulos nobiliarios, por si no te acuerdas.
—Es cuestión de tiempo —dijo, haciendo un aspaviento con la mano para quitarle importancia al asunto—. Deberías saltar de alegría. La pregunta es: ¿por qué no te alegras tú?
—Pues, sinceramente, no lo sé. —Estaba rígida en la silla y agarrando las enaguas de la mesa con fuerza—. En fin, te acabo de decir que me quiero ir a Francia. Si me caso con don Cibrián, tendría que despedirme de la costura para siempre.
—¿Y?
—¿Cómo que «y»? La costura, Marina. Sabes lo que significa para mí.
—Estoy segura de que cuando tengas esa nueva vida no la echarás en falta. Bueno, le has dicho que sí, ¿no?
—No —contesté mientras estiraba las ropas de la mesa sobre las rodillas.
—¡Estás loca! —reaccionó despacio, mientras negaba con la cabeza—. No puedo creerlo.
—Tranquilízate, Marina. Tú no estabas allí. Si hubieras escuchado cómo hablaba de tu hermano… —La voz se me quebró por la emoción—. Si hubieras visto su mirada…
—¿Sabes cómo nos ayudaría ese matrimonio a todos? ¿El alivio que traería a la familia? Si no lo haces por ti, piensa en los demás. En tu madre, en nosotros. No creí que fueras tan egoísta.
Esa última frase me provocó un nudo en el pecho que terminó de empujar las lágrimas fuera.
Sabía perfectamente lo mucho que mejoraría la calidad de vida de mis seres queridos ese enlace.
Al pasar el rato y calmarme, me habían invadido la duda, la culpa, el sentimiento de estar siendo egoísta al pensar en rechazarlo.
En esos instantes, al escuchar a Marina, el sentimiento se reforzó, pero también la tristeza de comprobar que no pensaba en mí en absoluto.
No lo había hecho don Cibrián y no lo estaba haciendo mi cuñada.
Entonces, la tristeza se me tornó en rabia.
—¿Me acabas de llamar egoísta? ¿Tú, que quieres que me case para tu desahogo económico? Vosotros no tendréis que convivir con él, seré yo.
—Menuda cruz la tuya, vivir como una reina, que es como estarás —respondió con sorna—. ¿O acaso has visto a la señora Trueba llorar por los rincones?
—Quizá sí llora por los rincones y no lo sabemos. Tú no lo conoces.
—¿Y tú sí?
—Lo suficiente.
—¿No estarás agriando al conde adrede para excusarte?
—¿Y tú? ¿No estarás idealizando a ese hombre solo por ser de la aristocracia?
No puedes escudarte en la relación que tiene con su madre, la cual, por cierto, desconoces, para imaginar cómo sería como marido.
Y yo no sé si quiero llevarme una sorpresa desagradable.
—Me limpié otra lágrima—. Quién sabe de lo que es capaz.
—¿A qué te refieres?
—¿Crees que vino con flores a enamorarme y pedir mi mano? Es celoso… posesivo. Y me impuso condiciones con consecuencias.
—¿No estarás exagerando?
—Me dio a entender que, si no dejaba de ver a Yurde, le pasaría algo.
Marina soltó una carcajada.
—¡Ay, Abi! ¡Qué poco conoces a los hombres! No son tan románticos como en esas películas del cine. Si te ha dicho algo de mi hermano, será porque está celoso de que pases tanto tiempo con él. Además, si crees que puede cumplir sus advertencias, mayor motivo para aceptar.
Se levantó y fue a la cocina de nuevo. Esta vez la seguí.
—Tú te casaste por amor, ¿no? Enamoradita estabas de mi Diego.
¿Por qué tengo que ser yo la que se sacrifique por todos?
—No quería entrar en el terreno de «yo no quiero ser solo una ama de casa, como tú.
Yo tengo otras inquietudes», porque entendía que la mayor ilusión de Marina siempre había sido ser madre y no quería ofenderla.
También sabía que mi cuñada no me entendía y sería malgastar saliva.
—Porque eres a la que se le ha presentado la oportunidad. ¿Es que pretendes quedarte soltera toda la vida?
—No, claro que no.
—¿Entonces? ¿Por qué no elegir a un hombre que puede darte lo que muy pocos pueden ofrecer en los tiempos que corren? Seguridad, comida y abrigo. ¿Los últimos años no te han hecho apreciar esas cosas en lo que valen?
—Sí, claro que sí. Pero también valoro la libertad. Y el matrimonio no es un juego, es un contrato.
—Exacto. Un contrato que te beneficia mucho.
—¿A mí? ¿O a la familia? —Las dos nos callamos.
Habíamos subido el tono de más. Después de calmarnos un poco, continué.
Marina se había vuelto hacia la olla y negaba con la cabeza—.
No estoy en contra del matrimonio, Marina, tú lo sabes.
Pero somos muy diferentes. Por ejemplo, tú eres capaz de ser feliz con un hombre con el carácter de Diego, pero yo conviví muchos años con él en casa y nos matábamos.
—Tu hermano es un buen hombre, se le va la fuerza por la boca —contestó sin volverse, en tono de reproche.
—Lo sé. No quise decir… Es probable que el problema sea yo, lo reconozco.
Que quiera para mí un hombre que me trate como mi padre trataba a mi madre, y que de esos queden pocos.
¡Y tengo miedo! Me aterra que la convivencia sea un infierno, que tenga que dejar de trabajar, que me impida hacer cualquier cosa que me proponga…
No te pido que lo entiendas, solo que me apoyes. Eres mi amiga… No, eres mi hermana.
Marina se volvió. Mi cara estaba empapada en lágrimas y debía reflejar tal desamparo que, finalmente, chasqueó la lengua y se acercó a darme un abrazo. Su voz era suave y casi en un susurro cuando me dijo:
—Perdóname, anda, que me irrito muy fácil.
—Me frotó la espalda con cariño. Se separó y secó mis lágrimas—.
Siento haberte llamado egoísta. ¡Por Dios, que no es cierto!
Con todo lo que haces por nosotros. Sobre todo, por mis niños, que siempre les traes ropa, bufandas, gorritos… Que no se me olvida, ¿eh?
La sonrisa de Marina y sus palabras me conmovieron. El nudo que se me formó en el pecho me impidió hablar, así que solo sonreí y asentí. Me di la vuelta y me puse a recoger la encimera. Necesitaba hacer algo para no llorar de nuevo. Un poco más calmada contesté.
—Haría lo que fuera por esos dos soles.
Mi cuñada sonrió.
—De todas formas, si lo tienes tan claro, ¿por qué estás así?
Negué con la cabeza, indecisa.
—Es que ese es el problema, no sé qué hacer. Hay muchos motivos para aceptar, pero tengo un mal presentimiento.
Me frotó los hombros en un gesto enérgico y me abrazó de nuevo.
—Después de todo, a lo mejor sí es buena idea que te vayas un tiempo, aunque no sea a Francia —me recomendó al oído.
Sonaron unos golpes en la madera. Ambas miramos a la puerta de la cocina y allí estaba Yurde de pie; había tocado con los nudillos en la puerta para llamar nuestra atención.
—¿Se puede? —preguntó con una expresión en la cara con la que parecía preguntar «¿pasa algo malo?».
—Yurde, pasa, a ver qué traes —dijo Marina, mientras se acercaba—. No he escuchado la puerta.
—Es que soy sigiloso como un gato —bromeó con una sonrisa y dejó las cosas sobre la encimera.
Me miró. Yo me esforcé por disimular que había estado llorando.
Se lo contaría más tarde, pero en esos momentos no quería preocuparlo.
Me sonrió y me guiñó un ojo. Le devolví la sonrisa y me acerqué para ver lo que había traído.
Un paquete grande de sal, un paquetito de azúcar, un poco de arroz y un litro de leche.