Vientos de cambio y cenizas 3. El milagro de los panes y los peces
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3. El milagro de los panes y los peces

D espués de aquel suceso sentí tal desamparo que ni la costura logró relajarme y volví a casa de Marina.

Se extrañó al verme llegar tan temprano.

Preparaba el almuerzo en la cocina y me remangué para ayudarla.

Se mantuvo en el otro extremo de la encimera sin quitarme el ojo de encima y, aun así, limpió el pescado a una velocidad que me asombró.

Una perfecta ama de casa, rápida y eficiente.

No solo se le daban bien las labores del hogar, sino que además las disfrutaba.

A pesar de tener dos niños pequeños, mantenía la casa impoluta.

A mí se me daban bien la cocina y la limpieza, pero dedicaba más tiempo a coser, y la falta de práctica se notaba.

Mi cuñada, en cambio, era casi lo único que hacía.

En hacendosa no le ganaba nadie, y su casa era reflejo de ello.

El salón resultaba austero, pero decorado con buen gusto.

Los sofás, viejos, pero bien cuidados. La mesa y las sillas, buenas; las fabricó mi padre como regalo de bodas.

Los niños relucían como soles, y la cocina se le daba de maravilla.

Sus manos eran un tesoro que nunca supe por qué le tocó a Diego.

Sentí envidia. Si yo fuera un poco más como ella, me dije, muchas de las angustias que me azotaban desaparecerían.

El tipo de mujer capaz de vivir feliz al lado de un hombre como mi hermano y que a don Cibrián le gustaría desposar.

Él había hablado de mi personalidad, de las cualidades que, según él, hacían de mí una buena esposa.

Sin embargo, pensando en frío, esa lista aplicaba más a mi cuñada que a mí.

Y estaba convencida de que ella en mi situación habría aceptado sin reparos. ¡Qué diferentes éramos!

Allí estábamos las dos, en la cocina, limpiando el pescado.

Un regalo del cielo, pues con la mar tan revuelta, lo normal hubiera sido que Yurde llegara a casa con las redes vacías.

Dios debía de estar velando por nosotros en ese sentido.

No por nada, Marina le rogaba constantemente.

Aunque, por lo duro de los últimos años, había aprendido que Dios no evita que las desgracias sucedan, pero sí da las fuerzas para soportarlas y reponerse.

Y eso le pedía yo, que mirara mi angustia por tener que tomar una decisión tan importante y que me obrara un milagro. Marina rompió el hielo.

—¿Va todo bien? Estás muy callada.

—Pensaba en el milagro de los panes y los peces —contesté. No era mentira, mis pensamientos habían derivado en eso.

Marina se rio.

—Desde luego, con el día que hace, parece un milagro que mi hermano trajera tanto. Ya Diego se llevó el resto para repartirlo a la familia.

—¿Cómo está tu madre, por cierto? Hace días que no la veo —pregunté, limitándome a seguir el hilo de lo que ella decía. No tenía ganas de contestar la pregunta que me había hecho y que se había perdido en el aire.

—Está bien. Hoy quería llevar a los niños al parque, pero le mandé avisar que no saliera. La pobre está delicada de salud. Con el aire que hace no me quiero arriesgar a que se constipe.

—Has hecho bien. En un par de semanas podrá sacar a los niños de paseo hasta aburrirse. Ahora mejor que se cuide.

Terminé con el último pescado del plato y cogí el siguiente.

—No, esas sardinas no las arregles —dijo mi cuñada.

—¿Y eso?

—Son para salarlas. Le he encargado a Yurde que me traiga la sal que pueda.

—¿Crees que conseguirá suficiente para esta cantidad?

—Lo que Yurde no consiga… —Se echó a reír—. Y, si no, la multiplicamos, como los panes y los peces.

Ambas nos reímos. «A la fuerza ahorcan», decía el refrán.

Habíamos aprendido a hacer malabares con lo poco que conseguíamos.

Juntábamos las migajas que recogíamos unos y otros, y al final comíamos todos.

Me limpié las manos mientras Marina me observaba fijamente.

Se las limpió también, soltó el trapo en un golpe seco y se llevó las manos a las caderas.

—¿Me vas a contar ya lo que te pasa? ¿O te lo tengo que sacar con tenazas?

¡Cuánta razón tenía mi madre! Siempre decía que soy transparente y que todo se me nota en la cara, pero lo último que me apetecía era hablar con ella del tema. No estaba en condiciones de soportar uno de sus sermones. Me encogí de hombros.

—No quiero hablar de eso.

—Si es por lo de esta mañana, lo siento mucho. No quería agobiarte. Ya sabes que digo las cosas según me vienen a la cabeza.

—¡Qué tontuca ! ¿Cómo voy a estar enfadada por eso? ¡Como si no te conociera!

Hubo un momento de silencio durante el cual pensé que cambiaría de tema, pero me equivoqué, porque continuó con las pesquisas.

—¿Entonces? ¿Es por mi hermano? ¿Te ha hecho algo?

—¿Qué? ¡No! ¿Por qué siempre que me pasa algo tiene que ver con él? —me quejé.

—Ay, no sé. Es que estás muy rara. ¿Seguro que no es por mí? Sé que lo de ir esta mañana a la tienda ha sido una excusa para no oírme.

—Y me vendría bien emplearla ahora —dije entre dientes.

—¿Qué?

—Nada. —Intenté pensar en un tema para desviar la conversación.

Cualquier cosa habría servido: los niños, mi hermano y su trabajo, la ropa…

pero no, mi mente se quedó en blanco. Suspiré—.

Que no es por ti. Ni por tu hermano. Es por algo que ha pasado.

—Mejor era contárselo, si no, la conversación podía seguir así hasta destrozar mis nervios.

Me di la vuelta y llené la olla de agua.

—¿Qué ha pasado? —preguntó preocupada.

Ya era suficiente el lío que tenía en la cabeza por culpa del conde, para tener que lidiar también con el entusiasmo de Marina, que no entendería mis dudas por mucho que se lo explicase.

Me invadió un deseo repentino de huir… a Francia, aun estando en guerra, ¿por qué no?

Metí las cabezas de pescado y las raspas dentro de la olla que había puesto al fuego.

—Anda, ven, vamos a sentarnos un momento y me lo cuentas.

Me llevó al salón de la mano y nos sentamos en la mesa, al calor del brasero.

Esperó en silencio, con los ojos muy abiertos. Nos conocíamos desde pequeñas y sabía muy bien que me costaba arrancar cuando algo me angustiaba, pero se lo acabaría contando. Empecé la conversación por algo que me hacía sentir mejor. Una noticia que aún no le había dado.

—Ayer recogí esto. —Saqué el documento del bolso y se lo enseñé.

—¿Ya lo tienes? Se me han pasado rápido estos seis meses. Como enfermera no lo haces nada mal, tienes buena mano con los pacientes.

—Sí, no es que sea un trabajo con el que disfrute, pero ahora estoy contenta.

Mi cuñada miró el documento de nuevo.

—¡Con las ganas que tenías! ¿Y ahora? —cuestionó levantando una ceja.

—Pues, lo primero, quisiera sacarme el carné de conducir. Y luego intentaré sacarme el pasaporte. Pero no sé si sea tan fácil… ni cuándo podré tener alguno de ellos.

—Está complicado y lo sabes —comentó Marina, mirándome como si yo estuviera loca—. Además, ¿para qué quieres el pasaporte?

—Lo he hablado con mi madre… puede que me vaya con mi tía a Francia de nuevo.

—¿Te vas a Francia? —preguntó más asustada que sorprendida.

—Eso quisiera, sí —contesté, guardando la cartilla de nuevo en el bolso.

—¡Si está en guerra!

—¡No ahora, mujer! Digo yo que en algún momento terminará, ¿no?

—Pero, si es por seguir aprendiendo a coser, tu madre es de las mejores.

—No es eso, Marina —Me sentí agobiada—. Hacer faldas para mujeres ajadas que te miran por encima del hombro, o trajes para estirados aristócratas —expliqué, pensando en don Cibrián y su madre—.

Yo quiero otra cosa… Aquí solo hacemos remiendos.

No es culpa de la gente. Ya les gustaría a muchas de nuestras amigas vestir con sedas.

Allí la moda sigue teniendo un papel importante, incluso, a pesar de la guerra.

Marina me escuchaba quejarme, pero todo lo que ella tenía en mente era:

—¿Y Yurde lo sabe?

Salí de mis pensamientos de chicas envueltas en lindas telas y trajes bonitos y la miré confusa.

—¿El qué? ¿Que quiero diseñar moda?

—¡No, tonta! Que te piensas ir a Francia. —Sonó más impaciente que enfadada.

—Claro, él lo sabe hace tiempo.

Me sentí incómoda. Volví a aclararle que Yurde era un amigo, un hermano para mí, como lo era ella.

Nada más. Aunque en mi fuero interno admití que para mí representaba mucho más que un hermano, porque Diego, que sí que lo era, a veces resultaba imposible de tratar y no se comportaba como tal.

Me cuidé de no decir estas palabras en voz alta, pues mi cuñada lo idolatraba y defendía a capa y espada.

No entendía cómo podía soportarlo, pero como decía mi madre: «siempre hay un roto para un descosido».

—Pero, a ver —intervino, cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza—, dejando a un lado el tema de mi hermano, que eso es cosa vuestra…

Espera un momento. —Se levantó y fue a la cocina a echar un ojo al fuego.

Volvió enseguida—. Si tan contenta estás con tus planes y ya tienes tu certificado, ¿qué es lo que ha pasado que te tiene tan apagada?

—Vino don Cibrián —dije. Revivirlo y ponerlo en palabras me costaba más de lo que había imaginado— y me encargó una falda para su madre.

—Sí, ¿y qué?

—Pues que era un pretexto.

—Un pretexto —repitió.

—Sí. Ha puesto los ojos en mí.

Marina hizo una expresión de agradable sorpresa.

—¿Te ha hecho una proposición? —preguntó ilusionada.

—Eso parece —repuse con el ceño fruncido. En parte, porque lo recordaba más como una imposición que como una proposición y, en parte, porque me molestó su reacción, a pesar de que se correspondía con la que había imaginado—. ¿No estás demasiado contenta?

—Pero ¿tú te has oído? Cibrián Cobo Trueba te ha propuesto matrimonio.

—Vaya, qué rápido se te ha ido de la cabeza la idea de tu Yurde y yo juntos.

Marina se puso seria.