Vientos de cambio y cenizas 2. Un trastolillo y una conversación incómoda #3
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2. Un trastolillo y una conversación incómoda #3

—Me alegra comprobar que es humilde, señorita. Otra cualidad preciada. No hay motivo de peso para no cortejarla. En cuanto me sea posible, hablaré con su hermano acerca de mi intención. Lo último que querría sería empañar su reputación.

Su insistencia me molestó más que halagarme.

—No estaba siendo humilde, solo le señalaba un hecho. Al hablarme de Yurde antes, dijo que estaba poniendo las miras por debajo de lo que me merezco, pero es usted quien lo está haciendo. Se lo ruego, piénselo mejor y permítame tiempo a mí para pensarlo.

—Puede pensarlo mientras nos vamos conociendo. ¿No cree? Para eso está el cortejo.

Me quedé sin argumentos. Abrí la boca, pero no supe qué decir y la cerré de nuevo.

—¿Hay algo más que la frene?

—Yo… Mi vida es esta, la costura, la moda. No sirvo para ser condesa.

Se rio, condescendiente.

—Seguirá disfrutando de la moda. La disfrutará mucho más, ya lo verá. Se acostumbrará pronto a que sean otras las que hagan vestidos para usted.

Lo pensé. Me imaginé luciendo los vestidos que soñaba con confeccionar.

—Poder hacerlos para mí… —susurré.

—No era eso lo que tenía en mente, querida. No me gustaría que se pensara que el conde de Santoña no es capaz de cubrir las necesidades de su condesa.

Una punzada me atravesó el estómago.

—No soy mujer que se contente con ser ama de casa. Soy modista y me gusta trabajar. Y me gustaría seguir haciéndolo una vez casada.

—Conmigo no. Pero el precio a pagar es insignificante comparado con los beneficios que obtendrá con esta unión. Tanto usted como su familia, ¿no cree?

—Solo un sentimiento muy fuerte podría hacerme renunciar a la costura, y no es el caso —le aclaré.

Mi voz sonó más dura de lo que había querido, pero no me lo reproché. El hombre me miraba sin pestañear. Unos eternos segundos después se caló el sombrero.

—El afecto lo da el roce y el tiempo. Está reforzado por la seguridad de una vida cómoda. No dudo de que aprenderá a encariñarse conmigo.

Se dirigió a la puerta sin esperar contestación.

—¿Puede afirmar eso con tanta seguridad? —cuestioné intentando sonar firme y no desesperada, que era como me sentía.

Don Cibrián, ya con la puerta abierta, se frenó y me miró. La sonrisa había desaparecido.

—Le daré tiempo para que recapacite. Mientras lo hace, espero…

, le recomiendo, querida Abilia, que abandone cuanto antes ciertas costumbres, como la de aguardar a solas de madrugada a otro hombre frente al mar.

Si es el caso que usted me ha dicho que entre Yurde Alonso y usted no hay relación romántica, confío en que no le costará mucho hacerlo.

Si no lo hace por mí, hágalo por él. No querrá ponerlo en peligro.

Su tono fue severo. Se despidió con un gesto del sombrero y cerró la puerta tras de sí, dejándome con la protesta en los labios y aquella segunda amenaza velada en el aire.

Estaba celoso de Yurde, entonces me quedó claro.

Aún no podía creerlo. El conde se me había declarado.

¿Por qué se habría fijado en mí? No me conocía lo suficiente como para que el escalón social que nos separaba le resultase tan pequeño.

Deseaba que apareciera otra joven, una de la aristocracia, y se olvidara de mí.

Pero en su última mirada, que me había recordado a la de un despiadado tiburón, no solo había visto orgullo, sino también determinación.

Me pregunté cuánta tendría y hasta dónde lo llevaría.

Me encontraba sola en la tienda, pero en lugar de sentir alivio, experimenté un miedo atroz que me obligó a sentarme.

Si lo pensaba fríamente, la proposición de don Cibrián sería un caramelo para cualquier joven casadera.

No solo prometía una vida desahogada para mí, sino también para mi familia.

Debía reconocerme que, en otras circunstancias, o en otro momento de la vida, me habría hecho ilusión.

Pero la forma en que había sucedido… esas amenazas, esos celos, ese precioso corsé que pensaba ponerme, porque era su idea de lo que la mujer quiere y necesita, me causaban rechazo.

Saqué de mi cartera el documento que había recogido la mañana anterior.

Había cumplido con mi Servicio Social [5] trabajando de enfermera en la Casa del Socorro y por fin tenía el ansiado sello en la cartilla que lo acreditaba.

Ese documento me abría las puertas a ciertas libertades que, de aceptar al conde, de seguro se me cerrarían de golpe.

Era simple: o pensaba en el bienestar inmediato de mi familia y mi seguridad económica, o en mi libertad.

Mis pensamientos volaron de nuevo junto a mi padre ausente, apreté con fuerza la cartilla contra el pecho y la impotencia me enredó un nudo en la garganta.

Eché el cerrojo a la puerta y me metí en la trastienda a desahogarme con la costura.

Sentí la amargura en el vientre y en la boca. Intenté quitarme presión recordándome que nadie podía obligarme a decir «sí, quiero» en un altar. Desde luego, me tendría que haber quedado en casa de mi hermano aguantando a mi cuñada.