Vientos de cambio y cenizas 2. Un trastolillo y una conversación incómoda #2
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2. Un trastolillo y una conversación incómoda #2

—Apuntaré el encargo, pero sería bueno que se acercara en otro momento a elegir la tela. —Una idea vino a mi mente y levanté la vista de la hoja—. ¿Acaso se encuentra enferma?

—No se preocupe, mi madre goza de una excelente salud.

—Gracias a Dios —suspiré—. Entonces le urge.

Entiendo que lo mande a usted con este clima —dije.

El viento hizo vibrar la ventana. No imaginé otra explicación para que la señora Trueba no hubiera venido ella misma a hacer el encargo, como era su costumbre—.

Mi madre no está en la tienda en este momento, pero puedo hacérsela yo.

—No, querida. —Se acercó hasta acortar la distancia entre nosotros con expresión apenada—. No quisiera que estas delicadas manos —me las acomodó entre las suyas como si se trataran de un pajarito herido— se vieran lastimadas en una máquina de coser. Las agujas son peligrosas.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me apresuré a librarme del tacto frío de ese hombre, escandalizada por el atrevimiento. Di gracias al cielo por el mostrador que nos separaba.

—No se preocupe. —Cogí la cuartilla para quitarme la sensación desagradable—. Estas manos son duras y están acostumbradas a las agujas. Pero, si lo prefiere, se ocupará mi madre.

—Sí, eso me parece mejor —accedió con la sonrisa alicaída ante mi reacción.

Terminé de anotar y guardé la cuartilla. Esperaba con ese gesto darle a entender al caballero que su cometido estaba cumplido y que ya podía marcharse, pero no se movió de allí.

—¿Necesita algo más? —inquirí con la misma expresión y tono que usaba con todos los clientes, a pesar de estar impacientándome.

La sonrisa había aparecido de nuevo con más fuerza en su rostro y titubeó. Sospeché entonces que la visita no tenía nada que ver con el encargo de la falda que acababa de hacerme.

—A decir verdad —dijo, con cautela—, me preguntaba…, perdone mi atrevimiento, ¿cómo una joven tan bien parecida como usted no está aún casada? Es servicial y dócil, cualidades que todo hombre busca en una esposa. ¿Dónde tienen los hombres los ojos?

El comentario me incomodó. Si mi madre hubiese estado presente, no habría sido tan descarado.

La privacidad y su posición social sin duda lo habían alentado.

Habría esperado ese tipo de comentario paternalista de alguien allegado, que me tuviese un gran cariño.

Pero viniendo de él me produjo repulsión.

Mi primer impulso fue el de aclararle que eso no era de su incumbencia, pero se trataba de uno de nuestros mejores clientes y no me quedaban muy claras cuáles habían sido sus intenciones.

Por la edad, me inclinaba a pensar que eran paternales, pero el brillo de sus ojos y esa sonrisa me desconcertaron.

Dudé unos segundos mientras sopesaba la respuesta más apropiada.

¿Y si mi intuición me fallaba? Quizá solo fuese interés o curiosidad…

Los hombres también podían ser muy cotillas.

—Le agradezco el cumplido; no obstante, ya tengo un hermano mayor que, a falta de mi padre, vela por mi futuro en ese y otros asuntos. No debe preocuparse.

Mi hermano en eso ni pinchaba ni cortaba, y tampoco lo había pretendido hasta el momento.

Sabía que haría lo que yo quisiera y tenía el apoyo de mi madre.

Con mi respuesta desviaba su interés a mera preocupación paternal y esperaba que ahí se quedara el tema.

Además, lo de servicial no podía negárselo, pero se equivocaba en lo de dócil, y mucho.

En el vocabulario de ese hombre, significaba sumisión servil.

Y de eso nada.

—Entiendo —dijo, y dio un corto paseo—. Sin embargo, quizá las miras de su hermano hacia usted se queden cortas. —Se volvió hacia mí, dejando ver de nuevo su amarillenta dentadura—. ¿Es posible que piense que la mejor opción para usted es un joven pescador sin futuro ni dinero?

Hablaba de Yurde, y lo estaba menospreciando. La rabia subió hasta mis mejillas y se transformó en un rubor que él confundió con pudor. Abrí la boca para contestar cuando me interrumpió.

—No se sonroje por lo que le he dicho. Una joven de su edad debe pensar en su futuro. Por mucho que su familia la anime a sentir afecto por alguien que está muy por debajo de lo que se merece, no debería cerrarse puertas.

—No entiendo a qué se refiere «por debajo de lo que me merezco». No me cabe duda de que la mujer que tenga la fortuna de compartir su vida con Yurde Alonso será muy feliz. Porque supongo que se refiere a él.

—Lamento si la he ofendido. Así es, hablaba de Yurde Alonso.

No me malinterprete, me gusta el joven. Es trabajador y resuelto.

También es apuesto. Y, aunque la juventud y la lozanía son una buena carta de presentación, sin duda, en el tipo de empleo como el que él tiene los accidentes ocurren con mucha frecuencia.

La suerte del padre del joven lo avala. No querría quedarse viuda de repente o llorar por un prometido que la mar no devuelve.

Y no digamos si, además, corre riesgos innecesarios.

¿Sabe? He oído que un joven ha muerto hoy en la playa, cuando llegaba a la costa con pescado de contrabando. Su amigo podría correr la misma suerte.

La sonrisa había desaparecido y su mirada fija me heló la sangre. Sus ojos estaban vacíos como los de un tiburón sin piedad. ¿Cómo era posible que la primera vez que vi esos ojos azules me resultaran bonitos?

No sabría expresar por qué esas palabras me provocaron un vuelco en el corazón, pero se quedaron flotando en mi cabeza. Quizá fue su mirada, pero tuve que hacer un esfuerzo para rechazar la idea de que se trataba de una amenaza. Respiré profundo, me estaba costando mucho no sonar maleducada.

—Sin embargo, usted le presta su camioneta para esos menesteres y se come su pescado.

Se encogió de hombros.

—No digo que lo que hace el joven no sea valioso. Ya le he dicho que Yurde me cae bien. Es valiente y trabajador. Solo le hago ver la realidad de su situación. ¿Qué mujer querría empezar una relación con el riesgo a quedar viuda desde el inicio?

—Una que lo ame, supongo.

—¿Es ese su caso?

—Discúlpeme, don Cibrián, pero está siendo demasiado curioso.

Solo le diré, aunque no sea de su interés, que no estoy pensando en casarme en breve ni con él ni con nadie.

Para mí el matrimonio no es una prioridad, pero lo considero un asunto serio.

Y no se preocupe por mi futuro, soy yo quien lo elige, y sabré elegir bien. Mi padre me enseñó a ser práctica.

—Me alegra escuchar eso. —La falsa sonrisa volvió a su cara—. El sentido práctico le dirá entonces que yo soy mucho mejor partido y que tengo mucho que ofrecerle. Si me permite serle sincero, me llama usted la atención de un modo especial y me gustaría cortejarla.

No pude disimular la expresión de desagrado en el rostro y me di la vuelta para que no lo notara.

¿Toda la conversación había sido el preludio de una declaración?

¿Cómo pretendía que respondiera después de sentirme molesta?

Sin saber aún qué contestar, me di la vuelta al escuchar abrirse la puerta de entrada.

Como caída del cielo entró una clienta. Mi vecina Manuela.

—Buenos días, Abilia —saludó frotándose las manos.

—Buenos días, Manuela —respondí—, te atiendo enseguida.

Entonces, don Cibrián, dígale a su madre que nos haga saber la tela que quiere.

Puede pasarse otro día a escogerla o podemos llevarle unas muestras a su casa.

—Una sonrisa nerviosa me salió sola. Me dirigía contenta hacia mi salvadora cuando el hombre me contestó:

—Gracias, señorita Abilia. Pero, si me lo permite, quisiera escoger yo mismo la tela.

—Por supuesto. —Me volví a descomponer. ¿Había malinterpretado mi sonrisa de alivio?

¿No se iba a marchar sin una respuesta? Aunque realmente no había formulado ninguna pregunta.

Después de señalarle las telas que creí que serían del gusto de su madre, atendí a Manuela, que me leyó el malestar en la cara.

Le despaché todo lo que pidió y que, haciendo tiempo para que el caballero se fuera, habían sido más cosas de las que quería y podía permitirse. Lo miró de soslayo con el ceño fruncido.

Yo no me sentía preparada para ese tipo de conversación.

Necesitaba tiempo para pensar y la ayuda inestimable de mi madre.

Cibrián Cobo estaba interesado en mí. Para cualquier otra mujer, habría sido un sueño.

Para mí debería de haberlo sido, pero… ¿por qué sentía tanto rechazo, entonces?

Quizá por el miedo a que mis planes laborales se vinieran abajo, o por todo el prolegómeno sobre Yurde que me había puesto de mal humor.

Manuela me sacó conversación durante un buen rato, pero no podía quedarse más tiempo, pues había dejado a los niños solos en casa. Me dedicó una mirada de ánimo y desconsuelo, y después de una corta despedida se marchó.

—¿Se decide? —le pregunté al caballero una vez nos quedamos solos, deseando que aquello acabara de una vez.

—¿Y usted? —Me devolvió la pregunta y me clavó una mirada tan profunda que pensé que sería capaz de ver hasta mis pensamientos—. No ha dicho nada sobre mi proposición.

—Don Cibrián, me honra con su interés, pero, como le he dicho, no es mi prioridad casarme ahora y, en tal caso, no creo apropiado aceptar sus atenciones. Estoy segura de que encontrará cien mujeres más dignas que yo dentro de su esfera social.

El hombre sonrió y señaló una de las telas.

—Esta.

—Muy bien.

Confundida por su evasiva y su sonrisa confiada, cogí de nuevo la hoja de papel y apunté la referencia.