Vientos de cambio y cenizas 2. Un trastolillo y una conversación incómoda
6%

2. Un trastolillo y una conversación incómoda

M e marché disgustada de casa de mi cuñada Marina bajo la excusa de que tenía trabajo pendiente en la tienda; la conversación me había puesto de mal humor.

El anuncio de tenernos a su hermano y a mí a la mesa la había alegrado, pero después había derivado en una perorata que giraba en torno a lo buena pareja que hacíamos su Yurde y yo.

Que no entendía cómo no nos habíamos casado ya, si siempre andábamos juntos.

Que me iba a quedar para vestir santos. Que era evidente que a su hermano le gustaba, pero que era un hombre con necesidades y no me iba a esperar toda la vida.

Que ya la muchacha que le arreglaba las redes le había puesto ojitos y una serie de retahílas que lo que consiguieron fue agobiarme y quitarme las ganas de plantarme en su casa de nuevo a la hora de comer.

Las calles se habían despertado y estaban llenas de vida.

Me gustaba pasear por ellas y observar a la gente ir y venir, enfrascada en sus quehaceres, pero el clima no invitaba a pasear, así que hice lo que le había dicho a mi cuñada que haría y me dirigí a la tienda enfundada en mi abrigo.

Mientras, le daba vueltas a la conversación.

Que se me pasaba el arroz era algo que mis allegados no me permitían olvidar.

A mis veinticuatro años ya resultaba raro que no estuviera casada, con al menos un hijo, o dos, como mi cuñada.

Y que Yurde me amaba era un secreto a voces.

No se trataba de que me sintiera indiferente hacia él en absoluto, sentía un fuerte afecto hacia mi amigo.

Muy allegado. Casi familia. Me gustaba pensar que lo éramos, porque Diego, mi hermano, estaba casado con su hermana Marina, pero ya mi cuñada se encargaba de recordarme que no había sangre de por medio.

Todo el que me conocía sabía que no era una romántica, nunca lo había sido, pero eso tampoco significaba que no pensara en el matrimonio.

Solo quería hacer otras cosas antes de eso y, si la guerra no se hubiera interpuesto, ya lo habría conseguido o estaría en proceso.

Pero lo hizo, y congeló mis intentos en el tiempo.

Ya jamás recuperaría esos años. Y no era que tuviera grandes aspiraciones.

Quería casarme y tener hijos, claro, pero también diseñar ropa y darle forma en mi taller como hacía mi madre.

Sin embargo, la sociedad entonces dictaba otro camino.

Todo lo que se esperaba de una mujer consistía en ser una esposa servicial y hacer del hogar un oasis donde el marido, su dueño y señor, se encontrase a gusto; porque, al parecer, solo podía sentirse realizada de esa forma.

Esto nos reducía mucho las expectativas de futuro laboral.

Sobre todo, de las casadas; ya que, al casarme, necesitaría el permiso de mi marido para trabajar, para sacarme el carnet de conducir y para obtener un pasaporte, entre otras cuestiones.

Esto me repelía en extremo. Y, a pesar de lo felices que mis padres habían sido en su relación, el miedo a que me negaran todo aquello me había hecho despreciar el matrimonio como institución.

¿Y si yo no tenía tanta suerte? Mi camino y el que la sociedad me dictaba eran tan diferentes que me sentía perdida en la encrucijada, y frustrada.

Cada vez que pensaba en ello, me sorprendía reprochándole en silencio a mi padre haberme criado con aspiraciones y haberme hecho creer que podía conseguirlas. Yo deseaba todas esas cosas porque él me hizo creer que podía tenerlas.

Me limpié con rabia las lágrimas que me rodaron por las mejillas y sentí el frío acentuarse en la piel húmeda.

Cuando tomé conciencia de dónde estaba, había llegado a la calle San Francisco y me hallaba frente a la puerta de la tienda.

Mi madre tenía buen gusto. El cartel de la entrada mostraba una caligrafía cuidada.

Lo escribió ella misma en una madera que mi padre grabó y pulió a mano.

La barnizó y la colgó él mismo. Fue un buen padre y un magnífico marido.

Trabajaba con habilidad la madera y, junto a su amigo Iyán, montó en su día una empresa tonelera que permitió a mi madre abrir su tienda de telas y trabajar de modista.

Durante mi infancia, el sueño de mi padre había sido que siguiera los pasos de mi progenitora y heredara la tienda.

La tonelería para mi hermano. Aunque, con ocho años, he de reconocer que trabajar la madera y darle forma me llamaba más la atención que pasarme el día cosiendo.

No fue hasta que aprendí a hacer mi primer patrón que aquel sueño pasó a ser mío también.

La fachada de color blanco representaba un lienzo perfecto para la madera pintada de verde botella de la puerta de entrada y el marco del escaparate, en el que se veían las telas extendidas y expuestas con los precios en carteles que yo escribí.

Fue un gran alivio entrar en el establecimiento.

A pesar de que la temperatura dentro también era baja, la ausencia del viento me produjo una sensación de calidez.

La estancia era cuadrada, no muy grande.

A ambos lados de la entrada, las estanterías de madera forraban las paredes y en ellas descansaban las telas, apiladas unas sobre otras.

Estas también las hizo mi padre. Al frente, a unos siete pasos desde la puerta, se encontraba el mostrador.

El dibujo grabado de los bordes iba a juego con el de las estanterías, lo mejor que vi hacer a mi hermano.

¡La tienda entera estaba llena de recuerdos!

Tras el mostrador solo había cajones con cuartillas, etiquetas, inventarios, materiales y herramientas de costura.

También se ubicaba la puerta a la trastienda.

Me estaba quitando el abrigo cuando escuché un ruido tras ella.

Allí guardábamos los maniquís donde descansaban varios modelos a medio hacer, la máquina de coser y una mesa redonda.

Allí era donde se sentaba mi madre a tejer y donde cenaba todos los viernes, después de la jornada.

Los viernes por la noche siempre habían sido especiales para mis padres, pues, después de la semana de trabajo, podían parar el tiempo y dedicarse a ellos.

Así, cuando después de volver de Francia descubrí que mi madre había tomado la costumbre de cenar los viernes en la tienda sola, no quise hurgar en sus motivos por no hacerla sufrir.

La entendía mejor de lo que ella se imaginaba, porque yo también tenía mi rutina cada madrugada.

Quizá ella sabía que la comprendía, porque nunca me impidió ir a esperar a Yurde.

Siempre que iba a emplear, dejaba allí una tinaja con agua.

Al regresar, Diego venía para descargar la mercancía.

Era la única ocasión en la que mi hermano pisaba la tienda.

Ni siquiera venía cuando necesitaba un traje.

Las posiciones políticas enfrentadas de mi hermano y de mi padre habían enrarecido la relación, pero una vez al mes venía para ayudarla y podían aislarse del mundo, ser madre e hijo y comer juntos en aquella mesa.

Mi madre ponía esmero y dejaba allí dos sillas, cubiertos para dos personas y una tinaja con agua, que ahora estaba abierta con la tapa en el suelo.

— Trastolillo [4] , trastolillo … —dije en voz baja mientras me agachaba para colocar la tapadera en su sitio.

Luego me puse el delantal y pasé la escoba.

Volví a la parte delantera y quité el polvo de la encimera con un trapo.

Recoloqué los rollos de tela. A través de los cristales de la ventana vi el viento mecer los árboles de la avenida y a los transeúntes cruzar apresurados.

Sería una mañana tranquila. No solíamos abrir el sábado si no había algún encargo urgente.

Me quité el delantal y me fui a la trastienda.

Me quedé mirando una chaqueta a medio hacer.

Mi madre las hacía con mucha elegancia y calidad, así como los abrigos, pero de un tiempo a esa parte lo que más le gustaba era trabajar la lana con agujas.

Pasaba horas allí tejiendo y hacía unos jerséis preciosos.

Así que, cuanta más maña me daba yo cosiendo, más tiempo podía ella dedicarse a tejer en esa mesita.

Miré el patrón que yo misma había diseñado y eché de menos las camisas modernas que había aprendido a hacer en Francia con mi tía Nieves.

Pero la calidad de la tela, por culpa de la guerra, era peor, no había mucha variedad y el precio resultaba excesivo.

Además, la ciudad se encontraba plagada de luto y yo echaba de menos los colores.

En Francia, sin embargo, la moda seguía teniendo un papel importante en la sociedad, a pesar de la guerra.

Escuché la puerta abrirse y salí a atender. La persona que apareció ante mí era la última que me apetecía ver.

El hombre vestía un traje exquisito, con tela de la mejor calidad.

Se trataba de uno de los mejores diseños de mi madre y entre las dos lo habíamos confeccionado con la mayor dedicación y orgullo.

Llevaba una flor en la solapa que fingía recomponerse, aunque se notaba que se la estaba colocando después de haberla llevado en el bolsillo, seguramente para que el viento no se la arrancara.

Cuarenta y muchos, si no tenía los cincuenta. Delgado y alto, pero fuerte, casi rígido, en una postura excesivamente erguida; con unas entradas que dejaban ver canas y que aparecieron al quitarse el sombrero para saludar.

—Buenos días, señorita Abilia —saludó con una sonrisa que resultó cálida a pesar de que dejó ver una hilera de dientes amarillentos por el tabaco y el café. Solía acompañar a su madre, pero esa vez vino solo y me sentí incómoda.

—Buenos días, don Cibrián —respondí con una sonrisa no tan efusiva como la suya—. ¿En qué puedo servirle?

—Tengo un encargo. Una falda para mi madre —contestó sin dejar de sonreír—. De esas plisadas por delante. Se la ha visto a una amiga y se le ha antojado.