Vientos de cambio y cenizas 1. Una buena manjúa #3
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1. Una buena manjúa #3

No era rencoroso en absoluto y los malos ratos siempre le duraban un segundo, pero para mi gusto sí demasiado temerario.

Sin embargo, su carácter desenfadado era una de las cosas que más me gustaba de él, porque a mí los enfados me duraban más.

Sonrió de nuevo. Era su forma particular de decir «asunto olvidado».

Lo decía sin palabras, solo con la mirada y con esa enorme sonrisa.

Le devolví el gesto y cogí el cubo de pescado.

—Le diré a Marina que te espere para comer. Nos vemos allí.

—Espera. Te acerco, que aún hay toque de queda —se ofreció, me quitó el balde de las manos y lo puso junto con los demás.

Me subí y me agaché para que no se me viera desde fuera.

Yurde me dio una manta para que me ocultara si nos paraban.

Había viajado varias veces en el carro que su hermano Francisco y mi hermano Diego compraron a medias, pero era la primera vez que subía a una camioneta.

Yurde era muy hábil, y en un principio fue despacio, seguramente al ver mi cara, que parecía divertirle mucho.

La sensación cuando empezó a andar me arrancó una carcajada.

No sabría explicarlo, pero sentí mariposas en el estómago.

Él se reía, echándome de vez en cuando miradas fugaces.

Le sonreí, agarrada con una mano al asiento y con la otra a la puerta.

—Yurde, qué raro es esto —comenté.

—Es solo al principio.

Después de unos minutos me acostumbré a la sensación y miré a mi amigo. Me fijé en sus labios, morados por el frío. Empapado como estaba, seguramente enfermaría.

—¿Vas a pasar ahora por tu casa? —pregunté.

—No tenía pensado, ¿por qué? ¿Necesitas algo de mi madre?

—No. Es solo que estás empapado. Deberías cambiarte de ropa antes de ir a vender el pescado.

—No te preocupes, Abi. Estoy bien.

—Sí, eres duro, pero no una roca. Si te enfermas, ¿quién traerá esto?

—repuse señalando la carga. Él guardó silencio—.

Además, sé que faenas, aunque haga mal tiempo, porque quieres ayudar a la familia, pero debes cuidarte.

En días como hoy, te lo pido por lo que más quieras, no salgas.

Tu madre no puede perderte a ti también en la mar.

Él miraba al camino con tristeza. Luego respondió:

—Mi madre sufre por todos y por todo. Si me pierdo con la barca, solo tendrá un motivo diferente para su desconsuelo, pero no cambiaría nada.

—Eso no es cierto y lo sabes. Además, si te pasa algo, dejarás desamparados a quienes cuidas. Mejor pasar hambre un día que perderte para siempre.

—Sobreviviréis. Conmigo o sin mí.

—Sí, claro, ¡qué remedio! Como hemos sobrevivido a todo lo demás, pero con una enorme pena más en el corazón.

—Y, si no soy yo, ¿quién debería arriesgarse? ¿Francisco? ¿Diego? Ellos tienen familia. A mí solo me lloraría mi madre.

—¡Qué tontería! —Lo miré incrédula. Intenté leer en su expresión si realmente pensaba lo que había dicho. No pude, su rostro era pétreo—. ¡Yurde!, ¿qué íbamos a hacer sin ti?

—Conociéndote, eres capaz de salir tú a faenar cada día. El hábito de madrugar ya lo tienes. Entre eso y la costura, los cuidarías a todos divinamente.

A veces su humor me molestaba. Pasé por alto el comentario. No negaré que me molestó en parte porque resultaba bastante acertado. Yo era muy capaz de intentarlo. Pero arrugué la frente más por lo que había insinuado que por lo que había dicho.

—Espero que estés de broma y no pienses realmente que solo te lloraría tu madre.

—Esperé su respuesta, pero se mantuvo en silencio—.

Toda tu familia te adora. Y no porque les des de comer.

¿No has visto cómo te cuidan tus hermanas Marina y Nieves?

Y tu hermano Francisco. Siempre has sido su ojito derecho.

Más aún después de lo de Colás. —Yurde perdió el color del rostro al escuchar el nombre de su hermano menor fallecido en la guerra—.

Y yo… bueno, es que ni lo quiero imaginar.

Si te pasa algo, me muero. —Me agité solo de pensarlo.

Se volvió y me miró con una sonrisa triste. Luego volvió la vista al frente.

—No te preocupes, Abi. No tengo intención de irme tan pronto.

Sus palabras me aliviaron hasta el punto de relajar mi cuerpo y aflojar el agarre de mis manos.

La camioneta dio un pequeño salto en el camino.

Floté un segundo en el aire, lo que provocó que las mariposas de mi estómago, acostumbradas ya al paseo y medio dormidas, volvieran a revolotear con fuerza y me arrancaran un grito y una risa nerviosa.

Yurde me miró divertido de nuevo. Llegamos al principio de la calle Calderón de la Barca y paró.

—Ya hemos llegado.

—Gracias por traerme.

Me ayudó a bajar de la camioneta, sacó el balde de la carga y me lo entregó.

—Hasta luego —se despidió.

—¿Pasarás por casa?

—Que sí, mi coronel. —Sonrió.

—Vale, nos vemos luego, entonces. —Sonreí también.

Yurde subió al vehículo de nuevo y yo, con una mano sujetando el cubo y con la otra cerrando el cuello del abrigo alrededor de la cara, me encaminé a la casa de mi hermano, en la larga fila de edificios que se erigían en primera línea de playa, mirando orgullosos al mar.