Vientos de cambio y cenizas 1. Una buena manjúa #2
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1. Una buena manjúa #2

Cargados, abandonamos el muelle y seguí a Yurde.

Ascendimos por entre las rocas con cuidado.

El sol estaba saliendo y yo veía dónde pisaba mejor que cuando bajé a esperarlo, pero no poder sujetarme la falda mientras ascendía lo hacía más difícil, sobre todo, transportando dos cubos llenos de pescado.

Yurde iba detrás de mí y se paraba cada tanto para darme tiempo a avanzar.

Me guiaba y comprobaba si necesitaba ayuda.

Lo que necesitaba era suerte para no salir rodando de nuevo al embarcadero, seguida de una lluvia de peces.

Cuando quedaba poco para llegar arriba, extremamos la precaución.

Yurde me adelantó, se encaramó a la roca y oteó la superficie.

Su rápida reacción me alertó. Se encogió y abrazó a la roca.

Yo, sin mediar palabra, hice lo mismo. Escuché unas voces arriba.

—Mira esto.

—Vamos, hombre, que ya llegamos tarde al punto de encuentro.

Apoyé uno de los baldes contra la roca y me asomé para verlos.

Vestían el uniforme verde de la Guardia Civil de Costas y Fronteras.

Ambos portaban sendos mosquetones. Uno de ellos, encogido por el frío, llevaba el sombrero de dos picos con la vuelta desplegada para protegerse las orejas. El otro inspeccionaba el vehículo.

—Pero ¿no te parece sospechosa esta camioneta? ¿Y si es de un contrabandista? Será mejor esperar por si aparece.

—Sí, claro, y que den la alarma por nosotros. Si después no tiene nada que ver con contrabando, se nos cae el pelo por no cumplir con el horario. Además, ¿es que no sabes de quién es esta camioneta?

—No será de…

Señaló con el pulgar hacia un caserón cercano.

—Exacto. Y te aseguro que ese se dedica a las vacas, no a las sardinas.

Yo me encogí de nuevo, haciendo un gran esfuerzo por no desprenderme de la roca.

Uno de los pies se me estaba resbalando, y solo tenía dos opciones: caer o soltar uno de los cubos.

Con cualquiera de las dos estaríamos vendidos.

En el peor de los casos, lanzaría el cubo para que, con suerte, cayera en el agua.

Al parecer, el guardia friolero había convencido a su amigo y escuché sus voces alejarse.

Lancé el cubo en el mismo momento en que el pie cedió.

Apreté los ojos y recé para que el ruido no los hiciera volver.

El sonido al golpear contra la tarima me pareció tan estridente como una detonación.

Un temblor me recorrió y me hizo perder el equilibrio de nuevo.

Yurde se acercó y me afianzó a la roca con su cuerpo.

—Tranquila —me susurró—. El disparo lo ha cubierto. No se han dado cuenta.

—¿Disparo? —susurré también.

Se oyó otro tiro cerca de la playa. Cerré los ojos y recé por el alma del desdichado que con su mala suerte nos había salvado.

Esperamos un rato más antes de subir. La postura era incómoda, pero tener a Yurde como apoyo lo hizo más llevadero.

Mi hermano Diego y su hermana Marina habrían puesto el grito en el cielo de vernos en tal situación.

Ya estaban bastante pesaditos con querer emparejarnos sin ver escenas como esa.

No entendían la cercanía que había entre nosotros si no había romance de por medio.

Aunque esto era una verdad a medias, pues yo sabía desde hacía tiempo que a Yurde no le importaría que nuestra relación cambiara.

Yo siempre me había sentido cómoda con él, con la intimidad que teníamos, pero saber sus sentimientos provocaba en mí un rechazo cargado de culpa.

No quería que nada cambiara, pero tampoco que él alimentase esperanzas.

En ese momento, dicha intimidad me tranquilizaba e incomodaba a partes iguales.

Cuando nos separamos, el ambiente estaba tenso. Hicimos el resto del camino en silencio y aligeramos el paso. No por el frío, porque después del susto me sobraba el abrigo y hasta el pañuelo, sino por el peso que íbamos cargando y para que no nos vieran.

La camioneta era una Ford de un verde apagado y con las tablas de la caja trasera astilladas por el uso.

Me quedé al resguardo del viento, al abrigo del vehículo, y esperé a Yurde que corrió atlético en busca del quinto cubo y del que cayó junto a la barca.

Miré cómo las nubes se movían a buen ritmo en el cielo, entre grises y doradas a la luz de los primeros rayos de sol de la mañana.

Se fusionaban por el movimiento del aire que las mezclaba como volutas de humo.

Pensé que seguramente con aquel viento las olas habrían zarandeado la barca a gusto.

Mantener el control en esas circunstancias no debió resultar fácil.

Yurde apareció. A pesar de su sonrisa y sus movimientos frescos, sus ojos parecían cansados.

Y estaba empapado. Solo llevaba un jersey de lana negro bajo el chubasquero.

Era el más abrigado que tenía; mi madre lo había tejido para él.

La capucha cubría su cabeza y debajo llevaba la boina.

El chubasquero, que había pertenecido a su padre, era la única prenda de color en todo el atuendo: verde botella.

No entendía cómo no pasaba frío en la madrugada en el mar.

Pero él decía que no podía moverse y trabajar bien si llevaba mucha ropa.

En eso se parecía a su progenitor. Uno de los cubos estaba casi vacío.

—Unos cuantos han vuelto al agua —dijo.

—Lo siento mucho —dije.

—Bueno —se encogió de hombros—, podía haber sido mucho peor.

Subió los cubos a la parte trasera de la camioneta y me señaló el que más tenía.

—¿Se lo subes a Diego y a Marina? Coge para ti y para tu madre. El resto que lo reparta Diego con la familia —dijo.

Negué con la cabeza.

—Mi madre se marchó a emplear con Francisco y Candela, de la mercería, ¿recuerdas?

—¡Es verdad!, qué tonto. —Suspiró mientras se retiraba la capucha—. Lo olvidé. —Se peinó con la mano y se recolocó la gorra.

Recordar la ausencia de mi madre me hizo caer en la cuenta de lo sola que me sentiría quedándome en casa.

—Iré a comer a casa de Diego. Así no paseamos estas preciosidades más de lo necesario.

—Vale. Pues entonces me invito yo también. —Me guiñó un ojo.

La sonrisa de Yurde lucía fresca y transparente.

Quizá demasiado. Mostraba sus emociones de formas en las que él mismo no era consciente, de manera que yo las sabía, aunque él no me las hubiera confesado nunca.

Las leía también en sus ojos y, siempre que pasaba, me dolía un poquito el corazón.

Lo observé mientras cerraba la portezuela de la carga y la curiosidad por el vehículo volvió.

—¿Y me vas a decir cómo has conseguido la camioneta?

—No la he birlado —aseguró divertido.

—Eso ya lo imagino —repuse, cruzándome de brazos.

—Es un préstamo.

—¿Préstamo?

Sabía que pertenecía a Cibrián Cobo, por la conversación de los guardias, pero temía lo que implicaba un «préstamo» de ese hombre.

El terror me invadió y negué con la cabeza.

Lo conocía, pues su madre era una de nuestras mejores clientas.

Siempre nos encargaba la ropa con las mejores telas y era habitual que su hijo la acompañara.

Bastante conocidos en la ciudad, porque don Cibrián ostentaba el título de conde de Santoña, o al menos lo había ostentado y, según el generalísimo, volvería a hacerlo, algo que aún no se había efectuado.

Su padre tuvo fama de ser un buen hombre que ayudaba a los más desafortunados y su madre seguía las buenas costumbres de su esposo.

Don Cibrián… bueno, al parecer, sus actos eran igual de nobles; sin embargo, había algo en su mirada ladina y sus maneras ensayadas que me daba mala espina y me hacía dudar de sus intenciones.

—¿Cómo se te ocurre?

—¿Que cómo se me ocurre? —Yurde me miró confundido—. ¿Te parece que hace un clima como para venir en bicicleta? ¿Y cómo habría llevado todo esto luego?

Lo que decía tenía sentido y yo no podía explicarle que lo mío era solo una intuición.

—¿En el carro de Francisco y Diego, por ejemplo?

Se apoyó en la camioneta, echando todo el peso del cuerpo en una mano.

—Vaya… ¡Qué idea! La mejor manera de pasar desapercibido a estas horas, ¿no crees?

Me miró con las cejas enarcadas.

—¿Y la camioneta sí?

—Sí, porque puedo decir que mi patrón me mandó tarea. Oye, ¿qué importa que use la camioneta del conde?

—Me preocupa que se cobre el favor demasiado caro, eso es todo. Los préstamos de ese tipo de tiburones suelen tener intereses muy altos.

—Don Cibrián me ofreció el vehículo a cambio de una parte de lo que recogiera. Eso es todo su interés. Y a mí me pareció razonable. No sé por qué te pones así —arguyó con una mueca de desagrado en los labios.

Puse una mano en su antebrazo con cariño. Estaba temblando. El chubasquero cortaba el viento, pero no abrigaba. No era prudente quedarse allí más tiempo o enfermaría, pero no estaba dispuesta a separarnos enfadados, así que me disculpé rápido.

—Tienes razón, lo siento. Supongo que yo habría hecho lo mismo en tu lugar… Es que ese hombre no me gusta y preferiría que no le debas nada.

Relajó el rostro.

—No te preocupes. Estoy acostumbrado a vérmelas con todo tipo de gente.

—No es solo eso. Es que estos trastos hacen mucho ruido, llaman mucho la atención. ¿No es peligroso?

—Ya hemos pensado en eso. Si me paran, diré que Cibrián me mandó a hacer unas tareas en su finca.

—Pero ¡olerán el pescado!

—Tranquila, el olor a gasoil mal quemado que desprende la camioneta lo tapará —aseguró, con una sonrisa—. Vamos, tranquilízate. Todo va a salir bien.