Vientos de cambio y cenizas 1. Una buena manjúa
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1. Una buena manjúa

L a guerra nos desestabilizó de muchas maneras: perdimos a mi padre, frustró mis sueños y cambió nuestra forma de entender la vida.

No solo nos dejó hambre y tristeza, sino que nos marcó en lo más profundo y hasta moldeó nuestro interior con su mano oscura.

En aquellas circunstancias, cada uno de nosotros buscó un salvavidas que mantuviese a flote la cordura.

Para mi madre fue la costura. Pasaba horas en la trastienda de nuestro negocio de telas cosiendo o tejiendo, mientras escuchaba la radio.

Para mi hermano fue el trabajo y para mí, la rutina.

Sí, la rutina, la cual, aunque a veces puede resultar tediosa, otras puede ser el ancla que nos estabiliza durante la tormenta.

Para mí lo fue, y por eso siempre empezaba el día de la misma manera.

Salí a la calle con el corazón en un puño por estar violando el toque de queda, y el viento, más fuerte que de costumbre esa madrugada, me trajo el olor a salitre del Cantábrico.

Llevaba conmigo un cubo vacío. Si me cruzaba con algún guardia diría que iba al puerto a trabajar, como había acordado con Yurde, pero si los sorteaba, mejor.

Crucé con cuidado y a paso ligero la calle empedrada y pasé por la plaza de las Atarazanas hasta la calle de la Rivera, donde la brisa campaba a sus anchas y se me colaba dentro del abrigo con violencia.

Todas las capas de ropa que llevaba no eran suficientes.

Más aún en el punto de la costa al que me dirigía, entre las rocas, de cara al mar, donde la humedad me calaba hasta los huesos.

La luz era tan tenue que apenas se distinguían las figuras y la tarea de descender por las rocas suponía más un ejercicio de memoria que de vista.

A medida que me acercaba a mi destino, las piedras se veían más oscuras y se sentían húmedas y resbalosas, señales todas de que la noche había sido movida y el oleaje había lamido las sólidas rocas con vehemencia.

Llegué hasta el saliente donde, mirando al horizonte, esperaría a que la barca atracara.

A pesar de los crudos días de invierno, no podía dejar de acudir allí cada mañana por dos motivos: el primero, que a esas horas de la madrugada en las que la luz hace que la línea que separa cielo y mar sea difusa, me gustaba hacer volar mi imaginación hacia las costas de Francia, imaginando que todo estaba bien.

Deseaba que la distancia que las separaba de las playas santanderinas fuera mucho más corta para poder escapar a nado a aquella tierra, donde mi tía en ese entonces estaba pasando la guerra.

Yo había abrigado allí mis anhelos por formar parte de la comunidad de modistas y sastres que hacían de la moda un arte.

Me hubiera gustado adquirir esos conocimientos y no solo el botón de muestra que pude aprender; traer todo ese saber a mi hogar para dedicarme a ello cerca de los míos.

Esos sueños, un invierno más después de la guerra, mi amada tierra no podía dármelos, ni Francia aquellas oportunidades prometidas.

Mi hermano pudo sacarme de allí antes de que las tropas llegaran al norte.

A duras penas pude volver y dejé a mi tía, que sufriría los estragos de la guerra sola.

Al regresar, más de una madrugada me sorprendí con los brazos extendidos hacia el mar, buscando palpar lo inalcanzable, pues mi corazón sufría por ella.

El otro motivo, porque me sentía ansiosa si no veía volver la barca que, borrosa en la línea del horizonte, empezaba a aparecer de regreso, escondiéndose a intervalos tras las grandes olas.

Llegaba cargada de bondad, de sacrificio y de lo que para muchos supondría una comida digna, tras gastarse lo poco que tenían en el estraperlo.

Para otros pocos, una comida algo más opulenta, porque podían pagar su coste.

La bondad y el sacrificio tenían nombre.

Yurde. Mi querido Yurde, amigo de la infancia.

Adoraba la pesca y se sentía libre en el océano, como su padre, quien amó ese oficio todos los días de su vida hasta que el mar lo reclamó como suyo para siempre.

Él tenía diecisiete años recién cumplidos y ocupó su lugar.

Mantuvo la barca de su padre en buen estado, pero entró a trabajar en un barco pesquero como asalariado, pues no se sentía listo para ir solo.

Después de la guerra la escondió en un muelle clandestino que él mismo construyó en una cala oculta, lejos del puerto.

Para el resto del mundo ya no tenía esa barca, ni para su patrón ni para las autoridades, pero la usaba después de su trabajo para conseguir pescado que vender en el mercado negro.

Yo sabía que volvía a salir solo a la mar después de su jornada de trabajo, y me sentía inquieta.

Me despertaba al alba cada día; el corazón me daba un vuelco ante la duda de si habría vuelto sano y salvo.

Incluso, durante los dos años que pasé en Francia.

Y allí fue peor, porque a ese pensamiento se le unía un pellizco en el pecho por mi padre, madre y hermano, que seguían en la capital montañesa.

Me mortificaba como un veneno que me debilitaba por dentro.

Me asaltaba en cualquier momento y mi alma parecía querer huir del pecho y volver con ellos.

En aquel entonces, mi tía fue mi ancla. Por las mañanas me llevaba al taller de costura, donde ella y mi madre habían aprendido, y por las tardes la ayudaba en la casa, so pretexto de que ella no podía con todo.

Sí, pretexto, porque con menos edad que mi madre y mejor salud podía encargarse de todo perfectamente.

Recuerdo sus ojos vivos, mirarme de soslayo hacer las tareas mientras ella hacía remiendos varios.

No creo que supiera que la descubrí, pero sé que lo hacía para mantenerme ocupada y para que no pensase tanto.

Las tareas fueron tantas que mi cuerpo cansado caía rendido en la noche.

Aun así, los recuerdos volvían. En la quietud de la noche, mis últimos pensamientos volaban a mi tierra con mi gente, me acompañaban durante el sueño y me despertaba sobresaltada antes de la madrugada pensando en Yurde.

Ya de regreso, ese sentimiento me impulsó a ir frente al mar para comprobar por mí misma que volvía sano y salvo.

Mi angustia solo se iba sabiéndolo en tierra, pero el pellizco en el corazón por mi tía no se iba.

¿Por qué no podía ser todo mucho más fácil?

¿Por qué no pude terminar mi formación en París?

La tormenta bélica arrasó mi casa y se dirigió a la de mi tía.

Finalizó, sí, pero no pasó de largo. Dejó tras de sí el hambre y la pena como una marca en el ganado.

Mi madre decía que no servía de nada lamentarse, así que me aferré a la esperanza de un futuro donde mis sobrinos no pasaran hambre, de ver a mi tía viviendo en el feliz París que conocí y poder traer su moda a mi amada Santander de forma más esplendorosa. ¡Y deseaba que fuese pronto!

Vi la barca tomar forma y una sonrisa de alivio se dibujó en mi rostro.

Anduve de un lado a otro del estrecho embarcadero para engañar al frío mientras mantenía la vista fija en el objeto oscilante a merced de las olas.

El viento era más fuerte que de costumbre y la mar estaba picada.

Cuanto antes atracara Yurde, antes se me iría el nudo del pecho.

Una ráfaga me salpicó en la cara gotitas de mar que me cortaron el rostro como si fueran alfileres.

Subí el cuello del abrigo negro. El gran pañuelo que me envolvía el cabello resguardaba también mis orejas y las mantenía calientes.

Solo quedaban descubiertos los ojos, que lagrimeaban por la fuerza del viento.

A esa hora, las olas iban perdiendo el color a mercurio líquido y empezaban a adquirir un tono más verdoso.

Yurde me sonrió. Normalmente, un saludo con la mano acompañaba su sonrisa, pero ese día no.

Debió costarle mantener el dominio de los remos.

Al cabo de unos instantes que me parecieron eternos, la barca tocó la madera del muelle.

Yurde me lanzó la cuerda y saltó a mi lado para amarrarla.

—Buenos días, sirenuca [1] —saludó con una gran sonrisa.

—¿ Sirenuca ? —repetí sorprendida, mientras hacía el nudo tal y como él me había enseñado.

—Cada madrugada me atraes a la costa. Eres mi faro —declaró con otra sonrisa que marcaba mucho más los hoyuelos de sus mejillas y empezó a sacar la mercancía.

—Sí, pero yo no canto. —Me divirtió la comparación—. Además, las sirenas hoy deben de estar al socayo [2] con lo revuelta que está la mar. Estaba preocupada —continué con un tono más serio—. No debiste salir hoy.

—El estómago manda.

No rechisté. Sabía de sobras que el estómago manda, y había muchos esperando aquello. Observé el preciado tesoro.

—¡Vaya! Cinco baldes llenos, entre sardinas y jureles.

—Sí, sobre todo sardinas. Encontré una buena manjúa [3] .

Sonrió satisfecho. Yo le respondí con otra sonrisa, luego puse los brazos en jarra mientras miraba los peces.

—¿Cómo vamos a cargar tú y yo con todo?

—Ayúdame a llevar estos cuatro a la camioneta y vuelvo a por el otro.

—¿Camioneta? —pregunté mientras cogía las asas, una en cada mano. El frío se me coló por el cuello y me obligó a tragarme las preguntas que la curiosidad me dictaba.