Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 31 DESCENSO POR LA CANALONA (POV SAÚL)
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CAPÍTULO 31 DESCENSO POR LA CANALONA (POV SAÚL)

El crujido de la grava helada bajo las suelas semirrígidas es el único compás que quiebra el silencio mineral del collado.

A dos mil cuatrocientos metros, la aguja de la Canalona se recorta contra el cielo como un obelisco de caliza rota que vigila el paso hacia el circo interior.

Atrás ha quedado la cruz somital de Peña Vieja y el abismo vertical del Espolón de los Franceses; delante se abre una canal pedregosa, empinada y sucia, donde la nieve vieja acumulada durante la ciclogénesis se ha transformado en una lengua compacta de aguanieve y pedrisco resbaladizo.

Doy un paso en descenso y la puntera de la bota derecha derrapa tres centímetros sobre una laja suelta.

El impacto biomecánico me sacude la columna hasta la nuca.

La articulación acromioclavicular, inmovilizada contra mi esternón por la cinta roja y el cordino que Nico me ciñó en la pared, arde con una descarga punzante que me nubla el ojo derecho.

Se me corta el aliento en un siseo agónico entre los dientes.

La rodilla izquierda, agotada tras setenta y dos horas de tracción isométrica, me tiembla con un traqueteo involuntario que amenaza con hacerme rodar ladera abajo.

—Cuidado con la tracción en los talones —dice Nico a mi lado, modulando la voz en un tono bajo, sereno, despojado de cualquier prisa.

No espera a que se lo pida. Se encaja bajo mi axila izquierda con la precisión natural de quien conoce la arquitectura exacta de mi fatiga.

Pasa su brazo derecho alrededor de mi cintura y me sujeta por la hombrera del arnés, descargando la mitad de mi peso sobre su propio cuerpo.

Su costado arde a través de las capas de cordura y forro térmico; es un calor biológico, vivo, que neutraliza el frío metálico que baja desde los contrafuertes de Peña Vieja.

—Apoya en mi hombro, Saúl. No fuerces la caída del pie.

—Puedo bajar solo, chaval —mascullo por puro reflejo, arrastrando una aspereza defensiva que ya no engaña a nadie.

—Ya sé que puedes —responde él sin detener el paso, ajustando el ritmo de su marcha al mío con una paciencia milimétrica—. Pero no vas a hacerlo. Hoy no.

Sus dedos libres, marcados por las cicatrices recientes y las abrasiones causadas por las regletas de caliza, me marcan el terreno.

Con la empuñadura de su bastón telescópico tantea la nieve podrida por delante de nosotros, señalándome los bloques sólidos y limpiando de escarcha los apoyos antes de que yo pose la bota.

«Un paso. Respirar. Otro apoyo», me repito hacia adentro, sincronizando la caída de mis plantas con el golpe sordo de sus zancadas.

Durante veinte años he sido el guía que abría la huella, el hombre que decidía quién caminaba y quién se quedaba en el refugio.

Aceptar que mi cuerpo está quebrado y que dependo de la espalda de este chico para no despeñarme en una tartera debería resultarme insoportable.

Durante un lustro creí que mi autoridad era lo único que me protegía de su rencor.

Pero aquí abajo, mientras el sol de atardecer tiñe las paredes verticales de Horcados Rojos de un color ocre y fuego, el peso de esa armadura se ha evaporado.

No hay humillación en dejarme sostener; solo una paz inmensa, limpia de sombras y de deudas impagadas.

Faldeamos el nevero sombrío que tapona los Hoyos Engroces.

El aire huele a caliza húmeda deshelándose, a líquen mineral y al vapor tibio que desprenden nuestros cuellos empapados en sudor seco.

La luz anaranjada del crepúsculo incendia los farallones del Jou sin Tierra, rebotando en los neveros residuales en destellos dorados que alivian la ceguera blanca de las jornadas anteriores.

Al salvar un último resalte de roca descompuesta, el terreno se aplana en una vaguada kárstica.

Nico se detiene sin soltarme la cintura. Siento el fuelle de sus costillas expandirse contra mi costado, acompasado con el mío en una respiración compartida y densa. Levanta la mano enguantada y señala hacia el collado inferior.

—Mira allí.

Clavo la vista en el horizonte de caliza.

A menos de ochocientos metros, encaramada sobre un promontorio rocoso entre el Jou de los Boches y la vertiente sur, resplandece la silueta inconfundible de la cúpula metálica de Cabaña Verónica.

Su fuselaje rojo, rescatado de la batería antiaérea de un portaaviones inglés, arde como un faro de sangre bajo los últimos rayos del atardecer.

De la chimenea de chapa asciende un hilo fino y blanco de humo que se disuelve en el aire helado.

Nico vuelve el rostro hacia mí. En sus ojos oscuros ya no arde la furia del Urriellu ni el reproche por la carta arrugada que yace olvidada en la mochila. Me sostiene la mirada con una serenidad desarmada, pura, mientras su mano en mi arnés se aprieta un milímetro más para reafirmar el anclaje.

—Hay lumbre encendida —dice en un susurro grave que el viento en calma ya no logra dispersar.

Asiento despacio, apoyando la sien un segundo contra su hombro antes de reanudar el paso hacia el refugio.