Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 30 SILENCIO EN LA CRUZ (POV NICO)
94%

CAPÍTULO 30 SILENCIO EN LA CRUZ (POV NICO)

El hito de cumbre de Peña Vieja emerge entre la nieve venteada como un altar de caliza tosca. A dos mil seiscientos diecisiete metros, el aire cantábrico entra limpio, afilado y frío, pero ya no arrastra la metralla de verglás que nos azotó las mejillas en la pared.

Me hinco sobre la pedrera plana. Mis rodillas chocan contra la grava congelada con un chasquido sordo.

Bajo la vista hacia el nudo en ocho trenzado a mi anillo ventral.

La cuerda de ocho milímetros y medio, tiesa por el hielo y tiznada por el roce de la roca machacada, parece soldada a la poliamida de mi arnés.

«Se acabó la pared. Se acabó la condena».

Mis dedos ensangrentados, desprovistos de huellas y con las yemas en carne viva, tantean los senos del nudo.

Empujo el cabo de remate. La poliamida cruje bajo la presión mecánica, resistiéndose a soltar el dibujo que durante tres jornadas nos mantuvo unidos a la vida y al abismo.

Tiro con los dientes del extremo libre. El sabor a salitre, magnesio y sangre coagulada me invade la boca, áspero y antiguo.

El nudo cede. La gaza se deshace con un latigazo elástico y el cabo cae inerte sobre la nieve.

Por primera vez en setenta y dos horas, estoy desatado de Saúl.

Giro sobre los talones.

Saúl sigue sentado a dos pasos de mí, recostado contra el murete de piedras del hito.

La quietud de la cima nos golpea con un peso insólito: no es el rugido de la ciclogénesis ni el chasquido del material vibrando en el espolón; es una calma absoluta, majestuosa, donde solo cuenta el fuelle cansado de nuestros pulmones.

—Suéltate los cierres, Saúl —digo. Mi propia voz me suena extraña, ronca, despojada del volumen defensivo que gastaba en las reuniones—. Ya no hay patio abajo.

Él me mira a través del cristal polarizado de sus gafas de ventisca.

No responde de inmediato. Con su mano izquierda —la única que no le cuelga como un peso muerto fajado al torso por la cinta tubular—, tantea el cierre del barbuquejo.

Los dedos le tiemblan de fatiga muscular; la hebilla de plástico se le resbala dos veces entre las falanges agarrotadas.

Me acerco de rodillas.

—Deja que lo haga yo —susurro.

—Puedo con una hebilla, Nico —protesta con su aspereza habitual, pero el hilo de voz se le quiebra en la garganta.

No le hago caso. Extiendo las manos y desengancho el clip de su casco. Lo retiro despacio, con cuidado de no rozar la parte alta de la clavícula derecha, donde la articulación acromioclavicular desplazada dibuja un relieve deforme bajo las capas técnicas. Retiro también sus gafas.

La desnudez física de Saúl me corta la respiración.

Tiene el rostro lívido, surcado por arrugas de agotamiento que jamás le había visto en el valle.

La escarcha se derrite lentamente en las sienes, convertida en gotas de agua tibia que le resbalan por las mejillas curtidas hasta perderse en la barba corta y cenicienta.

En el labio inferior, la costra donde se mordió para ahogar los alaridos durante la caída sigue abierta, negra y seca.

Me quito mi propio casco y dejo caer las gafas sobre la nieve. El viento de cumbre me revuelve el pelo empapado en sudor frío. No hay filtros entre los dos. No hay sombras de diedro ni paredes de caliza rota. Somos dos hombres rotos por el esfuerzo, despojados de armaduras y de mentiras.

Saúl levanta la mano izquierda muy despacio.

El movimiento es torpe, vacilante, cargado de esa duda que le vi en el nicho antes de cruzar la última vira.

Teme que el llano rompa la tregua. Teme que la verdad sobre el Urriellu y la muerte de mi padre vuelva a levantarse entre nosotros con la frialdad de un témpano.

Sus dedos, ennegrecidos por el roce de la poliamida chamuscada y duros como cuero viejo, se detienen a un centímetro de mi pómulo.

—Nico… —apenas un estertor que el aire de cumbre se niega a dispersar.

No lo dejo hablar.

Acorto ese último vacío. Me inclino sobre su cuerpo y lo envuelvo en un abrazo hermético, clavando mis brazos con firmeza alrededor de su espalda.

Apoyo mi frente directamente contra su hombro izquierdo, el hombro sano, buscando el latido espeso y colosal de su pecho a través de la tela áspera del anorak.

El contacto es un impacto. Saúl suelta una exhalación profunda, un temblor menudo que le recorre las vértebras como si la montaña entera se le desmoronara por dentro.

Su brazo izquierdo rodea mi nuca, enterrando los dedos en mi nuca con una posesividad salvaje, desesperada, que no pide disculpas ni permiso.

Durante un minuto entero no existe el tiempo.

Solo el calor de nuestros cuerpos aplastados, compartiendo el aire en bocanadas rítmicas que se funden en una nube blanca sobre nuestras cabezas.

Siento su olor: lana empapada, caliza triturada, sudor mineral y esa calidez intacta que me sacó del abismo.

La carta arrugada en el bolsillo de mi pantalón ya no quema; el fantasma de mi padre ya no me exige venganza.

Solo queda el hombre que eligió cargar con el desprecio del mundo para salvarme a mí.

Me incorporo unos centímetros, sin romper el círculo de nuestros brazos.

Saúl me mira. En sus pupilas oscuras ya no hay culpa ni reservas de guía; solo una certeza desarmada que me busca sin defensa. La luz dorada de la tarde le ilumina los ojos, limpiando cualquier rastro de sombra.

Bajo la vista hacia sus labios agrietados.

Ya no estamos encajados en una repisa de cuarenta centímetros temblando por la hipotermia. Ya no hay una cuerda amenazando con partirse en factor dos si damos un paso en falso. La supervivencia ha dejado de dictar nuestras leyes.

Colapso la distancia despacio, dueño de cada milímetro.

Junto mi boca a la suya en un beso lento, firme y profundo.

Saúl abre los labios con un gemido sordo, recibiéndome sin la urgencia ciega de la tormenta, saboreando la sal de mi piel y el frío de la altura.

Es un beso limpio, rotundo como la caliza de la cima, que nace no del miedo a morir en la sombra, sino de la voluntad absoluta de pertenecerle a la luz.

A nuestros pies, el mar de nubes oculta los valles en un océano blanco y silente. La arista del Espolón de los Franceses ha quedado atrás; frente a nosotros, el camino de bajada hacia los pastos de Áliva se abre como un mundo nuevo por el que empezaremos a caminar juntos.