Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 29 LA SALIDA A LA LUZ (POV SAÚL)
91%

CAPÍTULO 29 LA SALIDA A LA LUZ (POV SAÚL)

El peso de mi cuerpo suspendido sobre el vacío ya no lo sostienen los músculos, sino la terquedad ciega de seguir respirando.

A dos mil quinientos cincuenta metros, el tramo final de la placa de quinto grado superior es una pared gris, vertical y desprovista de compasión.

Cada metro que gano hacia arriba exige un castigo que me vacía por dentro.

Con el brazo derecho firmemente fajado contra las costillas por la cinta tubular y el cordino —la articulación acromioclavicular reducida a un nudo de fuego sordo que me paraliza medio cuello—, todo el trabajo recae en el costado izquierdo.

Clavo la puntera de la bota en las rugosidades mínimas de la caliza, empujo con el cuádriceps al borde del calambre y busco con la mano izquierda las regletas que Nico limpió de escarcha en su ascenso.

La cuerda naranja de ocho milímetros y medio no cuelga floja ni un segundo.

Sube recta, firme, vibrando con un zumbido agudo bajo una tracción constante e implacable.

No me arrastra como a un fardo inerte; me acompaña el movimiento.

Siento en el anillo ventral del arnés la tensión viva del tiro de Nico desde la arista: dos tirones rítmicos cada vez que planto el talón, eliminando la comba con la precisión milimétrica de quien conoce el peso exacto de mis dudas y de mis huesos.

«Un paso más. Solo un apoyo más», me repito, y el vaho caliente de mi jadeo se estrella contra la caliza congelada, devolviéndome el sabor metálico del labio partido.

Durante tres días hemos vivido sepultados en la penumbra mineral del espolón, atrapados en la niebla lechosa del whiteout y en las sombras violetas de una pared que no perdonaba un error.

Llevo cinco años arrastrando esa misma oscuridad en el pecho, convencido de que la única forma de expiar la muerte de su padre era enterrarme en vida entre expedientes, silencios cobardes y rescates anónimos.

Estiro el brazo izquierdo por encima del último resalte. Los dedos enguantados tantean el labio rocoso.

Tracciono con el dorsal sano. Elevo la barbilla.

Mi cabeza asoma por encima del filo de la cornisa.

El impacto visual me corta el aire en la tráquea con la fuerza de un golpe directo. La sombra helada, cenicienta y asfixiante de la vertiente norte desaparece de golpe, fulminada por un estallido de luz dorada, pura y enceguecedora que me abrasa la retina.

El sol del crepúsculo, rompiendo en sus últimos minutos sobre la ciclogénesis que nos aprisionó contra los riscos, baña la cumbre de Peña Vieja en un resplandor cobrizo y violento.

La nieve residual acumulada en la meseta no es la costra gris del vivac; brilla como un manto de cuarzo triturado, reflejando destellos diamantinos que borran las cicatrices de la piedra.

El horizonte entero de los Picos de Europa se despliega ante mis ojos en una procesión infinita de agujas calizas que emergen sobre un mar compacto de nubes bajas: el Urriellu, los Campanarios y la cresta de Cabrones flotan como islas doradas sobre un océano blanco y silencioso que ha sepultado el mundo de los valles.

—¡Arriba, Saúl! ¡Dame el brazo!

La voz de Nico me arranca del deslumbramiento.

Está plantado sobre la nieve dura, afirmado en una grieta del zócalo con el arnés anclado a un puente de roca colosal.

No lleva las gafas de ventisca; la luz frontal le ilumina los ojos oscuros, limpios, despojados de la negrura que lo atormentaba en Áliva.

La piel de sus pómulos está quemada por el viento y el hielo, pero su figura recortada contra el cielo azul abierto tiene la solidez inquebrantable de la montaña.

Se inclina hacia el abismo. Su mano derecha —con los nudillos agrietados y la palma endurecida por la caliza viva— desciende hacia mí.

No duda. No vacila ante la debilidad de mi cuerpo roto.

Se cierra con una presa de hierro alrededor de mi antebrazo derecho, justo por encima de la muñeca inmovilizada, esquivando con cuidado quirúrgico el foco de la lesión acromioclavicular.

El calor abrasador de su agarre me traspasa la tela húmeda del anorak con la fuerza de un rayo.

—Te tengo —dice él, mirándome directo al fondo de los ojos, sellando la promesa que nació en la chimenea.

—Tira —consigo susurrar.

Nico clava los talones en la pedrera, flexiona las piernas y tira de mí hacia arriba con un impulso limpio, potente y coordinado. La fuerza de sus hombros me alza sobre el labio de roca. Paso la pierna izquierda. Mis botas abandonan el vacío de ochocientos metros y muerden el suelo horizontal.

La inercia nos vence.

Ambos caemos hacia atrás sobre la amplia pedrera plana de la cima, soltando el peso de tres jornadas de agonía contra la grava y la nieve venteada.

El impacto con el suelo no duele. Quedamos tendidos de espaldas, hombro contra hombro, con los brazos extendidos sobre la piedra templada por el sol de altura.

El pecho de Nico sube y baja en jadeos profundos que acompasan los míos, fundiendo nuestras respiraciones en un único vapor blanco que asciende hacia el azul limpio del cielo.

El silencio que nos rodea es inmenso, majestuoso, desprovisto de la furia del vendaval.

Giro la cabeza despacio sobre la nieve. Nico hace lo mismo.

A diez centímetros de distancia, sus ojos me buscan.

No hay preguntas pendientes. La mentira que envenenaba la memoria de su padre se ha desintegrado en los tajos de la pared; la culpa que me doblaba la espalda ha quedado enterrada en el fondo de la chimenea.

Su mano ensangrentada se desliza por la pedrera hasta rozar la mía.

Entrelaza sus dedos heridos con mis falanges torpes, apretando con una fuerza callada y rotunda que me ancla a la vida.

El mar de nubes blancas hierve a nuestros pies, cerrando el abismo bajo un manto impoluto. Estamos vivos, enteros y libres, coronando la roca más alta mientras la luz nos abraza los cuerpos.