Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 28 TRACCIÓN FINAL (POV NICO)
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CAPÍTULO 28 TRACCIÓN FINAL (POV NICO)

El aire a dos mil quinientos cuarenta metros quema como ácido en la garganta.

Quedan diez metros de muro vertical, una placa limpia de quinto grado superior que custodia la salida al filo cimero de Peña Vieja.

La caliza aquí está lavada por siglos de ventiscas cantábricas, compacta como el mármol y fría con la hostilidad mineral de los Picos de Europa.

Abajo, la niebla espesa del frente borra por completo el circo de Áliva en un blanco absoluto que se traga cualquier noción de fondo o distancia.

Ya no hay suelo. Solo existimos la roca, la cuerda y nosotros dos.

Meto la mano derecha en la bolsa de magnesio que llevo a la cintura. Mis dedos no encuentran polvo; solo el forro de tela sintética empapado en sudor frío. Se ha terminado.

—Maldita sea —mascullo entre dientes, con el vaho congelándose al instante sobre mis labios agrietados.

Saco la mano. En la piel de mis yemas no queda huella dactilar reconocible: la caliza afilada ha lijado la carne hasta dejar al descubierto estrías rojas y sangrantes, barnizadas por una costra rígida de sangre seca y polvo de roca triturada.

Cada apoyo directo sobre una regleta es una descarga que me taladra los huesos del antebrazo.

«No pienses en la carne. Piensa en el centro de gravedad. Tres apoyos, una tracción», me ordeno.

Es la voz de Saúl grabada en mi memoria motora, la disciplina que me metió en el cuerpo antes de que el mundo se llenara de silencios y mentiras de hospital.

Clavo la puntera del pie de gato izquierdo en una microadherencia de dos milímetros.

La goma vibram gime contra el mineral frío.

Tracciono de un bidedo ciego con la mano izquierda, sintiendo cómo los tendones flexores se tensan como alambres al borde del espasmo muscular.

Mi cuerpo se despega del vacío. Gano cincuenta centímetros.

El ácido láctico me devora los gemelos en un fuego sordo.

A cuatro metros de la salida, la fisura se estrangula en un hueco ciego. En su interior descansa un clavo de acero en U, oxidado por décadas de cencelladas y desamparo alpino.

Alargo la mano derecha y paso los dedos por el ojal del hierro.

El clavo oscila. Baila dentro de la grieta con una holgura macabra de varios milímetros, emitiendo un tintineo flojo y hueco que me hiela la sangre más que el viento del norte.

Si chapo la cuerda a esa chatarra y vuelo, la fuerza de choque arrancará la pieza como si fuera una astilla podrida, enviándome directo a factor dos contra la reunión colgada donde Saúl aguanta a una sola mano.

—¡Nico! —la voz de Saúl sube por la canal, quebrada por el dolor del hombro destrozado pero afilada como un cuchillo—. ¡No fíes la vida a hierro ajeno!

Bajo la vista una fracción de segundo. Quince metros más abajo, encajado en la fractura con la espalda pegada a la caliza y el brazo derecho inmovilizado en el cabestrillo de cinta roja, Saúl me mira.

Tiene el rostro descompuesto, blanco por el frío de ocho bajo cero y la agonía física, pero con su mano izquierda sostiene el cabo activo de la cuerda de ocho milímetros y medio con una firmeza que desafía a la gravedad.

Sus ojos oscuros no me piden que baje. Me exigen que termine lo que él ya no puede cerrar.

Suelto el clavo oxidado. No voy a lazarlo.

Desengancho de mi arnés el último seguro limpio que nos queda: un microempotrador pasivo de duraluminio, la pieza más pequeña del juego, con su cable de acero trenzado rígido por la escarcha.

Con el brazo derecho extendido al límite biomecánico, introduzco la cuña a ciegas en una microfisura vertical, oculta bajo una laja que no puedo ver desde mi posición.

Tanteo con las yemas en carne viva. Empujo la pieza hacia abajo.

Chasquido.

El duraluminio muerde caliza sólida. Doy un tirón seco hacia afuera para verificar el asiento: el cable ni pestañea; ha quedado soldado en un estrangulamiento natural de roca virgen. Paso la cuerda por el mosquetón de seguridad y cierro la rosca con el pulgar ensangrentado.

—¡Seguro puesto! —grito hacia la nada, con el pecho bombeando bocanadas de vaho denso que se desintegran en el vendaval.

—¡Toma la salida, chaval! —el aullido de Saúl rasga la niebla con una ferocidad que me sacude la columna vertebral—. ¡Sácanos de la pared!

El miedo desaparece. Se evapora junto con la rabia, la carta de mi padre y el rencor acumulado durante un lustro de mentiras. No queda espacio para la duda en diez centímetros de roca. Solo existe el movimiento perfecto, la biomecánica pura de un cuerpo que se niega a doblarse ante el abismo.

Subo el pie derecho a una regleta invertida. Cargo todo el peso en el talón. Lanzo la mano izquierda por encima del reborde somital; mis dedos se curvan como garras sobre la caliza horizontal de la arista. El agarre es enorme, un cazo franco y seco pulido por el viento.

Tracciono con el dorsal, con los brazos ardiendo y los dientes apretados hasta que la mandíbula me cruje. Elevo la cadera. Saco la rodilla.

Clavo ambos talones sobre el labio de la arista cimera.

El abismo de Áliva queda atrás, sepultado bajo el manto blanco de las nubes. Delante de mí se abre la meseta somital de Peña Vieja, un desierto de piedras grises y nieve venteada batido por rachas huracanadas que intentan tumbarme de bruces.

Me pongo en pie con las piernas temblorosas, tambaleándome sobre las botas rígidas. El viento norte me azota la cara con furia salvaje, pero la cuerda corre libre y ligera a través de mis manos, saliendo del abismo sin resistencia.

Abro los brazos en cruz sobre el filo de la montaña y lanzo un alarido gutural, desgarrado y feroz que rompe el silencio del whiteout y retumba contra los tajos del macizo:

—¡¡Estamos arriba!!

Las lágrimas me brotan calientes y se congelan en mis mejillas al instante. Caigo de rodillas sobre la nieve de cumbre, traccionando de la cuerda con la mano viva para empezar a cobrar el cabo de Saúl.