Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 27 EL ABISMO INTERIOR (POV SAÚL)
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CAPÍTULO 27 EL ABISMO INTERIOR (POV SAÚL)

El viento del norte entra por la brecha somital con un silbido agudo, frío y metálico que hace vibrar las cinchas de mi arnés como cuerdas de violonchelo desafinadas.

A dos mil quinientos treinta metros de altitud, la caliza de Peña Vieja deja de elevarse en muros limpios y se fragmenta en bloques carcomidos por las heladas, cubiertos por una cencellada espesa que se deshace en escamas translúcidas al menor roce.

La reunión es un nicho mísero, suspendido al filo de la muralla este. Abajo, el vacío de ochocientos metros cae a plomo hasta los pedreros de Áliva, devorados por una masa lechosa de nubes que borra cualquier vestigio del mundo inferior.

Tengo la espalda encajada contra la esquina de la fractura, buscando fricción para quitarle peso al anclaje.

El brazo derecho sigue doblado e inmóvil sobre mi pecho, sujeto con la cinta roja y el cordino que actúan como un cabestrillo rígido.

Cada respiración profunda es una brasa que me calcina el trapecio; la articulación acromioclavicular, desgarrada por el impacto de los vuelos sostenidos, me castiga con una punzada sorda y constante que me sube hasta las sienes.

A un palmo de mis botas, Nico termina de reordenar el equipo.

Se mueve con una precisión quirúrgica, serena, que nada tiene que ver con la precipitación salvaje de los primeros largos.

Sus manos, despojadas de los guantes para no perder el tacto en los seguros, muestran las marcas de la ascensión: costras negras en los nudillos, cortes longitudinales en las yemas provocados por la caliza afilada y la piel teñida por el magnesio mezclado con sangre coagulada.

Pasa un microfriend del número dos por el mosquetón de su pernera; el chasquido del gatillo suena limpio entre las rocas.

Lo observo en silencio. El frente borrascoso empieza a fracturarse hacia el oeste, dejando escapar una última franja de luz cobriza y gélida que tiñe los filos de la arista antes del ocaso definitivo.

Me doy cuenta de algo que me desgarra el estómago con más fuerza que el shock álgico: la necesidad física se está acabando.

Durante tres días de tormenta y roca rota, he sido su ancla biomecánica; luego él se ha convertido en mi único sostén sobre el abismo.

Nos hemos besado con el hambre de dos condenados al pie de una repisa de cuarenta centímetros, respirando el vaho caliente del otro para burlar a la hipotermia.

Pero esos diez metros de chimenea y la arista que conduce a la cruz de Peña Vieja representan la salida de la trampa.

Una vez pisemos los pastos del collado, la gravedad dejará de obligarnos a estar pegados piel con piel.

El abismo real no son los ochocientos metros de patio que tengo bajo las suelas. Es el llano. Es la vuelta al valle donde el perdón deja de ser una herramienta de supervivencia inmediata y vuelve a ser una herida abierta que no cicatriza.

Trago saliva con dificultad; el polvo de piedra y el frío me han dejado la garganta en carne viva.

—Nico —digo.

La palabra sale rota, arrastrando una aspereza que apenas compite con el aullido del vendaval.

Nico no se detiene de inmediato. Ajusta el nudo en ocho contra su anillo ventral, tensa los cabos paralelos y luego levanta la vista despacio.

En sus pupilas oscuras, bañadas por la luz cenicienta del crepúsculo, ya no veo la furia del chico que blandía la carta del Urriellu contra mi pecho en el vivac.

Veo a un hombre que ha cargado con mi debilidad a pulso sobre una placa de hielo.

—Debí… —las palabras se me atascan en el paladar como un trozo de mineral duro.

El orgullo, el miedo a su condena, el peso de cinco años de silencio cobarde me cierran la tráquea con una violencia física—.

Debí contarte la verdad antes de atarnos a esta pared, Nico.

No tenía derecho a dejarte crecer odiándome para guardar una promesa que no era tuya.

Nico clava sus ojos en los míos. No pestañea. El viento le arranca mechones castaños bajo el casco y los azota contra sus mejillas cortadas por el frío.

Intento continuar, intentar pedir una disculpa limpia que lave el barro de la culpa que llevo arrastrando desde Arriondas, pero el aire me falta.

El corazón me martillea las costillas con una desesperación ridícula.

Tengo miedo de que la tregua haya sido solo un reflejo biológico dictado por el pánico a morir congelados en la chimenea.

Si me deja aquí arriba, si al llegar a la cumbre se desata de la cuerda y baja solo hacia Espinama sin mirar atrás, sé que no tendré fuerzas para reprochárselo.

Nico da un paso hacia mí en la estrecha laja.

El espacio se anula. Sus rodillas chocan contra las mías.

Levanta la mano derecha, la mano con las yemas en carne viva y la palma ennegrecida por la roca.

No duda. Me rodea la nuca por debajo de la capucha del anorak, cerrando los dedos sobre mi piel helada con una firmeza que no admite réplica ni escape.

El calor de sus dedos es una quemadura viva contra mi nuca rígida.

Su pulgar se clava con fuerza en el borde de mi mandíbula, obligándome a sostenerle la mirada a escasos centímetros de su boca.

El vapor espeso de su aliento me envuelve los labios agrietados en una bocanada tibia, cargada del sabor salobre de la sal y el esfuerzo extremo.

—No hables, Saúl —dice en un susurro bajo, duro, pero atravesado por una devoción salvaje que hace temblar la roca entre los dos—. Guarda el aire para las piernas.

—Nico, escucha…

Su agarre en mi nuca se aprieta un milímetro más, atrayendo mi rostro hasta que su frente choca contra la mía con un impacto sordo que acalla el zumbido de la tormenta.

—Sácame arriba —sentencia, mirándome directo a los ojos, sin sombra de duda ni juicio pendiente—. Asegúrame este último largo, sácame a la cruz y luego me dices en el llano todo lo que quieras. Pero no te atrevas a soltar la cuerda ahora.

Retira la mano despacio, dejando un rastro de calor sobre mi cuello que el viento del norte no consigue apagar. Se gira hacia el tajo vertical de salida, calza la punta del pie de gato en la primera fisura y comienza a subir hacia la arista.

Paso el cabo activo de la cuerda de ocho milímetros y medio por la placa con mi mano izquierda. Los dedos me tiemblan sobre el metal frío, pero clavo los talones en el nicho y bloqueo el nudo con una certeza ciega: mientras me quede un hálito de pulso en el cuerpo, jamás volveré a soltarlo.