CAPÍTULO 26 LA ÚLTIMA CHIMENEA (POV NICO)
La caliza no huele igual cuando la montaña decide cerrarse. En la base de la chimenea somital, a dos mil quinientos diez metros, el aire apesta a humedad fósil, a polvo de roca triturada por el hielo milenario y a ese olor acre a óxido de hierro que despide la caliza lavada por la cellisca.
La brecha es una garganta vertical, negra y angosta de apenas sesenta centímetros de anchura que raja el último bastión de Peña Vieja antes de los pastos cimeros.
Dentro, la penumbra es casi total. La luz sucia del crepúsculo queda estrangulada en la entrada, proyectando sombras violáceas sobre las paredes resbaladizas de verglás.
—No entres con los bultos a la espalda, Nico —la voz de Saúl llega desde la reunión, áspera como grava, ahogada por el esfuerzo de hablar con el diafragma contraído—. La fisura se estrangula a mitad del largo. Si te encallas con la carga, no podrás desahogarte ni para destrepar.
—Ya lo sé —respondo sin girar la cabeza.
Tengo las dos mochilas unidas por un cordino de siete milímetros a la anilla dorsal de mi arnés.
Colgarán tres metros por debajo de mis pies, oscilando como un péndulo muerto sobre el patio de Áliva.
Es una maniobra pesada que triplica el esfuerzo de las piernas, pero la alternativa es quedar atrapado en el embudo.
Miro a Saúl un segundo.
Está encajado en el nicho exterior, anclado al puente de roca con el brazo derecho rígidamente pegado al torso por el cabestrillo de cinta tubular.
La palidez de su rostro tiene el mismo tono ceniciento de la roca que nos rodea, pero en su mano izquierda la placa aseguradora está colocada con precisión milimétrica.
—Asegura dinámico si salto —le digo.
—No vas a saltar —responde él, y en el fondo de sus pupilas cansadas arde esa obstinación salvaje que durante años me sirvió de brújula—. Abre las piernas. Busca la oposición.
Me meto en la grieta.
El frío de la cavidad me muerde la nuca al instante.
Adopto la postura clásica de chimenea: apoyo la espalda plana contra la pared posterior y clavo las plantas de los pies de gato en la pared opuesta.
La fuerza no nace de los brazos, sino del empuje constante, isométrico, de los cuádriceps contra la columna.
Para ganar treinta centímetros, tengo que presionar los omóplatos contra la piedra húmeda, deslizar los pies hacia arriba en adherencia precaria y volver a bloquear.
Uno, dos. Bloqueo. Uno, dos. Bloqueo.
Las dos mochilas cuelgan de mi cintura como plomo fundido, dando tirones sordos que amenazan con desasentar mis talones de la roca. El roce del tejido sintético de mi anorak contra la caliza áspera produce un chirrido constante, rítmico, que se mezcla con el fuelle roto de mi propia respiración.
A los doce metros, el cuello de botella se cierra.
La chimenea se estrecha de golpe hasta los cuarenta centímetros.
La caliza aquí está taponada por una costra dura de cencellada que gotea agua semicongelada sobre mi frente.
No puedo meter la cabeza sin arquear el cuello de forma antinatural.
Siento el ácido láctico ardiéndome en los muslos; las fibras musculares de mi pierna izquierda empiezan a vibrar con ese temblor incontrolable que precede al fallo neuromuscular.
«No ahora. No aquí», me maldigo, apretando los dientes hasta sentir el crujido en la mandíbula.
Levanto el pie derecho para buscar un microapoyo en una laja empotrada.
El espasmo me golpea con la violencia de una descarga eléctrica. El gemelo izquierdo se contrae en una bola de hierro rígida e insoportable. La rodilla me cede hacia adentro. El talón patina dos centímetros sobre el verglás con un chasquido agudo.
—¡Saúl! —el grito se me escapa antes de que pueda morderlo.
El peso de las dos mochilas tira de mi cadera hacia el fondo negro de la chimenea.
Todo mi esquema biomecánico colapsa. La espalda se me escurre sobre la piedra pulida.
Si las dos piernas pierden la tracción en oposición, caeré sobre la cuerda arrastrando a Saúl con el factor de choque contra la reunión exterior.
Entonces, una presencia dura y sólida se encaja bajo mi pelvis.
Saúl ha remontado los metros iniciales en libre, arrastrándose por el suelo del zócalo con su costado izquierdo. No puede usar el brazo derecho inmovilizado, pero ha metido su rodilla sana debajo de mi bota izquierda, calzando mi suela con la rigidez de una cuña de madera.
—¡Carga el peso en mi pierna! —me ruge al oído, tan cerca que siento las gotas de su saliva caliente golpearme la mejilla—. ¡Carga, Nico! ¡No mires abajo, empuja con el talón!
No dudo. Clavo la puntera de mi pie de gato sobre la articulación de su rodilla.
El hueso y el músculo del veterano absorben el impacto.
Saúl ahoga un alarido gutural cuando mi peso le comprime el muslo contra la pared de la chimenea, pero no cede un solo milímetro.
Con su mano izquierda —la de la piel en carne viva por la cuerda—, me agarra del muslo por detrás y empuja hacia arriba con un impulso agónico, desesperado, utilizando toda la potencia de sus dorsales para elevar mi centro de gravedad.
—¡Arriba! —aúlla contra la piedra.
El calambre se disuelve bajo la presión del dolor compartido.
Aprovecho su empuje, enderezo la columna con un crujido sordo en las vértebras y lanzo los brazos hacia el borde superior de la estrangulación.
Mis manos desnudas se cierran sobre una regleta horizontal de caliza seca. Bloqueo los codos. Tracciono a pulso.
Supero el cuello de botella.
Arrastro las piernas sobre una pequeña plataforma inclinada donde la chimenea se abre por fin hacia el aire libre. Las mochilas suben detrás, rozando la pared con un golpe hueco.
Caigo de rodillas sobre la nieve sucia que tapona la salida. Apoyo la frente directamente contra la caliza helada, incapaz de levantar los hombros. Mis pulmones bombean bocanadas ardientes que se condensan en nubes densas de vapor blanco.
Un segundo después, el cuerpo de Saúl se desploma a mi lado en el hueco. Se apoya pesadamente sobre mi espalda, con el pecho aplastado contra mis costillas y su respiración ronca, caliente y quebrada quemándome la piel viva de la nuca.
Siento el latido brutal de su corazón martilleándome la columna.
Ninguno de los dos dice nada. En la penumbra gélida del corte de roca, mientras el viento de la cumbre empieza a aullar a solo tres metros por encima de nuestras cabezas, el tacto de su cuerpo agotado contra el mío es la única prueba de que seguimos formando parte del mundo de los vivos.