CAPÍTULO 25 DESGASTE MUSCULAR (POV SAÚL)
La luz de la tarde agoniza sobre Peña Vieja en un gris ceniza sucio y mineral.
A dos mil cuatrocientos noventa metros, la base de la chimenea final es una hendidura cortada a pico en el último resalte de la muralla este.
El temporal empieza a quebrar sus nieblas, estirando sombras frías sobre la pared que devoran los pocos contrastes del relieve antes de que el sol se hunda por completo.
Mis botas rígidas resbalan medio centímetro sobre la gravilla helada de la repisa.
Me tambaleo. Apoyo la frente empapada de escarcha contra la roca virgen para frenar la marea negra que me nubla la vista.
No es solo el frío de seis bajo cero que se cuela por las costuras rotas del anorak; es el agotamiento sistémico.
Mis cuádriceps tiemblan con un traqueteo involuntario, vacío de reservas de glucógeno.
Cada bocanada de aire entra como una dentellada de cristales rotos en mis bronquios.
A través de la cinta plana y el cordino con los que Nico me inmovilizó el cabestrillo, la articulación acromioclavicular derecha late como una brasa de carbón encendida. La clavícula descolocada roza el hueso a cada latido.
«Treinta metros. Solo quedan treinta metros de chimenea de IV+ para salir a los pastos cimeros», me repito con una obstinación ciega.
Llevo veinte años saliendo por arriba de este espolón. No voy a dejar que la montaña me entierre a un largo de la cumbre.
Alargo la mano izquierda, desengancho del portamaterial el juego de clavos y el martillo-piolet, e intento torpemente encajar los dedos de la mano derecha en el anillo del mosquetón portamaterial para reordenar los hierros.
El brazo derecho simplemente no responde.
Es un trozo de madera muerta cosido a mis costillas. Ni los dedos, ni la muñeca, ni el antebrazo obedecen el impulso nervioso de mi cerebro. Solo una punzada atroz me sacude la nuca, haciéndome doblar el cuello con un gemido sordo que se estrella contra la caliza húmeda.
—Maldita sea… —mascullo entre dientes, con el labio aún partido sangrándome de nuevo.
—Quieto, Saúl. Suelta eso.
La voz de Nico no retumba; corta el viento con una serenidad dura, madura y precisa que jamás le había escuchado.
Aparece frente a mí en el nicho. El blanco absoluto del día se ha transformado en una penumbra acerada que resalta las líneas afiladas de su rostro cubierto de polvo mineral y sudor seco.
Tiene las mangas desgarradas por la adherencia de la arista, las manos hinchadas y los nudillos cubiertos de costras negras.
Debería parecer derrotado tras la caída y el esfuerzo titánico de abrir vía en terreno mixto; sin embargo, sus hombros están plantados con la firmeza de un bloque de granito.
Extiende sus manos hacia las mías.
Con una lentitud firme, casi reverente, me aparta los dedos rígidos del mosquetón de los clavos. Su piel caliente quema mis falanges entumecidas.
—Tengo que abrir la chimenea yo —suelto con voz ronca, tratando de incorporarme sobre mi pierna buena—. La roca en la salida está descompuesta por el hielo. No conoces el escape hacia la vertiente sur si la canal está cegada de nieve dura.
—Sé leer una fisura, Saúl —responde en un susurro grave, sin levantar la vista del arnés—. Tú me enseñaste a leerla.
Con movimientos limpios, sin titubear, Nico desengancha del portamaterial de mi cintura las últimas cintas exprés, el microfriend grande y los tres fisureros de duraluminio que nos quedan.
El tintineo metálico de las piezas resuena en la chimenea con la solemnidad de un rito antiguo.
Los cuelga uno a uno en las presillas de su propio arnés, equilibrando el peso a ambos lados de su cadera.
Intento rebelarme por puro instinto. Durante seis años he sido el guardián, la muralla interpuesta entre este chico y el abismo.
Admitir mi debilidad física ahora, entregarle el extremo vivo de la cuerda sabiendo que un error suyo nos despeñará a ambos sin que mi brazo herido pueda detenerlo, me desgarra el pecho.
—Nico, si cometes un fallo arriba, no tengo palanca para pararte en dinámico con la izquierda —digo, clavándole los ojos en una última súplica técnica—. No podré frenar un vuelo de factor dos.
Nico se detiene. Deja caer el último mosquetón y levanta la cabeza despacio.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos a menos de diez centímetros de distancia.
No hay soberbia. No hay rastro de la rabia que le incendiaba la mirada en el refugio de Áliva, ni el reproche infantil de la carta arrugada que ha quedado olvidada en el fondo del nicho.
Solo hay una devoción salvaje, una entrega lúcida y absoluta.
Alarga su mano enguantada y me toma de la nuca, atrayéndome hacia él con una delicadeza firme hasta apoyar su frente contra la mía.
El calor de su aliento condensado me golpea los labios agrietados. El latido de su pecho, colosal y constante, resuena a través de nuestras capas técnicas, amortiguando el dolor que me devora la clavícula.
—No voy a caerme —susurra contra mi boca, con una convicción tan pura que me desarma por completo—. Quédate aquí, anclado al puente de roca. Asegúrame con la mano izquierda y la placa. No tires. Solo cobra la comba que yo te pida.
Siento cómo mis defensas se derrumban. La armadura del viejo guía se parte en dos.
Me rindo a su tacto, dejando caer levemente el peso de mi frente sobre su sien.
Cierro los ojos, aspirando el olor a magnesio, sudor frío y nieve que desprende su piel.
El muchacho al que até a mi cintura para saldar una deuda de culpa se ha convertido en el hombre que va a arrancarme de la muerte.
—Sácanos a la cruz, Nico —murmuro, y la voz se me quiebra en un hilo tembloroso.
—Te saco a la cumbre, Saúl —responde él con una sonrisa mínima que apenas le roza la comisura de los labios—. Prepárate para caminar.
Nico se aparta con un movimiento ágil. Se da la vuelta hacia la boca oscura de la chimenea final. Comprueba el nudo en ocho de su cintura, sacude el magnesio de sus dedos y clava la primera bota en el hielo del diedro.
La cuerda simple de ocho milímetros y medio se tensa entre los dos. Miro su espalda ancha encarar el abismo somital, y por primera vez en toda la ascensión, dejo de temerle al vacío.