Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 24 LA RABIA DEL VIENTO (POV NICO)
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CAPÍTULO 24 LA RABIA DEL VIENTO (POV NICO)

El aire a dos mil cuatrocientos ochenta metros ya no es una masa respirable; es un ariete sólido que golpea con rachas calculadas de más de ochenta kilómetros por hora.

La arista somital de Peña Vieja se ha convertido en un filo descarnado donde el vacío de Áliva a la derecha y el abismo norte a la izquierda convergen en una hoja de cuchillo mineral.

Cualquier palabra que intente salir de la garganta es arrancada al instante por el vendaval, convertida en un aullido sordo que se pierde en la niebla lechosa del whiteout.

No hay voz posible. La montaña nos ha dejado mudos a la fuerza.

Apoyo la rodilla izquierda sobre la caliza húmeda para bajar el centro de gravedad.

El tejido de mi pantalón técnico chirría contra la roca viva, mientras ráfagas continuas de nieve venteada me azotan la visera del casco con el repiqueteo seco de una descarga de metralla.

Tengo las primeras falanges de ambas manos insensibles por el contacto directo con la piedra helada, pero el cabo naranja de ocho milímetros y medio que sale de mi anillo ventral sigue siendo un hilo de vida tenso, vibrante y eléctrico.

A quince metros por detrás, Saúl avanza en ensamble ciego.

No puedo verlo; la condensación del frente ha borrado su silueta tras una pared blanca y espesa. Solo nos comunica la cuerda.

Un tirón seco: afloja comba. Dos tirones cortos y seguidos: seguro intermedio emplazado. Tres tirones firmes: avanza.

Es el alfabeto de hierro y poliamida que Saúl me grabó en los huesos durante años de escuela en el desfiladero. En este tramo final, la cuerda no es un accesorio de seguridad; es el sistema nervioso que comparte una cordada cuando el mundo exterior se clausura.

Recibo tres tirones secos desde la penumbra.

Avanza.

Tracciono con la mano derecha de un agarre invertido, buscando con la puntera de la bota una pequeña muesca limpia de escarcha.

Me elevo cuarenta centímetros sobre la arista.

El viento me empuja los hombros hacia el vacío norte con una ferocidad que me obliga a clavar las uñas en la roca hasta que la caliza me muerde los lechos ungueales.

La adrenalina me quema la boca con un sabor metálico, a sangre y café viejo.

Paso el seno de la cuerda por una cinta exprés pasada a un puente de roca natural. Doy dos tirones rítmicos.

Espero la respuesta.

Pasan cinco segundos. Diez.

El viento redobla su embestida con un silbido agudo que hace zumbar los mosquetones de mi arnés como si fueran diapasones enloquecidos.

La cuerda cuelga floja durante un latido agónico.

De repente, la poliamida sufre una sacudida espasmódica, errática y pesada.

No es el código. No son dos golpes limpios de muñeca. Es un tirón torpe, continuo, que arrastra la cuerda hacia abajo con el peso muerto de un cuerpo que ha perdido el apoyo de los pies.

El estómago se me cierra en un nudo de hielo.

«El hombro». El pensamiento me estalla en las sienes con la claridad de un relámpago.

La articulación acromioclavicular de Saúl ha debido colapsar bajo el esfuerzo de remontar la vira; el dolor de los ligamentos rotos o un mareo por shock álgico lo han hecho perder el equilibrio en la cornisa.

O una racha lateral lo ha barrido mientras cambiaba los apoyos a una sola mano.

—¡Saúl! —grito con desesperación, pero el vendaval me traga el aire de la boca antes de que el sonido traspase mis labios.

La cuerda empieza a correr veloz sobre el filo de caliza.

El roce de la poliamida contra la arista genera un chillido agudo de fricción.

Si la inercia de su caída gana dos metros más, el factor de choque arrancará el puente de roca y la fuerza de gravedad nos precipitará a ambos por la vertiente oriental.

No hay tiempo para montar un freno de mano ni para buscar un empotrador.

Me arrojo con todo el cuerpo hacia el lado opuesto de la arista, lanzando el torso sobre la vertiente contraria para actuar como un contrapeso humano.

Abrazo un bloque de caliza con el brazo izquierdo, enterrando el pecho contra la piedra helada.

Con la mano derecha enguantada y la fuerza de la desesperación, agarro el cabo activo de la cuerda y me lo enrollo una vuelta completa alrededor del antebrazo.

El latigazo llega un segundo después.

La sacudida es colosal. La poliamida se clava en mi carne a través de la manga del anorak con una violencia que me descoyunta el codo y me aplasta las costillas contra el espolón.

El nudo en mi arnés se comprime hasta estrangularme la cintura.

Siento las botas patinar en la gravilla suelta, pero muerdo el forro de mi propio cuello y clavo los talones en una fisura ciega con cada gramo de fuerza que me queda en los cuádriceps.

La cuerda tiembla en el aire, suspendida en el vacío entre el abismo y mis brazos, tensa como una barra de hierro.

Aguanto la tracción. Sostengo a pulso el peso de Saúl colgado al otro lado de la muralla. Mis pulmones bombean vapor denso que se congela al instante en la roca. El corazón me golpea el esternón con una violencia atroz, pero mis dedos no ceden ni un milímetro.

—¡No te suelto! —aúllo contra la piedra, con las lágrimas helándose en mis mejillas y la certeza salvaje de que antes de dejarlo caer tendrán que arrancarme los brazos de cuajo.