Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 23 LA REUNIÓN PRECARIA (POV SAÚL)
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CAPÍTULO 23 LA REUNIÓN PRECARIA (POV SAÚL)

Remonto los últimos dos metros de placa empujando con la suela de la bota izquierda y mordiéndome la lengua para no desmayarme.

El dolor en la articulación acromioclavicular ya no late; arde con la constancia de un clavo al rojo vivo perforándome el trapecio.

El cabestrillo improvisado que Nico me ciñó al pecho con la cinta roja me mantiene el codo en ángulo recto, pero cada oscilación sobre el abismo transmite una sacudida que me vacía los pulmones de aire tibio.

Arrastro el cuerpo sobre una vira estrecha, apenas una cicatriz de veinte centímetros que interrumpe la verticalidad del muro superior de Peña Vieja.

La niebla lechosa del whiteout nos aísla en una burbuja suspendida donde el valle de Áliva no existe: no hay suelo, no hay cielo, solo una penumbra blanquecina que ahoga los sonidos y congela el aliento.

Nico está suspendido de los anclajes, con las piernas abiertas en compás para repartir el peso en la roca lisa.

—No te apoyes con fuerza en la repisa, Saúl —dice en un susurro seco, sin apartar la mirada de la pared.

La calma forzada de su voz me pone en alerta antes de que mis ojos enfoquen el seguro.

Miro hacia el punto de anclaje.

La sangre se me retira de la cara más rápido que con una ráfaga de viento ártico. La reunión que ha montado para detener mi ascenso pende de dos microfriends —un cero y un doble cero de vástago flexible— encajados en una hendidura ciega que apenas parece una rozadura en la caliza.

Las levas de duraluminio no están expandidas en su rango seguro.

Apenas muerden tres milímetros de roca descompuesta, calzadas sobre una costra amarillenta de calcita que amenaza con pulverizarse bajo una carga dinámica.

Si uno solo de los dos seguros salta, el latigazo arrancará el segundo como si fuera un alfiler.

Ambos caeremos en un péndulo ciego hacia el patio del diedro inferior, arrastrando la cuerda sobre los filos cortantes.

«Tres milímetros. Nuestras vidas colgadas de tres milímetros de piedra podrida», me digo.

El pánico intenta cerrarme la tráquea, pero cuarenta años de pared me imponen una frialdad mecánica.

No hay margen para el reproche. Nico hizo lo que pudo: en este paño de sexto grado pulido por el hielo no hay más fisuras.

Llegó al límite de la cuerda y tuvo que clavar lo que llevaba en el arnés antes de que los brazos le reventaran por el ácido láctico.

—¿Aguanta? —pregunta Nico.

Tiene la mandíbula tensa y las sienes empapadas en un sudor gélido que se le congela en las cejas.

Sus manos desnudas, cubiertas de costras oscuras y abrasiones abiertas, tiemblan levemente contra la piedra.

Sé lo que está pensando: cree que ha vuelto a fallar, que su inexperiencia en autoprotección clásica nos acaba de sentenciar a muerte en mitad de la niebla.

—Aguanta si no hacemos ninguna estupidez —miento con una voz plana, dura como el granito, mientras saco despacio un cordino largo de aramida de seis milímetros de mi cintura usando únicamente la mano izquierda.

El tejido de aramida es rígido, inmune a las aristas afiladas de la caliza.

Paso el cabo por los ojos de los dos mosquetones de los microfriends con movimientos milimétricos, evitando cualquier tracción brusca que pueda desasentar las levas de su lecho precario.

Cruzo el cordino para ecualizar un triángulo de fuerzas flotante, buscando un ángulo cerrado, menor de treinta grados, para que la carga no multiplique la tensión sobre las piezas.

Hago el nudo de ocho con una sola mano y los dientes, sintiendo el sabor amargo de la resina sintética en la lengua.

Pero las matemáticas no engañan: en cuanto cuelgue mi peso muerto para asegurar el siguiente paso, la componente vectorial arrancará los microfriends de cuajo. La caliza se desgranará.

Tengo que anular la física con mi propio cuerpo.

Miro el fondo de la vira ciega a mi derecha. Es un nicho angosto, una hendidura vertical de no más de cuarenta centímetros de fondo donde la roca forma una cuña natural.

—Voy a entrar ahí —le digo en voz baja.

—Saúl, no hay agarres dentro, te vas a escurrir...

—No voy a agarrarme. Voy a encajarme.

Paso la pierna izquierda por delante de la suya.

Mi muslo roza su cadera; a través de la poliamida de los pantalones técnicos, siento el calor febril de su cuerpo contrastando con la frialdad de la roca.

Deslizo la espalda contra la esquina del diedro y meto las costillas a presión en la ranura, utilizando el hombro sano y la pelvis como una cuña humana.

Clavo el talón de la bota rígida en un saliente inverso y bloqueo la rodilla con un chasquido sordo.

El aire se me escapa en un gemido corto cuando la presión comprime mi hombro lesionado contra el fondo, pero logro el objetivo: mi masa queda trabada por pura fricción estática.

Con la mano izquierda paso el mosquetón principal de la reunión a mi propio anillo ventral y tenso el cabo de aramida.

Todo el peso directo de la cordada ya no tira hacia afuera de los microfriends; mi cuerpo encajado absorbe el vector de tracción, aliviando la carga sobre las piezas metálicas hasta dejarlas como un simple seguro de apoyo pasivo.

El metal de los seguros emite una vibración aguda, un zumbido imperceptible que se apaga en cuanto la tensión se estabiliza.

La distancia entre Nico y yo se ha reducido a la nada.

Está plantado justo frente a mí, suspendido a escasos diez centímetros de mi rostro.

Su respiración entrecortada choca contra mis labios agrietados en una bocanada de vaho húmedo y caliente.

Puedo ver el dibujo de sus pupilas dilatadas bajo las gafas empañadas, la sombra de la barba naciente recortada por el blanco absoluto que nos rodea y el latido salvaje de su carótida golpeándole el cuello.

El silencio que cae sobre la pared es sobrecogedor. El whiteout ha apagado el viento; no se escucha nada más que el crujido microscópico del hielo que gotea sobre nuestras botas.

Levanto los ojos y le sostengo la mirada con una intensidad que no deja espacio al miedo.

—No te muevas un milímetro, Nico —le susurro al oído, tan cerca que mis labios rozan la comisura helada de su boca—. Respira despacio y confía en el reparto. Si yo no caigo, tú no caes.