Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 22 NIEBLA CERRADA (POV NICO)
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CAPÍTULO 22 NIEBLA CERRADA (POV NICO)

El mundo ha dejado de tener contornos.

No hay arriba ni abajo. A dos mil cuatrocientos cuarenta metros de altitud, la masa compacta de nubes del frente ártico nos ha engullido por completo, transformando el Espolón de los Franceses en una nada lechosa, suspendida y asfixiante.

Miro hacia mis pies de gato y apenas distingo la punta de las botas sobre la caliza gris; miro hacia el valle y los quinientos metros de caída libre hacia Áliva han desaparecido tras una cortina blanca, densa y en ebullición que se traga la luz.

Es el whiteout. La pérdida absoluta de cualquier referencia visual que confunde al oído interno y convierte el sentido del equilibrio en una ilusión quebradiza.

Siento náuseas en la boca del estómago. Apoyo la frente contra el muro helado para frenar el mareo que me inclina el cuerpo hacia la nada. El aire aquí dentro huele a nieve vieja, a ozono y a ese frío mineral que se te pega a la tráquea como limaduras de hierro.

—No mires al vacío, Nico —la voz de Saúl sube desde la reunión inferior, apagada y rasposa por el filtro de la niebla—. Pega la pelvis a la roca. Búscate en el tacto.

Trago saliva con dificultad. Apenas quince metros por debajo, Saúl es solo una silueta oscura y borrosa anclada a la repisa con el brazo derecho inmovilizado en cabestrillo.

La cuerda naranja de ocho milímetros y medio que nos une cuelga en una comba invisible que se pierde en la blancura.

Toco la pared con la palma de la mano derecha.

La caliza está muda. Es una placa continua de sexto grado, pulida por siglos de agua de fusión y cubierta por una costra quebradiza de verglás que borra cualquier relieve evidente.

Hundo los dedos enguantados en el aire denso, tanteando a ciegas una superficie que parece lisa como el casco de un barco.

No hay fisuras. No hay cantos. El pánico del vacío sin límites empieza a subirme por las piernas en un temblor frío.

—¡Saúl, no veo la línea! —grito contra la piedra, sintiendo el vaho caliente rebotar en mi visera y congelarse en las pestañas—. El espolón se ha cerrado. No hay agarres a la derecha ni apoyos de pie. ¡Es un espejo!

El silencio de la montaña se traga mis palabras. Durante cinco segundos agónicos solo escucho el gemido apagado del viento peinando la pared invisible y el latido desbocado de mi propio corazón martilleándome las sienes.

Entonces, la cuerda entre nuestros arneses se mueve.

No es un tirón brusco. Son dos pulsaciones suaves, rítmicas, un código aprendido en mil largos de clásica que viaja a través de la poliamida tensada. Saúl ha recogido la comba con su mano izquierda hasta hacer desaparecer la holgura.

Siento la tensión firme del cabo en mi anillo ventral: no tira de mí hacia abajo, me sostiene en el eje exacto.

—Respira y vacía la cabeza, chaval —su voz llega con una nitidez asombrosa, despojada de cualquier vacilación—. No necesitas los ojos para leer esa caliza. La conoces igual que yo.

—No hay nada delante, Saúl…

—Estás en el muro de salida del segundo gendarme —me corta con una autoridad serena, casi hipnótica, que frena en seco mi respiración entrecortada—.

Pasé por ahí abriendo vía hace doce años con tu padre.

La placa engaña a la vista, pero tiene memoria.

Carga el peso en el talón derecho y sube la rodilla izquierda medio palmo.

Hay una regleta ciega en bidedo que no se ve desde abajo.

—¿A qué distancia?

—A las dos de tu hombro —responde sin dudar un milisegundo—.

Cuarenta centímetros por encima del último seguro pasivo.

Es una fisura de agarre invertido, taponada de nieve blanda.

Límpiala con el pulgar. Tienes que meter tres falanges y bloquear de antebrazo.

Confía en mí, Nico. Eres mis ojos arriba; yo soy tus manos abajo.

Cierro los párpados.

En mitad de este mar blanco donde la vista solo engendra vértigo, la oscuridad interior me devuelve la calma biomecánica.

Traspaso el peso a la bota derecha.

La suela de goma se adhiere a una microrrugosidad de apenas dos milímetros. Levanto el brazo izquierdo hacia las dos, extendiendo las falanges abiertas en la niebla lechosa. Mis dedos rozan la roca fría, barriendo una fina capa de escarcha pulverulenta.

Tanteo la caliza pulida. Un centímetro. Dos. Tres.

Y de repente, el relieve.

Una hendidura vertical, estrecha y cortante, oculta bajo una costra de nieve congelada que cede al presionar el pulgar.

Las yemas de mis dedos índice y corazón penetran en la fisura ciega hasta el segundo nudillo.

El agarre es franco, sólido, perfecto. La piedra me muerde la piel con una aspereza mineral que me ancla a la existencia con la fuerza de un rayo.

—La tengo —susurro con un hilo de voz que el vendaval arrastra.

—La tienes —repite Saúl abajo, y siento la cuerda tensarse un milímetro más en mi arnés, sellando la comunión ciega de una cordada que ya no necesita palabras para encontrar el camino a la cumbre.