CAPÍTULO 21 RACIONES COMPARTIDAS (POV SAÚL)
El atardecer se pudre sobre los farallones de Peña Vieja en una franja de color violeta sucio.
No hay belleza en este ocaso; solo la confirmación de que la noche polar se nos viene encima como una losa de caliza húmeda.
A dos mil cuatrocientos veinte metros, la repisa donde Nico montó la reunión intermedia es una herida mísera de apenas cincuenta centímetros de ancho, colgada sobre el abismo de Áliva y batida por un viento que ha dejado de gemir para rugir con la violencia de un motor de aviación.
Tengo el brazo derecho completamente pegado a las costillas.
La cinta roja y el cordino que Nico me ajustó con destreza quirúrgica me sostienen la articulación acromioclavicular en un molde rígido, pero el dolor no duerme: late como una plancha incandescente que me calcina el trapecio cada vez que inhalo el aire gélido de la vertiente este.
A mi lado, encajado entre mis piernas para no resbalar hacia el vacío, Nico lucha por mantener encendida la llama azul del hornillo portátil.
Ha colocado su propio cuerpo a modo de pantalla contra las ráfagas del norte.
Tiene las mangas del anorak llenas de escarcha y los nudillos agrietados y oscuros por la sangre seca de los últimos largos, pero en su mandíbula ya no queda rastro del muchacho que dudaba a mitad de placa.
Se mueve con una parsimonia dura, aprendida a golpes en las fisuras.
—El agua ha hervido —dice en un susurro áspero, quebrado por el esfuerzo continuo de abrir vía en roca helada.
Vierte el contenido del cazo de aluminio en la única bolsa de comida liofilizada que nos queda: un guiso hipercalórico de pasta y carne desecada.
El vapor caliente que escapa del envase despide un aroma denso, químico y reconfortante que rompe de golpe el olor mineral a ozono y caliza machacada que llevamos incrustado en la garganta.
—Come primero —le ordeno con mi voz gastada, empujando la bolsa hacia sus rodillas con la mano izquierda—. Has tirado de primero los últimos ochenta metros con verglás. Necesitas meter mil calorías en el núcleo antes de que la temperatura baje a diez bajo cero.
Nico no discute. Introduce la cuchara de mango largo en el preparado humeante, sopla apenas una fracción de segundo y se mete la comida en la boca con una urgencia animal.
Cierra los ojos; veo cómo sus sienes se destensan al sentir el calor descender por el esófago.
Luego, con los dedos rígidos y torpes por el entumecimiento de las falanges, carga otra cucharada y la estira hacia mis labios.
—Abre la boca, Saúl. No seas terco.
Trago el alimento caliente. El calor me recorre el pecho como un fuego lento, aliviando la tiritona sorda que empezaba a sacudirme el diafragma.
Comemos así, alternando el metal de boca en boca sin pronunciar palabra.
Cada cucharada que compartimos es un sacramento mínimo dictado por la ley de la montaña: en una repisa colgada a mitad de pared, el egoísmo mata con la misma rapidez que un anclaje podrido.
Cuando la bolsa queda limpia, Nico la dobla en un paquete minúsculo y la guarda en el bolsillo de su mochila. Apaga el hornillo de un manotazo seco. La repentina desaparición del zumbido del gas deja el vivac sumido en el aullido feroz de la cellisca chocando contra la tela del saco de emergencia.
Nico se gira hacia mí. Estamos tan pegados que el tejido técnico de nuestras chaquetas chirría a cada movimiento. Su respiración empaña el aire entre los dos en una nube blanca y espesa.
—Lo tenemos encima, Saúl —murmura, clavando sus ojos oscuros en los míos—. Mañana por la mañana este muro va a ser una cascada de hielo.
—Saldremos antes de que el frente cierre la cumbre —respondo, mirándolo de cerca.
En la comisura de su labio inferior descansa una pequeña mota blanca, una mezcla de escarcha y vapor congelado que el viento acaba de depositar sobre su piel agrietada.
Levanto la mano izquierda, la única que me responde.
Con la yema del pulgar, raspada y endurecida por cuarenta años de cuerda y roca caliza, le retiro la partícula helada con una suavidad que desentona con la brutalidad del entorno.
Mi piel roza la suya. El calor de su boca me quema el dedo.
Nico se queda completamente inmóvil. No se aparta.
No parpadea. Su mirada baja hacia mis labios y luego vuelve a subir a mis ojos con una intensidad descarnada, desnuda de las capas de odio, mentiras y duelo que nos han separado durante un lustro.
El abismo de quinientos metros ya no existe; el hombro destrozado deja de doler.
Solo queda el latido desbocado de dos hombres que han cruzado juntos el umbral de la muerte y se encuentran, despojados de todo, en el límite de sus fuerzas.
—Saúl… —apenas un suspiro roto que el aire se traga.
Colapso la distancia.
Tiro de su nuca hacia adelante con mi mano izquierda y junto mi boca con la suya.
El contacto es hambriento, desesperado, violento como el choque de dos placas de hielo.
Nico deja escapar un jadeo sordo contra mis labios y abre la boca para recibirme, enredando sus dedos encallecidos en el cuello de mi forro polar empapado.
Me besa con la furia de quien se niega a morir sin haber vivido, saboreando el café rancio, la sal de mi propia sangre y ese frío áspero que nos envuelve.
No hay promesas de futuro en este beso. No hay palabras tiernas ni garantías de redención en el valle.
Es la rendición biológica, absoluta y salvaje de dos cuerpos que se aferran el uno al otro para robarle un segundo de calor al vacío más implacable.
Siento su lengua caliente contra la mía, la fuerza de su pecho aplastando mis costillas y la certeza abrumadora de que este chico se ha convertido en mi única verdad en la tierra.
¡CRACK!
Una detonación sorda y brutal retumba en la pared. Una racha huracanada de más de ochenta kilómetros por hora se estrella de lleno contra el espolón, sacudiendo la repisa y desgarrando la cinta que asegura la mochila a la roca.
El beso se corta en seco.
Nos separamos apenas cuatro centímetros, jadeando, con los labios hinchados y los ojos desorbitados.
El aire helado entra de golpe entre nuestras bocas como una cuchilla.
Miramos hacia arriba: la caliza negra de la Peña Vieja se funde con una masa de nubes tormentosas que desciende a plomo sobre nuestras cabezas.
La montaña no espera, no perdona y sigue exigiendo su tributo.