Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 20 REPARAR EL DAÑO (POV NICO)
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CAPÍTULO 20 REPARAR EL DAÑO (POV NICO)

El ascenso por la cuerda fija es un castigo rítmico que me quema los pulmones.

Avanzo con el puño bloqueador y el nudo machard sobre el cabo naranja de ocho milímetros y medio.

Cada tracción de los brazos me envía una descarga punzante a las yemas laceradas, pero no me detengo a respirar.

La poliamida vibra bajo mi peso con una tensión rígida, empapada de agua semicongelada que resbala en gotas lentas hacia el abismo.

El patio de seiscientos metros a mi espalda se ha convertido en una caldera blanca de niebla hirviente; el viento del norte azota los contrafuertes de Peña Vieja con un gemido grave que ahoga cualquier otro pensamiento.

«Está vivo. El golpe lo dio contra el muro, pero aguantó».

Esa certeza biomecánica es lo único que me hace clavar las puntas de goma en la caliza rota. Remonto los últimos dos metros de diedro en una torsión agónica de cadera y paso la pierna sobre el labio de la reunión colgada.

La imagen que me recibe me corta el aire en la garganta.

Saúl está sentado a horcajadas sobre la repisa de cuarenta centímetros, encajado contra la pared gris.

Tiene el rostro descompuesto, blanco como la caliza lavada por la escarcha.

Un hilo de sangre espesa le mancha la barbilla, brotándole del labio inferior que se ha partido a mordiscos para no soltar un alarido.

Su brazo derecho cuelga inerte, pegado al costado en un ángulo rígido, muerto. La solapa de su anorak técnico deja ver un abultamiento antinatural en el extremo distal de la clavícula: una deformidad en tecla de piano que delata el ligamento acromioclavicular desgarrado bajo la piel curtida.

A pesar de eso, su mano izquierda —con la venda de cinta tubular empapada en sangre y poliamida negra— sigue estrangulando el cabo pasivo de la cuerda contra el anillo ventral.

—Suelta ya, Saúl —susurro, arrodillándome sobre la gravilla helada frente a él. La voz me tiembla con un filo de reverencia y dolor que jamás pensé dirigirle—. Estoy anclado. Estoy en la reunión. Suelta el freno.

Saúl levanta la vista muy despacio. Sus ojos oscuros, hundidos bajo unas cejas cuajadas de hielo, tardan dos segundos en enfocarme a través del filtro ceniciento del temporal. Cuando sus pupilas reconocen mi silueta entera, los tendones de su cuello se destensan de golpe.

Sus dedos izquierdos se abren con una rigidez espasmódica. La cuerda cae inerte sobre la roca.

—Te… te mantuve —consigue articular. La voz le sale en un estertor seco, casi inaudible bajo el zumbido del vendaval.

—Me salvaste la vida —digo, mirándolo a la cara sin pestañear.

No hay reproches.

No queda ni un átomo del rencor ciego que me carcomía en el refugio de Áliva. La carta de mi padre en el fondo de mi bolsillo es solo celulosa muerta frente al sacrificio de carne, hueso y ligamentos que este hombre acaba de entregar para que yo no me rompiera contra el zócalo.

Me despojo de los guantes técnicos con los dientes y los escupo en mi regazo. El aire a seis bajo cero me muerde los nudillos en carne viva, pero necesito el tacto desnudo de la piel para manipular el equipo.

—No intentes mover el brazo —le ordeno, modulando el tono con la misma serenidad quirúrgica que él me enseñó en las escuelas de Potes—.

Tienes un esguince acromioclavicular de grado dos o tres.

La articulación está abierta. Si el brazo bascula en el vacío, el dolor te va a provocar un síncope vagal.

Saúl aprieta las muelas, asintiendo apenas con un leve movimiento de mandíbula. Gotas de sudor frío le resbalan por las sienes, congelándose antes de llegar al cuello.

Desabrocho con rapidez la hombrera derecha de su mochila de carga y la deslizo hacia atrás para liberar el hombro. Con la navaja de escalada, corto un metro y medio de cinta plana de poliamida roja de mi portamaterial. Extraigo un cordino de siete milímetros de mi cintura.

—Voy a fijar el húmero contra las costillas —le explico mientras paso la cinta ancha por debajo de su axila sana—. El cordino servirá de cabestrillo para elevar el codo y quitarle tensión a la clavícula. Te va a doler como un tiro.

—Tira de una vez, chaval —masculla entre dientes, con los ojos inyectados en sangre—. No me des conferencias médicas.

Tomo su antebrazo derecho con ambas manos. El frío de su muñeca contrasta con el calor sofocante que irradia la articulación inflamada. Con un movimiento firme y ascendente, elevo su extremidad para acomodarla cruzada sobre su pecho.

El impacto biomecánico le arranca un espasmo incontrolable.

Saúl deja escapar un gemido ahogado y se inclina hacia adelante sin poder evitarlo.

Su cabeza se desploma contra mi hombro izquierdo; su frente empapada de sudor y escarcha se clava en el hueco de mi cuello.

Siento todo su peso descargándose sobre mí, la vibración violenta de su caja torácica luchando por meter aire en unos pulmones paralizados por el shock.

El olor a sudor rancio, caliza machacada y sangre fresca me envuelve por completo.

Por primera vez en seis años, no es el guía inquebrantable. Es un cuerpo herido que se abandona a mi sostén.

Paso mi brazo izquierdo alrededor de su espalda, sosteniéndolo con fuerza contra mi pecho mientras ajusto el nudo plano en la cinta perimetral con los dientes y la mano derecha.

Su aliento caliente me quema la piel de la garganta en bocanadas espasmódicas.

—Ya está —susurro contra su pelo revuelto, apretando el cordino hasta que el codo queda inmovilizado en noventa grados—. No se va a mover de ahí.

Saúl tarda cinco respiraciones enteras en recomponerse. Levanta la cabeza despacio, despegándose de mi pecho con una lentitud que deja al descubierto la grieta absoluta de su vulnerabilidad. Me mira a los ojos desde una distancia de apenas diez centímetros.

No hay máscara de veteranía; solo la rendición limpia de quien sabe que su supervivencia está en manos ajenas.

—No podemos esperar aquí a que el frente pase —dice con la voz rasposa—. La cencellada va a taponar la salida.

—Lo sé —le respondo.

Me inclino hacia su arnés. Reviso el nudo en ocho que lo une a la cuerda; tenso los cabos paralelos y ajusto el remate de seguridad contra su anillo ventral con un tirón seco.

Luego, alargo las manos hacia los portamateriales de su cintura y desengancho los microfriends grandes, los empotradores mecánicos y los dos clavos de acero que le quedan.

Los voy colgando uno a uno en mi propio arnés.

El tintineo del duraluminio resuena en la cornisa como el sellado de un pacto definitivo.

Me pongo en pie sobre la laja resbaladiza, dominando el centro de gravedad. El viento norte me recibe con un azote feroz, pero las piernas ya no me tiemblan.

—Ahora asegúrame tú como puedas con esa mano izquierda —le digo, mirándolo desde arriba mientras encaro los últimos ochenta metros de muro hacia la arista somital de Peña Vieja—. Yo abro la pared hasta arriba.