Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 19 VUELO CONTENIDO (POV SAÚL)
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CAPÍTULO 19 VUELO CONTENIDO (POV SAÚL)

El silencio que precede al desastre en pared nunca dura más de un latido.

A dos mil cuatrocientos metros, la caliza del Espolón de los Franceses expulsa un sonido hueco, un estallido sordo y quebrado que me sube por las suelas de las botas hasta las sienes.

Mis pupilas, clavadas en la silueta de Nico recortada contra la panza plomiza de la tormenta, ven cómo el pie de gato izquierdo resbala sin remedio sobre la película de verglás.

La gravedad no discute. El cuerpo de Nico bascula hacia el vacío de Áliva.

—¡Saúl! —el grito se desgarra contra el granito y el viento del norte.

Cae a plomo. Cuatro metros por encima del último seguro precario, el factor de caída convierte sus setenta kilos en un proyectil ciego que arrastra la cuerda naranja de ocho milímetros y medio a una velocidad homicida.

«Bloquea. Planta los talones. No mires la cuerda correr». La orden técnica me golpea la mente con la frialdad de un manual de rescate del GREIM.

Clavo la bota izquierda en la hendidura del zócalo y echo el peso hacia atrás para hacer contrapeso contra la roca madre.

El cabo pasivo corre como una serpiente viva a través de las ranuras de la placa de freno.

El olor a poliamida quemándose por el rozamiento me azota la cara, denso, químico y asfixiante.

Con la mano izquierda —la palma en carne viva, vendada con la cinta tubular manchada de sangre seca—, estrangulo la cuerda contra el muslo.

El latigazo llega con la violencia de un hachazo.

La cuerda se tensa con un crujido agudo y metálico. El mosquetón de seguridad golpea el vértice del triángulo de fuerzas de la reunión con un chasquido que hace saltar esquirlas de caliza.

Por puro reflejo de supervivencia, mi brazo derecho, el hombro que ya arrastraba una contusión aguda desde el zócalo, intenta amortiguar el impacto contra la pared. Es un error mecánico fatal.

La tracción del vuelo de Nico me arranca el brazo hacia arriba con un ángulo forzado.

Crack.

El chasquido no es de la roca. Es el crujido seco, cavernoso e inconfundible de los ligamentos acromioclaviculares cediendo bajo la carga. La cabeza del húmero se desplaza de la cavidad glenoidea en una subluxación parcial que me desgarra la carne desde la clavícula hasta el omóplato.

Una llamarada blanca, cegadora y helada me revienta la visión.

—¡Ughhh…! —el alarido se me atasca en el paladar.

Me muerdo el labio inferior con toda la fuerza de mis mandíbulas para no vomitar el grito en mitad de la canal. Aprieto los dientes hasta que la piel cede; el sabor espeso, salado y metálico de mi propia sangre me inunda la boca, bajándome caliente por la barbilla helada.

El brazo derecho pierde toda la fuerza de golpe, convirtiéndose en un trozo de madera muerta que cuelga inerte, descolgado, abrasado por un dolor pulsátil que me nubla la conciencia. No puedo mover los dedos. No puedo cerrarlos sobre el arnés.

Toda la masa de Nico, suspendido en el vacío tras seis metros de vuelo limpio, pende ahora de un solo punto: mi mano izquierda.

El músculo del antebrazo izquierdo se me contrae en un calambre de hierro.

Las quemaduras bajo la cinta adhesiva arden como si me hubieran pegado una plancha al rojo vivo, pero los tendones se clavan a la cuerda sin aflojar ni un milímetro de tensión.

No hay margen de error. Si la mano izquierda se abre, no hay seguro secundario; Nico se estrellará quinientos metros más abajo contra las pedreras del circo.

El péndulo de la caída va perdiendo inercia en el aire gélido.

La poliamida deja de estirarse. Abajo, suspendido en mitad de la niebla que sube hirviendo desde el valle, Nico oscila sobre la nada. El silencio vuelve a desplomarse sobre Peña Vieja, roto únicamente por el aullido del viento norte peinando la arista somital.

Apoyo la frente contra la caliza congelada. El sudor frío me gotea desde las cejas y se hiela sobre el puente de la nariz. Cada respiración es un fuelle roto que me clava cristales en el pecho.

—¡Saúl! —la voz de Nico sube por la canal, jadeante, rota por el impacto del arnés en las ingles, pero limpia de miedo infantil—. ¡Estoy bien! ¡El arnés me ha frenado! ¿Me tienes?

Escupo un coágulo de sangre sobre la nieve sucia de la repisa. Levanto la cabeza despacio, sintiendo la clavícula derecha montada en una posición antinatural bajo la solapa del anorak. Mis ojos se clavan en la cuerda tensa.

—Te tengo —consigo pronunciar en un susurro ronco, apenas un hilo de voz que el vendaval amortigua contra la roca viva—. Te tengo, Nico. No te sueltes.

Aferro la cuerda con los últimos restos de fuerza de mis dedos izquierdos, tragándome la agonía de un cuerpo que se parte en dos para que él siga con vida.