CAPÍTULO 18 EL LARGO CLAVE (6a) (POV NICO)
Desengancho el juego de fisureros del arnés de Saúl. Mis nudillos rozan la tela áspera de su chaqueta técnica; el calor que emana su cuerpo contrasta con la frialdad de la roca. Su hombro derecho cuelga inmóvil, rígido, pero sus ojos oscuros me clavan una orden muda.
—Pasa tú de primero, Nico —dice en un susurro áspero, quebrado por el dolor que intenta enmascarar—. Yo te aseguro desde la repisa con la izquierda. No mires el patio. Lee la línea.
—Te saco de esta pared, Saúl. Te lo juro —respondo.
No hay rastro de la rabia infantil de ayer. La verdad sobre el Urriellu y el sacrificio de mi padre han dejado de ser un veneno; ahora son un ancla. Ya no escalo para medirme con él ni para arrancarle confesiones. Escalo para que los dos salgamos vivos a la cumbre de Peña Vieja.
Hundo las manos en la bolsa de magnesio.
El polvo blanco se dispersa en una nube densa que el vendaval desintegra en segundos.
Clavo la puntera del pie de gato izquierdo en una regleta horizontal de tres milímetros.
La goma vibram muerde la piedra fría. Estiro el brazo derecho y meto tres falanges en la fisura: la caliza muerde la carne como una hilera de cuchillas.
Un hilo fino de sangre tibia me brota de las yemas agrietadas, mezclándose con el polvo mineral y congelándose casi al instante contra la superficie de la roca.
Ignoro el dolor punzante. Subo los pies en adherencia, sintiendo el ácido láctico quemarme los gemelos.
A seis metros de la reunión, el diedro se desploma sobre mi cabeza en un ángulo ciego.
Busco un emplazamiento para autoprotección, pero las paredes de la hendidura están taponadas por una costra dura de verglás.
Logro encajar un microfriend del número uno apenas tres centímetros dentro de una grieta secundaria; el gatillo expande las levas con un chasquido que apenas ofrece una tregua psicológica.
—¡Dame comba! —grito hacia la nada, con el vaho de mi respiración empañándome el interior de las gafas de ventisca.
La cuerda de ocho milímetros y medio corre fluida por el freno. Saúl la gestiona con una sola mano desde abajo, con una destreza quirúrgica que desafía su articulación rota.
Avanzo cuatro metros más en pura tensión biomecánica.
El seguro ha quedado muy abajo, a la altura de mis tobillos.
Si caigo ahora, el factor de caída me estampará contra la repisa inferior.
El vacío me tira de la mochila hacia atrás con una fuerza brutal.
Busco una salida de manos, pero la laja superior es roma, lavada por las corrientes de agua de deshielo.
Los dedos de mi mano derecha empiezan a abrirse. El antebrazo se me bloquea en un espasmo rígido, duro como una tabla. La fuerza me abandona. El pánico, sordo y frío, me asalta en mitad del paso.
—¡Saúl, no tengo agarre! —jadeo, con la voz ahogada por el esfuerzo y el aire gélido quemándome la garganta—. ¡Me voy!
—¡No te vas a ninguna parte, Nico! —el grito de Saúl sube por el canalizo, rasgando el viento con una ferocidad salvaje que me sacude los tímpanos—. ¡Baja el centro de gravedad! ¡Sube el pie a la fisura y bloquea en invertido! ¡Confía en la goma, joder, confía en la pared!
Su voz no es un ruego; es una cuerda invisible que me agarra del pecho y me clava a la roca. Cierro los ojos un milisegundo. Huelo el ozono del temporal, el sudor frío que me empapa la nuca y el olor metálico de la sangre en mis nudillos.
«Bloquea. Tracciona. No lo dejes solo en la reunión».
Meto la bota derecha en el fondo del diedro, cruzando el cuerpo en una torsión forzada.
Lanzo la mano izquierda hacia el labio superior de la laja.
Mis dedos alcanzan el canto vivo. Aprieto los dientes hasta que me rechinan las mandíbulas y ejecuto un bloqueo agónico de bíceps, izando mis setenta kilos a pulso mientras el hombro me cruje por la sobrecarga muscular.
Saco el torso por encima del resalte desplomado. El aire de la arista me azota la cara con violencia liberadora.
Estoy arriba. He superado el paso clave.
Apoyo el pie izquierdo en el filo para estabilizar la posición y buscar la fisura donde montar la reunión somital.
En ese preciso instante, la caliza bajo mi bota emite un crujido seco, quebradizo y hueco.
La laja fracturada cede dos centímetros bajo mi peso, desestabilizándome el torso hacia el vacío. Lanzo los brazos hacia adelante para no bascular hacia el abismo, sintiendo el aire helado abrirse bajo mis pies mientras busco a la desesperada una hendidura donde clavar los dedos.