CAPÍTULO 17 HIELO EN LA FISURA (POV SAÚL)
El primer destello del alba no alivia la pared: la condena.
Es una claridad acerada, grisácea y sucia que se cuela por la boca del nicho como un cuchillo desafilado.
Durante la noche, la cellisca ha dejado paso a una calma gélida de cinco grados bajo cero, congelando la humedad condensada de la roca viva.
Toda la caliza del muro superior ha despertado cubierta por una lámina continua de verglás: un barniz translúcido, quebradizo y letal que borra los microrelieves y transforma cada regleta en una trampa de jabón mineral.
Despego la espalda del fondo de la cueva con un movimiento medido, ahogando un siseo entre los dientes cuando la articulación acromioclavicular derecha protesta con una punzada sorda y ardiente.
A mi lado, Nico sigue sentado sobre la grava helada.
Tiene las piernas recogidas contra el pecho y la mirada clavada en la carta arrugada que yace entre sus botas, inservible, muda.
Las revelaciones sobre su padre y el Urriellu flotan en el aire como pólvora apagada, pero en la vertical el duelo es un lujo que se paga con los huesos rotos.
—Guarda el papel y ponte el casco, Nico —ordeno sin mirarlo, forzando esa aspereza clínica que nos devuelve a la realidad del tajo.
Nico parpadea despacio, como si regresara de un abismo más profundo que el de Áliva. Me mira la mano izquierda vendada con cinta perimetral y luego busca mi hombro caído. No hay soberbia en sus ojos; solo una vulnerabilidad descarnada que me descoloca la guardia.
—Saúl… tu brazo está destrozado —dice en un susurro ronco, quebrado por la noche en vela—. No puedes abrir este largo en terreno mixto.
—Tampoco puedo asegurarte en dinámico con una mano inutilizada si vuelas en verglás —replico mientras paso el cabo naranja de ocho milímetros y medio por el anillo ventral y ajusto el nudo—.
El terreno está descompuesto y las fisuras están taponadas de hielo.
Abro yo hasta la repisa de la chimenea. Tú recuperas y sales en cabeza cuando la pared vuelva a secar.
—Es una locura.
—Es lo que hay si queremos llegar a la arista antes del mediodía.
Cojo el martillo-piolet del portamaterial con la mano izquierda.
El acero del regatón está cubierto de escarcha blanca.
Me planto al borde del nicho; el vacío oriental de Peña Vieja se abre a mis pies como una garganta congelada que succiona el aliento.
La niebla del valle ha quedado atrapada abajo en un mar compacto, dejándonos aislados en una isla de roca y hielo suspendida a más de dos mil trescientos metros.
Clavo la puntera de la bota rígida en el primer saliente.
La suela resbala al instante dos centímetros con un chirrido agónico sobre la costra vítrea.
Me obligo a cargar el peso con el gemelo en máxima tensión, bajando el centro de gravedad.
Tanteo con los dedos enguantados una fisura ciega a la altura de mis ojos: el hueco está completamente cegado por un tapón de hielo duro como piedra caliza.
Imposible meter un microfriend, impensable calzar un empotrador pasivo.
«Picar, limpiar, traccionar. No pienses en el hombro, no pienses en la caída», me repito como una orden marcial que apaga el dolor sordo de mi clavícula. Si dudo un segundo, el músculo se enfría y el brazo derecho quedará bloqueado por completo.
Apoyo la frente contra el muro helado para estabilizar el cuerpo en tres puntos. Levanto el martillo-piolet con el brazo izquierdo. Con un movimiento seco de muñeca, golpeo la boca de la hendidura.
El crujido agudo del hielo al quebrarse estalla en el silencio mineral de la mañana. Salta una metralla de esquirlas transparentes que me golpean la visera y se pierden en el abismo. Dos golpes más. El regatón muerde la roca viva del fondo con un chasquido metálico.
Saco un clavo de acero extraplano del arnés utilizando los dientes para desengancharlo del mosquetón.
El sabor a hierro congelado me abrasa la lengua.
Lo encajo en la grieta desescombrada y golpeo con la maza de la herramienta hasta que el sonido sube de tono, pasando de un golpeteo sordo a un canto agudo y limpio que confirma que la hoja ha trabado en la caliza.
—¡Seguro intermedio colocado! —grito hacia el nicho, jadeando por el esfuerzo de sostener mi peso sobre una sola pierna.
—¡Te llevo sin comba, Saúl! —la voz de Nico sube firme, tensa, cargada de una devoción silenciosa que vibra a lo largo de la cuerda—. ¡No arriesgues el paso!
Avanzo dos metros más en adherencia precaria.
La caliza empeora: es un diedro desplomado donde el agua de deshielo de la tarde anterior ha formado una lengua continua de verglás de apenas tres milímetros de espesor.
Las yemas de mis dedos, entumecidas por el frío que cala los guantes técnicos, tantean un cazo invertido a la derecha.
No hay agarre franco; el hielo cubre los cantos como una cera pulida.
Engancho el pico del martillo-piolet en una laja superior. Tiro hacia abajo para comprobar la tracción: la hoja de acero muerde un milímetro en la caliza.
Tengo que cambiar los pies. Subo la bota derecha a una regleta inclinada, descargando la fuerza en el borde interno de la goma para liberar la pierna izquierda.
En ese instante preciso, la roca emite un chasquido hueco, líquido, atroz.
La placa de verglás entera se desprende en bloque bajo la suela.
La piedra pierde su agarre. Mi pie derecho se dispara hacia el vacío.
El peso de mi cuerpo y de la mochila de doce kilos cae a plomo, arrancando de cuajo la hoja del martillo-piolet de la laja superior.
La herramienta resbala en el aire, colgando de la dragonera que me estrangula la muñeca izquierda.
El abismo de quinientos metros me succiona hacia atrás con una inercia salvaje.
Lanzo la mano izquierda a la desesperada contra la pared. Mis dedos desnudos y sangrantes encuentran el borde cortante de una regleta mínima en la roca viva. Clavo las primeras falanges con una fuerza atroz, bloqueando los tendones al límite de su resistencia biomecánica.
Los pies me cuelgan en el aire helado. Todo mi cuerpo pende de cuatro centímetros de caliza y de cuatro tendones en máxima tensión que amenazan con partirse.
Abajo, el clavo que acabo de meter queda a un metro por debajo de mis botas.
Si las falanges de mi mano izquierda ceden ahora, el vuelo en factor dos me estampará contra el reborde de la repisa.
El hombro derecho inútil me arde en un grito sordo que me ahoga la tráquea, mientras escucho el crujido de la cuerda tensándose contra el freno de Nico en el nicho.