CAPÍTULO 16 LA VERSIÓN DEL GUARDIÁN (POV SAÚL)
El viento sacude los faldones de la lámina térmica con un chasquido continuo, como si cientos de látigos de alambre azotaran la caliza. A cuatro bajo cero, el frío se filtra por las comisuras del plástico de emergencia y se me pega a los pómulos con la mordedura áspera de la salitre.
No aparto la vista de Nico.
Sus dedos siguen clavados en la tela de mi anorak técnico, apretando con tanta fuerza que siento las costuras ceder bajo la tensión.
Tiene la respiración entrecortada, húmeda por el aire gélido que se le ha metido en el pecho, y el resplandor carmesí del frontal ilumina el temblor espasmódico de sus labios.
Es la misma mirada herida, feroz y rota que vi en él en la sala de espera del hospital hace cinco años, cuando el crío al que llevaba un año enseñando a asegurar en Potes se quedó sin padre: la de un muchacho que necesita un culpable tangible para no desplomarse en el abismo de su propio desamparo.
Sostener la mentira ha sido una carga más pesada que cualquier mochila de expedición. Durante un lustro he dejado que me despreciara en silencio, que me llamara burócrata, que midiera cada uno de mis gestos en la roca como si escondiera una navaja en la manga.
Pensé que el desprecio lo mantendría a flote, que la rabia le daría la tracción que la tristeza le negaba.
Pero aquí arriba, con la muralla de Peña Vieja congelándose a nuestro alrededor y el hombro ardiéndome como una brasa, el silencio ya no es un escudo; es una soga que nos está asfixiando a los dos.
Apoyo mi mano izquierda sobre sus muñecas. No lo aparto. Dejo que sienta el calor áspero de mi palma quemada por el freno de la cuerda.
—Tu padre no murió en la última vira, Nico —suelto al fin.
La voz me sale cavernosa, arrastrando el polvo mineral de horas de respirar cellisca—.
Estábamos en la mitad de la cara norte del Urriellu, con una ciclogénesis reventándonos las cuerdas contra el espolón.
La orden de descenso estaba dada por radio desde la Vega.
Teníamos que tirar hacia los rápeles de la sur antes de que la pared se convirtiera en una cascada de hielo.
Nico niega con la cabeza, apretando más el tejido. Una lágrima helada le resbala por la mejilla, trazando un surco limpio sobre la suciedad del magnesio y el hollín del hornillo.
—Mientes —susurra con un silbido de rabia—. El informe dice que ibais solos. Que tú abriste el largo hacia arriba y lo abandonaste a él con los seguros mínimos.
—Había una cordada vasca tres largos por encima de nosotros —le espeto, bajando el tono para que cada palabra caiga con la densidad del plomo—.
Un chaval de diecinueve años, un crío que no tenía ni oficio ni material para esa pared en noviembre.
Se le congelaron las manos en un paso de sexto grado y cayó en péndulo hacia un nicho ciego.
Su compañero no podía izarlo solo. Tu padre los escuchó gritar desde la reunión.
Hago una pausa obligada. El hombro derecho me late con un espasmo agudo que me dobla levemente el cuello, pero me obligo a no retirar la mirada. El olor a gas residual del hornillo se mezcla con el vaho denso de nuestras respiraciones dentro de la cueva.
—Le dije que era un suicidio —continúo, y las palabras me desgarran la garganta como esquirlas de caliza—.
Quedaban cuarenta minutos de luz y el termómetro marcaba quince bajo cero.
Había que bajar y pedir el apoyo del helicóptero del GREIM al amanecer.
Pero tu padre… tu padre era igual que tú, Nico.
Testarudo, arrogante, convencido de que la gravedad le debía un favor.
Me quitó los dos clavos de expansión del arnés, se soltó del anclaje principal y tiró hacia arriba por la fisura desplomada para intentar montar un polipasto de fortuna y descolgar al crío.
Los dedos de Nico aflojan un milímetro la presión sobre mi chaqueta. Sus ojos oscuros, fijos en los míos, parpadean bajo el resplandor rojo del frontal, desorientados, buscando la grieta en mi relato.
—El puente de roca no aguantó el peso de los dos —digo en un susurro áspero—.
El bloque entero se partió por la mitad.
Tu padre cayó setenta metros hasta la rimaya de la base.
Cuando bajé hasta él en ensamble, arrastrándome por la caliza rota, todavía respiraba.
Tenía la pelvis triturada y las costillas clavadas en los pulmones.
—No… no puede ser —murmura Nico, y la voz le sale rota, un hilo tembloroso que se pierde entre el rugido del viento exterior—. Las notas… la carta decía que tú tenías la culpa…
—La carta la escribió en la tienda de campaña antes de que llegaran las camillas de rescate, con las manos destrozadas y la morfina nublándole la cabeza.
¿Sabes qué me pidió antes de que se le parara el corazón en la ambulancia de Cangas?
Me hizo jurar que diría que él estaba asegurando en la reunión y que fui yo quien se equivocó de itinerario.
Nico abre la boca, pero no emite ningún sonido.
—Si el atestado declaraba negligencia manifiesta y rescate voluntario sin autorización en alerta roja de ciclogénesis, la aseguradora de la federación no cubría la póliza de fallecimiento.
Habrías perdido la casa de Potes. Tu madre se habría quedado en la calle con una deuda judicial de cuarenta mil euros por el despliegue del operativo.
Me tragué el expediente disciplinario. Me suspendieron la licencia de guía dos años.
Y le juré a ese hombre sobre su cadáver que te cuidaría y que jamás te enterarías de que su imprudencia casi mata a cuatro personas más en esa pared.
El silencio que se instala en el nicho de Peña Vieja es colosal, absoluto, más pesado que la propia montaña.
Fuera, la ráfaga de cellisca golpea la caliza con un chasquido sordo, pero dentro de la manta térmica el aire se ha quedado suspendido.
La mano de Nico se desprende de mi solapa.
Sus brazos caen a los lados de su cuerpo, inertes, despojados de toda la fuerza que lo sostenía.
El papel del informe resbala de su regazo y queda sobre la grava helada, doblado, inútil, despojado de su poder destructivo.
Lo miro fijamente. Veo cómo se desmorona el altar donde había colocado al mártir; veo el vacío atroz que se abre en su pecho al comprender que el odio que alimentaba sus entrenamientos y sus madrugadas en la roca era una mentira piadosa construida para protegerlo.
Ya no hay pantallas entre nosotros. No soy el maestro intachable ni el verdugo que traicionó a su sangre; solo soy un montañero viejo, golpeado y sangrante, que ha preferido cargar con el barro de la culpa ajena para que él pudiera seguir escalando sin vergüenza.
Nico levanta la vista despacio. La luz roja de su frontal refleja unas lágrimas que no se atreve a limpiar. No dice una sola palabra. Solo su pecho sube y baja en jadeos mudos, expuesto al frío y a la verdad, tan vulnerable como un cuerpo suspendido en mitad de la nada.