CAPÍTULO 15 LA CONFESIÓN A MEDIAS (POV NICO)
El plástico de la manta térmica emite chasquidos metálicos a cada embestida del viento.
Fuera, la cellisca azota la caliza de Peña Vieja como una descarga continua de perdigones, pero dentro de esta cavidad de apenas ochenta centímetros de profundidad solo existe una penumbra densa, teñida por el haz rojo de mi frontal en modo de bajo consumo.
La luz carmesí baña las paredes húmedas, las gotas de condensación que cuelgan del techo de piedra y las facciones afiladas de Saúl.
Ya no tiemblo por el frío de la pared. El contacto continuo contra su pecho me ha devuelto el calor biológico, pero ese calor ahora se pudre por dentro, transformándose en una vibración seca y espasmódica que me nace en el centro de las entrañas.
Es la rabia. Una rabia sorda, masticada en silencio durante meses de bajadas solitarias a Potes y noches en vela repasando números y firmas.
Deslizo los dedos entumecidos bajo la solapa de mi forro polar.
El papel doblado en cuatro partes sigue ahí.
Lo saco despacio. La humedad ha reblandecido los bordes del documento, pero la tinta azul del informe pericial y la caligrafía nerviosa de mi padre en los márgenes siguen intactas, legibles como una condena a muerte.
Saúl tiene los ojos cerrados, la nuca apoyada contra la roca viva y el brazo derecho pegado al costado, inmovilizado por la contusión que le desgarró la articulación cuando me frenó en la caída. Su respiración es pesada, un silbido áspero que le quema la garganta.
Le planto el papel arrugado sobre el muslo.
—Abre los ojos, Saúl —le ordeno. La voz me sale rasposa, sin apenas volumen, pero corta el rumor sordo del vendaval como una navaja de afeitar.
Los párpados de Saúl se levantan con una lentitud de plomo. Su mirada oscura tarda un segundo en enfocar el papel bajo el reflejo rojo del frontal. No se mueve. No parpadea. Solo la nuez de su garganta baja y sube en un trago seco que delata que sabe exactamente qué tiene delante.
—Nico, guarda eso —dice en un susurro bajo, casi inaudible—. En este nicho no hay espacio para fantasmas. Si nos enfriamos ahora, no salimos vivos al alba.
—¡Me importa una mierda el alba! —suelto entre dientes, inclinándome sobre él hasta que mi frente casi choca contra su mandíbula.
El espacio es tan mezquino que no puedo alejarme, obligado a respirar su mismo aire recalentado—.
Cinco años, Saúl. Cinco años viéndote entrar en mi casa, dejando los sobres con dinero sobre la mesa de la cocina como si fueras un santo protector pagando una manda.
«Para la hipoteca de la madre», decías. «Es lo que él habría querido».
—Y era lo que él quería —replica él con una frialdad pétrea, sin apartar los ojos de los míos.
—¡Es un pagaré de culpa! —le escupo, y una gota de sudor frío me resbala por la sien, goteando sobre el papel—.
Encontré las notas del peritaje de la compañía de rescate.
El informe oficial de la Guardia Civil decía que una ráfaga imprevista arrancó el anclaje de la reunión en la cara norte del Urriellu.
Pero mi padre dejó escrito esto antes de morir en el hospital de Arriondas.
Extiendo la hoja con dedos temblorosos, clavándole la uña sobre el último párrafo:
—Aquí pone que tú llevabas el material de abandono.
Que tenías los clavos de expansión y los cordinos en tu mochila.
Pone que cuando la tormenta se cerró en la última vira, tú tiraste hacia arriba por la fisura de salida y lo dejaste a él colgado de un solo puente de roca podrido para no perder tu propia ventana de escape.
El aire dentro de la manta térmica se vuelve irrespirable, espeso como brea. El olor a lana empapada, a sudor de horas y al humo metálico de la cellisca exterior se me clava en la garganta como un puñado de arena.
Saúl no grita. No aparta la cara. No intenta arrebatarme el papel ni balbucea una disculpa.
Solo aprieta la mandíbula con tanta fuerza que el músculo masetero se le dibuja como una piedra bajo la piel curtida y cubierta de escarcha.
Recibe mis palabras exactamente igual que recibió la embestida de la roca cuando saltó mi seguro: con el cuerpo rígido, absorbiendo el impacto contra sus propios huesos, dispuesto a dejarse triturar antes de ceder un solo milímetro de terreno.
Ese silencio me desquicia. Esperaba su furia. Esperaba que me llamara iluso, que me diera una explicación técnica impecable como las que siempre usa para justificar cada paso en la montaña. Pero su mudez es una muralla ciega que confirma mi peor pesadilla.
—¡Contéstame, joder! —le exijo, perdiendo el control.
Alargo ambas manos y le clavo los dedos en el pecho del anorak, retorciendo la tela técnica contra su esternón con una violencia desesperada.
Siento debajo la caja torácica dura, el latido sordo y regular de un corazón que se niega a acelerarse, y esa solidez física que durante seis años fue mi único refugio en el mundo.
—¿Es verdad? —le susurro a un milímetro de sus labios, sintiendo cómo se me quiebra la voz en un desgarro infantil que me humilla—.
¿Lo dejaste atrás para salvarte tú? ¿Compraste nuestro silencio con ese dinero para que nadie en la federación supiera que el gran Saúl huyó como una rata en el Urriellu?
Saúl levanta despacio la mano izquierda, la mano sana con la palma en carne viva por la fricción del freno.
No me aparta los dedos de su pecho. Apoya su mano sobre las mías, cerrando sus dedos ásperos sobre mis nudillos heridos con una presión firme, pesada, que no busca hacerme daño sino anclarme a la realidad de la repisa.
—Tú no sabes lo que es estar en esa pared a veinte bajo cero, Nico —dice al fin, y el tono es tan cavernoso, tan cargado de una pena antigua y sin fondo, que me hiela la sangre más que la ventisca.
—No me hables del frío —le espeto, tirando de su ropa hacia el abismo que brama a nuestras espaldas—. Dime que no fuiste un cobarde o suéltame de esta puta cuerda. Suéltame ahora mismo y déjame caer, porque no pienso salir por esa cumbre atado a un asesino.
Nuestras miradas se traban bajo el resplandor rojo. Ninguno de los dos cede. En mitad de la noche polar de Picos de Europa, la cuerda de ocho milímetros y medio que descansa enrollada a nuestros pies parece arder con el peso de una verdad que se niega a salir.