Viento en las manos (Cumbres de cristal nº 9) CAPÍTULO 14 CONTACTO EN LA CUEVA (POV NICO)
44%

CAPÍTULO 14 CONTACTO EN LA CUEVA (POV NICO)

El aguanieve no cae: se estrella. Es una metralla densa de perdigones helados que el viento del norte empuja a más de setenta kilómetros por hora contra los tajos de Peña Vieja.

A dos mil trescientos metros, la caliza ya no absorbe nada; escupe una costra vidriosa y resbaladiza que borra los agarres en cuestión de minutos.

Nos encajonamos a presión en el nicho. No es una cueva, solo una fractura ciega de ochenta centímetros de profundidad abierta en el corazón de la muralla central. El suelo es una laja inclinada cubierta de gravilla helada que amenaza con escupirnos al vacío de Áliva con el menor descuido.

Tengo las manos agarrotadas dentro de los guantes empapados. El castañeteo de mis dientes es un traqueteo seco, rítmico, que resuena dentro del casco. Intento sacar el cabo de la cuerda para fijar un seguro de apoyo, pero los dedos no responden; son estacas de madera muerta sin sensibilidad.

—Deja los hierros, Nico. Ahora mismo —la orden de Saúl suena áspera, ahogada por el bramido del temporal que sacude la boca del hueco.

Se mueve con una lentitud calculada para no sobrecargar el hombro derecho lesionado.

Con la mano izquierda, tira de la cremallera de su mochila y extrae el paquete plateado de la manta térmica de emergencia.

El plástico aluminizado cruje con un chirrido histérico al desplegarse, azotado por las turbulencias que se cuelan en la grieta.

—Quítate el anorak exterior —me exige, encajando su espalda contra la pared del fondo.

—¿Estás loco? Estamos a cuatro bajo cero…

—El Gore-Tex está chorreando agua nieve. Si dejas el tejido empapado sobre la capa térmica, el enfriamiento por evaporación te va a reventar el núcleo en veinte minutos. Fuera la capa tres. ¡Ya!

La autoridad de su voz no admite réplica.

Me desabrocho la cremallera con torpeza; el aire gélido entra directo por el cuello de mi forro polar húmedo, arrancándome un estremecimiento violento que me dobla por la cintura.

Saúl hace lo propio con su chaqueta, ayudándose con los dientes para liberar la manga derecha sin mover la articulación contusionada.

—Pégate a mí —ordena, envolviendo la lámina plateada alrededor de sus hombros.

Dudo medio segundo. El espacio es tan ridículo que no hay forma de negociar las distancias. Me arrodillo sobre la laja y me encajo entre sus piernas abiertas, arrastrando mi cuerpo hacia el suyo.

El impacto físico es instantáneo y brutal.

Saúl cierra la manta térmica sobre nuestras espaldas, sellando el perímetro con sus brazos para atrapar el aire.

Quedamos pegados de pecho a pecho, de rodilla a rodilla, encerrados en una cápsula metálica donde el reflejo plateado tiñe la penumbra de un resplandor fantasmal.

A través de la lana húmeda de su jersey, el calor de Saúl me golpea como una ola de vapor denso.

Es un calor pesado, animal, concentrado en su caja torácica tras horas de esfuerzo límite en la pared.

El contraste con mi propia piel helada es tan doloroso que suelto un gemido involuntario contra su cuello.

—Respira hondo —murmura él. Su boca está a tres centímetros de mi oreja; el vaho caliente de su aliento me quema la piel de la sien, condensándose en gotas que resbalan por mi mandíbula—. Sincroniza el pecho con el mío. No luches contra el temblor, deja que el cuerpo queme glucógeno.

Apoyo la frente contra el hueco de su clavícula izquierda, el lado sano.

El olor a sudor seco, a resina de pino, lana mojada y tabaco frío me llena los pulmones, borrando por completo el hedor a ozono de la tormenta.

Siento el latido de su corazón: es un golpe sordo, pausado, colosal, que retumba contra mis propias costillas a través del papel de la carta que aún llevo aplastado en el bolsillo interior.

Durante meses he alimentado el fuego de mi rencor contra este hombre.

Me convencí de que odiarlo era la única forma de honrar la memoria de mi padre, de que cada una de sus órdenes en la montaña era una muestra de soberbia.

Pero aquí dentro, con el vendaval rugiendo como un animal herido a medio metro de nuestras cabezas y el abismo esperando abajo, ese odio se desintegra en una vergüenza insoportable.

Saúl no me aparta.

No me echa en cara la laja rota, ni la caída que casi le cuesta el brazo, ni las acusaciones ponzoñosas que le escupí en la reunión. Su cuerpo herido es lo único que me mantiene a salvo de la hipotermia.

Alargo las manos temblorosas y las paso por debajo de sus axilas, buscando el calor abrasador de su espalda.

Saúl ahoga una respiración profunda cuando mis dedos helados tocan la tela pegada a sus dorsales.

Sus músculos se tensan como cables de acero, pero en lugar de retroceder, me estrecha con más fuerza contra su torso con el brazo izquierdo.

—Estás helado, Nico —dice en un susurro áspero que me roza los labios.

Levanto la cabeza despacio. En la penumbra de la manta térmica, sus ojos oscuros brillan con una intensidad que no tiene nada que ver con la supervivencia técnica.

No hay máscaras de guía veterano. No hay distancia jerárquica. Solo dos hombres exhaustos, despojados de cualquier orgullo por la dureza de la caliza.

La mano izquierda de Saúl abandona el borde de la manta.

Sus dedos, anchos y marcados por las cicatrices de la roca, suben por mi cuello con una lentitud que me corta el aire en la garganta.

Se cierran en mi nuca con firmeza, sujetándome la cabeza, atrayéndome hacia él hasta que nuestras frentes vuelven a tocarse.

El roce de su respiración caliente en mi boca es una quemadura dulce.

Siento la vibración de su garganta, el pulso desbocado en la yema de sus dedos contra mi piel viva. Ninguno de los dos pestañea. En el silencio opresivo del nicho, mientras el aguanieve sepulta la pared exterior, la certeza del deseo nos golpea con la misma violencia que una caída en el vacío.