CAPÍTULO 13 LA TRAVESÍA AÉREA (POV SAÚL)
El vacío bajo el espolón no tiene fondo.
Son quinientos metros de caída limpia hacia el circo de Áliva, una sima de aire lívido donde la niebla se arremolina como agua hirviendo sobre los pedreros.
Aquí la pared no sube: se quiebra en horizontal sobre una placa desplomada de caliza gris, lisa como el costado de un acorazado.
Tengo el anclaje montado sobre dos clavos de acero en U y un puente de roca lazado con cordino de ocho milímetros.
Paso la cuerda de ocho milímetros y medio por la placa del asegurador, manteniendo el cabo pasivo bloqueado contra mi cadera izquierda.
El hombro derecho me late con una punzada sorda, profunda, que me sube por el trapecio hasta la base del cráneo con cada inhalación; me obligo a encajar la espalda contra el nicho para inmovilizar la articulación y que Nico no sienta en la cuerda el temblor de mi propio cuerpo.
A ocho metros a mi izquierda, Nico progresa en travesía pura.
Va suspendido sobre la nada. Los pies de gato buscan adherencia en microadherencias invisibles, apenas sombras en la piedra caliza que el viento del norte barre con una furia seca.
No hay seguros intermedios. Si cae ahora, no será un vuelo limpio hacia abajo: será un péndulo homicida de dieciséis metros que lo estampará de costado contra el espolón de la reunión.
—No mires la niebla, Nico —le digo, modulando la voz en ese tono bajo, seco y firme que solía calmarlo cuando era un chaval en las escuelas de Potes—. Pega la pelvis a la pared. Abre los brazos en cruz.
—No hay… no hay agarre de mano derecha —responde.
La voz le sale rota, ahogada por un jadeo superficial que delata la hiperventilación.
El viento le arranca jirones de vaho blanco de la boca.
Lo veo tensarse: los hombros se le han subido hasta las orejas y los talones le bailan sobre la caliza con ese traqueteo rápido que precede al colapso muscular.
Está cometiendo el error fatal de mirar el abismo entre sus piernas.
—Nico, mírame a mí.
No me hace caso. Su mano derecha tantea a ciegas una laja roma, pulida por las heladas, donde no entra ni el canto de una uña. El pie izquierdo le resbala dos centímetros sobre una mota de calcita suelta con un chirrido de goma quemada que me da un latigazo en el estómago.
Se queda clavado. Suspendido de las primeras falanges de la mano izquierda, con la punta de la bota derecha temblando en el aire. El pánico lo ha paralizado; tiene los ojos fijos en el vacío blanco de Áliva, desorbitados, incapaz de retraer los dedos ni de avanzar un solo milímetro.
—¡Nico! —le ordeno, y esta vez el tono corta el zumbido del vendaval como un latigazo de cuero—. Mírame a los ojos. Ahora mismo.
Nico gira la cabeza despacio, con la lentitud agónica de quien teme que el menor movimiento del cuello rompa el equilibrio precario.
Por debajo de la visera de su casco rojo, sus pupilas están dilatadas por el terror más absoluto.
La máscara del prodigio arrogante ha desaparecido por completo; solo queda un chico despojado de defensas, suspendido sobre quinientos metros de nada.
—Respira —le marco, sosteniéndole la mirada sin parpadear, transmitiéndole toda la solidez que a mi hombro destrozado le falta—. Suelta el aire despacio. Tienes un apoyo de pie izquierdo a treinta centímetros. Es una regleta ciega, pero muerde.
—No la veo… Saúl, no llego, me voy a abrir de brazos…
—No tienes que verla, la conozco yo —sentencio con una frialdad matemática que no deja espacio a la réplica—. He pasado este largo catorce veces. Confía en mi memoria. Baja el talón izquierdo y cárgalo a ciegas. Yo te tengo en la cuerda.
Nico traga saliva. Veo el esfuerzo titánico en sus mandíbulas para no soltar un grito. Desplaza la bota izquierda en el vacío, tanteando la superficie helada de la roca hasta que la puntera de goma encaja en la pequeña hendidura.
—Carga el peso —le exijo.
Apoya la planta. La caliza sostiene la tracción. Con un movimiento desesperado, Nico lanza el brazo derecho hacia adelante y encaja la mano entera en una fisura vertical, cerrando los dedos en cerrojo con un chasquido sordo.
Ha salido del paso.
Pero a través de la cuerda de ocho milímetros y medio que nos une no llega la calma.
El trenzado de poliamida no es un cabo inerte; es un nervio tenso que vibra entre mis manos con una sacudida espasmódica, violenta y continua.
Es el latido desbocado del corazón de Nico, el temblor incontrolable de sus brazos al límite del fallo y el pánico puro que la pared acaba de arrancarle del pecho.
Aprieto la cuerda contra mi cadera con la mano izquierda ensangrentada, sintiendo cada una de sus pulsaciones golpearme en la carne como si estuviéramos cosidos por el mismo hilo.