CAPÍTULO 12 EL PUNTO DE NO RETORNO (POV NICO)
El filo del gendarme corta el viento como la proa de un barco encallado en mitad de la nada. A dos mil metros de altitud, la caliza se vuelve tan estrecha que apenas caben mis dos pies de gato colocados de través sobre la roca gris.
El aire aquí arriba ya no es una masa invisible; es una pared sólida, helada y ruidosa que me azota el casco con rachas que amenazan con desequilibrarme sobre el vacío.
Me hinco sobre la rodilla izquierda en la arista, buscando bajar el centro de gravedad.
Mis dedos, protegidos de nuevo por los guantes finos de maniobra que Saúl me obligó a ponerme tras curarme las abrasiones, tantean la fisura ciega donde emplacé el último seguro recuperable: un fisurero del número cuatro atascado bajo un saliente carcomido por el hielo.
Miro hacia abajo, hacia el fondo del abismo de Áliva.
Los pastos verdes y los techos de chapa del refugio han desaparecido por completo. Un mar denso de nubes bajas, blanco y espeso como leche en ebullición, ha engullido los tres valles, subiendo por las canales a una velocidad aterradora.
Es el frente ártico cerrando la trampa desde abajo. La niebla choca contra los contrafuertes orientales de Peña Vieja, fragmentándose en jirones grises que se elevan como humo frío hacia nuestra posición.
El mundo de los vivos, el lugar donde la gente camina sobre hierba y duerme al calor de una estufa, ha dejado de existir. Solo quedamos nosotros dos, suspendidos sobre una aguja de piedra en mitad de la tormenta.
Saco el sacafisureros del portamaterial y golpeo el cable de acero con el talón de la mano. El chasquido metálico vibra seco en la arista. La cuña de duraluminio cede. Tiro de la pieza hacia arriba, desenganchándola de la roca madre, y la cuelgo en el mosquetón de mi arnés.
El gesto es definitivo. Sin ese seguro intermedio y con el cabo verde de la cuerda doble inutilizado tras haber quedado segado por el filo de la laja que rompí al caer, el último puente hacia abajo queda cancelado.
Solo nos queda este único cabo naranja de ocho milímetros y medio para los dos.
Ya no hay forma humana de rapelar la vía con una sola línea en mitad del vendaval.
Si tiramos la poliamida hacia esa masa de nubes, las rachas de ochenta kilómetros por hora trabarán la cuerda en cualquier laja antes del primer nudo.
La retirada se ha acabado. Hemos cruzado el umbral. Me giro sobre la roca con extrema lentitud, midiendo cada milímetro de fricción de la suela de goma.
Saúl está a escasos dos metros de mí, a caballo sobre la arista afilada. Tiene la pierna izquierda colgando sobre el abismo este y la derecha encajada en un nicho interior para estabilizar la postura.
Mantiene el brazo derecho pegado al costado, inmóvil bajo la tela gris del anorak técnico, pero con la mano izquierda sujeta con firmeza el cabo activo de la cuerda de ocho milímetros y medio.
El frío le ha puesto la piel de la cara de un tono ceniciento.
La barba corta está cuajada de diminutas motas de escarcha blanca, pero sus ojos oscuros, fijos en los míos a través de las gafas de ventisca empañadas, no muestran ni un ápice de duda.
No hay en él reproche por la carta, ni rencor por la caída, ni rastro del dolor inhumano que debe estar desgarrándole el hombro contusionado.
Solo queda el guía. El hombre que me enseñó a respirar cuando la montaña aprieta.
—El seguro está fuera —digo, y mi voz se quiebra un segundo antes de que el viento se la trague.
Saúl asiente despacio, sin pestañear. Tira levemente de la cuerda hacia él, eliminando cualquier comba entre nuestros arneses hasta que el trenzado naranja queda tenso, rígido y vibrando con un silbido agudo entre los dos.
—A partir de aquí, el muro somital es roca rota y diedros ciegos —suelta con esa voz áspera, gastada por la cellisca—. No hay repisas cómodas para descansar. Tendrás que abrir tú los largos difíciles. Yo te aseguraré con la mano izquierda desde los anclajes que encuentres.
—Lo sé —respondo.
El papel rígido en mi bolsillo interior cruje contra mis costillas.
Durante meses pensé que si llegaba a este punto de la pared con él, la rabia me empujaría a abandonarlo o a exigirle cuentas hasta romper el encordamiento.
Pero la caliza rota de Peña Vieja lo ha limpiado todo.
Las mentiras del valle, las dudas sobre mi padre y el miedo a la verdad se han desintegrado bajo el peso de su sacrificio en la repisa.
Ya no me importa lo que pasó hace cinco años en el Urriellu. Lo único real es el calor de este hombre sosteniendo mi cuerda a dos mil metros de altura.
Me inclino hacia adelante sobre la arista, apoyando la mano enguantada directamente sobre su rodilla para no perder el equilibrio con la siguiente ráfaga. A través del tejido técnico, siento la solidez de su pierna, el ancla humana a la que he atado mi destino.
—No te voy a dejar caer, Saúl —le digo, mirándolo directo a los ojos, sin levantar la voz pero con una fuerza que nace del fondo del estómago.
Una sombra de alivio cruza la mandíbula tensa del veterano. Su mano izquierda, con la piel de la palma quemada por el freno, se cierra sobre mi antebrazo, apretando la tela con una posesividad feroz y silenciosa que sella el pacto.
—Lo sé, Nico —responde en un susurro grave que el vendaval no logra apagar—. Sácanos de aquí.
La niebla termina de cerrarse a nuestro alrededor, borrando la arista y convirtiendo el espolón en una sombra vertical que se pierde en el blanco absoluto. Atados al mismo cabo, con el vacío debajo y el temporal encima, damos el primer paso hacia el muro superior.