CAPÍTULO 11 BARÓMETRO EN CAÍDA (POV SAÚL)
El cristal mineral del altímetro-barómetro está empañado por el contraste térmico. Paso el pulgar enguantado con un movimiento seco para limpiar la condensación. La aguja digital no oscila; cae a plomo.
Mil doce hectopascales hace apenas cuarenta minutos en la reunión colgada; novecientos noventa y cuatro ahora mismo. Es un desplome vertical de la presión, el heraldo invisible de una ciclogénesis que entra directa desde el Cantábrico sin avisar por los partes matinales.
El aire ha cambiado de sabor. Huele a ozono denso, a nieve vieja triturada y a esa humedad metálica y pesada que antecede a los frentes de tormenta atlántica sobre el Macizo Central.
—¿Cuánto marca? —pregunta Nico.
Está de pie sobre el extremo exterior de la terraza, apoyando la espalda contra la caliza gris.
Tiene las manos metidas en los bolsillos del anorak para resguardar las abrasiones recién limpiadas con nieve, pero sus ojos vigilan cada uno de mis gestos con esa fijeza tensa, casi animal, que no ha disminuido tras el abrazo en la repisa.
—Se cierra el tiempo en menos de una hora —digo sin mirarlo, manteniendo la voz en ese registro plano y monocorde que utilizo cuando la montaña empieza a dictar sentencia—. El viento va a rolar a norte-noroeste antes de mediodía.
Me asomo al reborde este del espolón, protegiendo el hombro derecho con el antebrazo izquierdo pegado a las costillas.
Cincuenta metros a nuestra izquierda corre la vira intermedia, la única repisa oblicua que permite escapar de la pared hacia los pedreros del Collado de la Canalona sin tener que coronar la cima de Peña Vieja.
Miro a través del filtro ceniciento de las gafas de ventisca. La vira ya no existe como vía de escape practicable.
Una lengua de cellisca congelada cubre la caliza en una película translúcida de verglás.
Más abajo, el desprendimiento de la laja que provocó la caída de Nico ha barrido los bloques de apoyo, dejando un corte desplomado de roca descompuesta donde no muerde ni un clavo de acero ni un microfriend.
Si intentamos atravesar esa travesía en ensamble con mi hombro medio inutilizado, el menor resbalón sobre el hielo nos arroja a los dos al fondo del circo de Áliva sin posibilidad de freno.
—La vira está lavada —dice Nico, que se ha inclinado sobre mi costado para evaluar el corte.
Su hombro roza el mío; el calor que desprende su cuerpo bajo el Gore-Tex contrasta brutalmente con las ráfagas heladas que empiezan a azotarnos la cara—.
Podríamos montar tres rápeles sobre los puentes de roca del tercer largo y salir por la base.
—No hay puentes de roca limpios abajo, Nico —replico, volviéndome hacia él—.
El bloque que rompiste al caer arrancó los cordinos de la segunda reunión.
Si tiramos las cuerdas hacia el vacío con este viento lateral de sesenta kilómetros por hora, se van a encallar en las fisuras ciegas del diedro inferior.
Recuperar una cuerda trabada a mitad de rápel en plena tormenta es una sentencia de muerte.
Nico aprieta los labios hasta dejarlos sin sangre. Su mandíbula tiembla, pero no es de frío; es la rabia de verse atrapado en la ratonera vertical que él mismo ha provocado.
—Entonces estamos jodidos —suelta con un hilo de voz.
—No estamos jodidos —respondo, clavándole la mirada con toda la dureza de la que soy capaz—. Estamos en una pared de montaña clásica, y la montaña acaba de clausurar la puerta trasera.
El cielo, que hace media hora mostraba tímidos claros entre las nieblas bajas, se ha compactado en una bóveda plomiza y uniforme que borra los contornos de los picos lejanos.
Las primeras agujas de hielo empiezan a golpear el tejido de nuestras capuchas con un chasquido rítmico, seco, implacable.
El viento del norte entra por la brecha con un aullido grave, haciendo vibrar las cuerdas de ocho milímetros y medio que cuelgan enrolladas entre nuestros arneses.
Siento el peso del hombro derecho latiendo como una brasa dentro del forro térmico. Cada movimiento de los dedos me envía un calambre sordo hasta el cuello, pero me obligo a enderezar la espalda. Si el chico ve que el dolor me dobla, el pánico se lo va a comer antes de llegar al gendarme.
Alargo la mano izquierda y le sujeto la hombrera de la mochila con un tirón seco, obligándolo a dar un paso al frente hasta que su rostro queda a diez centímetros del mío.
—Escúchame bien —le digo, sintiendo el vaho caliente de su respiración agitada golpeándome en la boca—.
Se acabaron los reproches sobre tu padre, se acabaron las dudas sobre quién abre el largo y se acabó la soberbia de demostrar nada.
En veinte minutos la temperatura va a caer a seis bajo cero y el muro superior se va a cubrir de cencellada.
Si nos paramos a discutir o a buscar un escape que no existe, nos quedamos tiesos en esta repisa antes del anochecer.
Nico me sostiene la mirada. Por debajo de la sombra de su casco rojo, sus pupilas están dilatadas, desnudas de cualquier arrogancia.
Veo en él al muchacho de dieciocho años que rescaté en el desfiladero, pero también al escalador soberbio que acaba de volar seis metros y sigue en pie.
Alarga su mano enguantada y la apoya con firmeza sobre mi muñeca izquierda, cerrando los dedos sobre mi manga con una fuerza desesperada.
—Dime qué hacemos —susurra, y por primera vez en todo el día su tono no busca la confrontación, sino el pacto sagrado de la cordada.
Miro hacia arriba.
La línea del espolón se alza sobre nuestras cabezas como una proa afilada que se pierde en la panza gris de la tormenta.
Cuatrocientos metros de diedros ciegos, chimeneas heladas y caliza quebradiza nos separan de la cruz de cumbre de Peña Vieja.
—No hay vuelta atrás, Nico —sentencio, soltando su hombrera y palmeándole el pecho con un golpe sordo que hace crujir el papel de la carta oculta contra sus costillas—. Salimos por la cumbre o nos congelamos aquí.